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30 may 2015

EL LIBRO QUE NO PODÉS DEJAR DE LEER







Tenés que leer Los límites del dolor, de Nils Christie.

Si no sos penalista, mejor.

Si no sos abogada/o, mucho mejor.

Descargalo en este enlace:

29 may 2015

NILS CHRISTIE: UN SER HUMANO EXTRAORDINARIO






Por esas cosas del destino, la semana pasada pensé un par de veces que hace rato no le escribía a Nils Christie, el profesor noruego que tanta influencia ha tenido en nuestro país. Me acabo de enterar que Christie falleció ayer y me ha entrado una profunda tristeza.

Nunca me voy a olvidar de ese sábado a la tarde de 1987 cuando, por recomendación de mi maestra Lucila Larrandart, compré un pequeño libro que, literalmente, marcó mi vida: Los límites del dolor, del profesor noruego Nils Christie. A la hora de la cena, el texto me había partido la cabeza, y marcó mi mirada del derecho penal para siempre.

Años más tarde, conocería a este extraordinario y humano personaje. Primero, junto con Martín Abregú, seríamos sus editores (ver acá). Luego, seríamos quienes lo atenderíamos en sus visitas a nuestra universidad y, finalmente, seríamos sus amigos.

Jamás podremos olvidar, por ejemplo, que la primera vez que nos visitó, prefería salir a cenar con la gente joven que había llegado de todos lados, antes que con personajes que se creían importantes. Prefería que de mañana no lo molesten para recuperarse de las cenas regadas en abundante tinto. Prefería ir a cenar a un típico bodegón por la zona de congreso, junto con su nueva amiga argentina Melina Danil, antes que a alguna famosa parrilla de Puerto Madero.




Siempre más interesado por hablar con sus amigos de aquí de los problemas de la vida antes que de la academia, desbordaba humanidad, era como el abuelo sabio y vivido que todos quisiéramos haber tenido. Con su experiencia de vida nos enseñó tantas cosas a quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.

Y siempre te sorprendía, como esa vez que en medio de un congreso en nuestra facultad no solo acepto mi invitación a pasar por mi curso —ese día daba la clase el gran Diego Morales—, sino que además salió muy contento porque decía que al hablar con un grupo de ese tamaño dentro del aula podía comprender mucho mejor las reacciones de los estudiantes. Como otra vez que se indignó al ver el estacionamiento exclusivo para jueces en Plaza Lavalle... ¿Argentina no es una república?, preguntó asombrado.

Y aquella histórica jornada en la ciudad de Córdoba, en un congreso de estudiantes, cuando subió indignado al escenario e interrumpió a Silva Sánchez:

En el Congreso Latinoamericano de Penal y Criminología en Córdoba (2003) un profe español, creo que Jesús Silva Sánchez, comenzó a teorizar sobre la justificación de la responsabilidad penal objetiva o alguna cosa así.

Entró Nils, se le fue al humo, se le subió al estrado del Salón de la Américas (era el plenario de cierre) y le refutó que esa teoría solo servía para encarcelar pobres sin ninguna garantía.

El tipo arremetió con la pasión de un joven de 20 y con argumentos de la experiencia de uno de 80. Fue lo más cercano a una estrella de rock que vi en mi vida. Silva Sánchez no entendía lo que pasaba. Tuvieron un debate muy acalorado y al final hubo un aplauso larguísimo.

Solamente por esa aparición de Nils valió la pena renegar un año, correr todo un mes y no dormir por cuatro días.

Queremos tanto a Nils...
Abrazo, Lucas Gilardone

Un verdadero maestro, de la primera generación de abolicionistas, que no eran abolicionistas de escritorio. En Montevideo recuerdo que me contó que no hacía muchos años había sido detenido en una protesta por quién sabe qué injusticia, y que en el lugar de detención se encontró con... ¡su nieta!

Más allá de su excelente producción teórica, éste fue el Nils Christie que desbordaba humanidad, y que siempre fue tan respetable, tan admirable, tan querible. El mismo que mandó las respuestas de un cuestionario de tres preguntas que le enviamos para publicar en este blog, y así cerró su mensaje de correo:

Alberto:

Espero que esto pueda ser útil en Argentina, un país que me gusta tanto. Aquí tenemos una bonita primavera en este momento. Las aves han regresado de África y la vida es buena.

Cálidos saludos,
Nils

Una persona que te escribe esto respecto de su calidad de autor de la editorial:


Hoy te despedimos con profunda tristeza


13 jul 2012

EDITORES DEL PUERTO CUMPLE 20 AÑOS


Nuestro más sincero agradecimiento
a todos nuestros autores, lectores y amigos








Editores del Puerto s.r.l. cumple hoy 20 años de trabajo ininterrumpido en la publicación, distribución y promoción de los aportes más valiosos y recientes en el ámbito del derecho penal, derecho procesal penal, derecho de ejecución penal, derecho contravencional, derecho penal juvenil, derecho penal tributario, derecho comparado, derecho internacional de los derechos humanos, derecho constitucional, libertad de expresión, teoría del derecho, criminología y ciencias sociales.

Ha corrido mucho agua bajo el puente desde que con Martín Abregú decidiéramos iniciar la editorial publicando La industria del control del delito, traducido por Sara Costa, del gran maestro Nils Christie.

El grupo de socios fue variando. Se incorporó Guillermo Jorge; se retiró Martín Abregú. Posteriormente Adriana Orlando reemplazó a Guillermo Jorge, y con ella somos los dos único socios de Editores del Puerto.






Sin embargo, el espíritu es el mismo, y seguimos dedicados a la producción de obras de vanguardia, de alta calidad académica pero que, sobre todo, estén orientadas a transformar la realidad social y a promover la defensa de los derechos humanos.

También intentamos mantener la editorial como un lugar de circulación y debate de ideas de los juristas más jóvenes, pues ellos hoy son los responsables de destruir todo lo que nosotros les hemos dejado, para construir algo mejor, en la continua lucha por diseñar las regulaciones humanas en un marco de mayor igualdad, equidad y solidaridad.



18 dic 2010

DE LA VERDADERA NO HAY DERECHO

El Ojo de Dios

Por Nils Christie

Traducción Alberto Bovino




COMPLETAMENTE SOLO

Es domingo por la mañana, el centro de Oslo está como abandonado. Los portones de entrada a los jardines que rodean a la Universidad estaban cerrados cuando llegué, así como la puerta de entrada al Instituto y la puerta de mi despacho. Estoy convencido de que soy la única persona viviente en todo el complejo. Nadie puede verme. Estoy libre de todo tipo de controles.

Históricamente, esta es una situación más que inusual. Nadie puede verme, sólo yo mismo. No era así la vida de mis abuelas, ni la de mi madre, al menos no totalmente. Y cuanto más atrás




voy en el tiempo, más seguro estoy; ellos nunca estuvieron solos, siempre estuvieron bajo vigilancia. Dios estaba allí. Debe haber sido un Dios comprensivo, que aceptaba algunas faltas, considerando la situación completa. O bien era un Dios que perdonaba. Pero él siempre estaba allí.

Así eran, también, los productos humanos de su creación.

Hacia el final del siglo XI, la Inquisición trabajaba en Francia. Aún se conservan en el Vaticano algunos protocolos, increíblemente detallados, de sus interrogatorios y Ladurei los ha usado para reconstruir la vida de la aldea montañesa Montaillou de 1294 a 1324. Describe el olor, los sonidos y la transparencia del lugar. Los edificios no estaban construidos para la privacidad, en parte debido a los materiales, pero también porque la privacidad no era tan importante. Si el Todopoderoso lo veía todo, ¿por qué, entonces, luchar para mantener a los vecinos fuera? Esto se funde con una antigua tradición. El mismo término “privado” tiene como raíz “privare”, privación, que a su vez se relaciona con pérdida, con ser robado. Estoy privado aquí en esta mañana de domingo, completamente solo detrás de las puertas y portones cerrados de la Universidad.


EL EXTRAÑO


Fue en Berlín, en 1908, en donde Georg Simmel publicó su famoso ensayo El Extraño —Exkurs uber den Fremden—. Para Simmel, el extraño no era quien llegaba hoy y partía mañana. El extraño era quien llegaba y se quedaba tanto mañana como, quizás, para siempre, pero en todo momento con la posibilidad de abandonar el lugar. Aun cuando no se fuera, no



abandonaba la libertad que le brindaba la posibilidad de partir, y él lo sabía, como también lo sabían quienes lo rodeaban. Era un participante, un miembro, pero en menor medida que el resto. El contexto no pesaba tanto para él.

Georg Simmel hubiera disfrutado del Diagrama 2.1.1 (*)


La línea continua en el diagrama indica la cantidad de casos delictivos por cada 1.000 habitantes investigados entre 1956 y 1989 por la policía noruega; como vemos, tiende al infinito. Esta es la línea usual en la mayoría de las sociedades industrializadas. La ausencia de Dios y de vecindarios crea trabajo para la policía. La otra línea del diagrama, medida, en este caso, por cada 100.000 habitantes, muestra los casos de delitos contra el honor –calumnias, injurias-, actos que aún son considerados delictivos en mi país. Como observamos, la tendencia aquí va en la dirección opuesta: los delitos contra el honor han disminuido sustancialmente durante los últimos 35 años.


Mi interpretación es trivial. Las personas no son ni más amables con los demás, ni más cuidadosas en el respeto del honor de las demás personas. La explicación general es simplemente que no hay mucho que perder; el honor ya no es tan importante como para que alguien acuda a la policía cuando éste es destruido. Las sociedades modernas tienen una abundancia de arreglos —intencionales y no tan intencionales— cuyo resultado final hace que las demás personas no se preocupen en la medida en que alguna vez lo hicieron. Nuestro destino es estar solos —privados— o de estar rodeados de personas que sólo conocemos en cierta medida, si es que realmente las conocemos; o estar rodeados por personas que sabemos que podemos abandonar fácilmente, o que nos abandonaran con la facilidad del extraño. En esta situación, la pérdida del honor no resulta tan importante. Nadie nos conocerá en la próxima estación de la vida. Pero por este mismo hecho, el contexto pierde, también, algo de influencia sobre nosotros, y la línea continua en el diagrama recibe un empujón extra hacia arriba.


Muy recientemente, el descenso de los delitos contra el honor parece haber llegado a un punto muerto. La línea presenta un achatamiento, y aún un leve incremento. Este debería ser un signo de esperanza, quizás las sociedades modernas estén recuperando sus fuerzas cohesivas. Quizás el honor esté regresando, particularmente a través del influjo de algunos grupos de inmigrantes que viven lo suficientemente cerca, y apegados a una herencia cultural en la cual el honor es tan importante, como para recurrir al sistema penal cuando aquél se ve perjudicado. Otra explicación, más siniestra aún, también parece posible. Vivimos en sociedades de extraños, y estamos en problemas por este tipo de vida. Pero la modernidad tiene solución para nuestros problemas: creamos una pseudo-sociedad con la ayuda de los medios de comunicación. Como ha señalado el etnógrafo sueco Ake Daun, encontramos una nueva familia y nuevos amigos en las personas de los medios de comunicación; los que anuncian los programas, los que leen las noticias, los comentaristas, los entrevistados una y otra vez y, sobre todo, las estrellas del entretenimiento y la política. Participamos en sus vidas a través de la pantalla y leemos sobre ellos en las revistas. Se tornan importantes para nosotros pero, además, importantes para ellos mismos. Cuando su honor es herido ellos, a menudo, claman que llevarán a la otra parte ante el juez. Y quizás lo hacen realmente, ya que tiene una imagen que perder. Ellos, por lo tanto, crean un estándar, y podrían tentar a otros a seguirlos.


(*) El diagrama a que se hace referencia no nos ha sido enviado por el autor



EL DELITO DONDE NO EXISTE


Un modo de mirar el delito es percibirlo como una clase de fenómeno básico. Ciertos actos son vistos como intrínsecamente delictivos. El caso extremo es el delito natural, actos tan horrorosos que se definen a sí mismos como delitos, o al menos así son vistos por todos los hombres razonables. Sino los ven así, no son humanos.


Esta versión es probablemente cercana a los que la mayoría de las personas intuitivamente sienten, piensan y dicen sobre el delito. Moisés bajó con sus mandamientos, Kant usó el delito natural como base de su pensamiento jurídico. Los criminólogos hacen lo mismo. Ellos trabajan con la idea de “cifra negra”, que significa las cifras de la criminalidad no conocidas por la policía. En algún lugar debe existir una línea divisoria entre los delitos y los demás actos, sino, los criminólogos no podrían hablar sobre cifra negra.


Esta es la visión natural en sociedades donde las personas no son extrañas entre sí. Cuando sabemos mucho sobre el otro, los actos tienen que ser horrorosos —mucho más que lo usual— antes de que los veamos como delitos y de que veamos a sus autores como delincuentes. Los delitos naturales son el resultado natural de ciertos tipos de sociedades pre-modernas.


Pero tales sociedades ponen, también, ciertos límites a las tendencias criminalizantes.


El mecanismo subyacente es simple. Piensen en los niños, en los propios y en los ajenos. La mayoría de los niños actúan, algunas veces, de modos en los que, de acuerdo con la ley, podrían ser llamados delictivos. Un niño tomó algún dinero de un monedero; otro niño no dijo la verdad sobre dónde pasó la tarde; otro le pegó a su hermano. Pero aún así, no aplicamos las categorías del derecho penal. No llamamos delincuentes a los niños y no llamamos delitos a sus actos.


¿Por qué?


Simplemente porque no es lo correcto.


¿Por qué no?


Porque sabemos demasiado. Conocemos el contexto: el niño tenía una desesperada necesidad de dinero, el otro niño estaba enamorado por primera vez, el hermano del otro lo había provocado más de lo que cualquiera podría soportar. Estos actos eran significativos; nada podríamos agregarles desde la perspectiva del derecho penal. Y al niño, en sí mismo, lo conocemos tan bien a través de miles de encuentros, que con esta totalidad de conocimiento una categoría legal es demasiado estrecha. El niño tomó ese dinero, pero recordamos todas las veces en que él compartió generosamente el suyo, o sus caramelos, o su calidez; el otro niño le pegó al hermano, pero lo ha consolado muchas más veces; el otro mintió, pero es básicamente confiable.


Él es. Pero todo esto no sucede, necesariamente, con el niño extraño que acaba de mudarse a la casa de enfrente.


Los actos no son, se transforman en. Lo mismo sucede con el delito. El delito no existe, es creado. Primero están los actos, luego sigue un largo proceso de atribución de significado a estos actos. La distancia social es de una particular importancia, la distancia aumenta la tendencia de atribuir a los actos el significado de ser delitos, y a las personas el significado de ser delincuentes. En otros contextos –la vida familiar es sólo uno de varios ejemplos- las condiciones sociales son tales que generan resistencia contra la percepción de los actos como delitos y las personas como delincuentes.


UN ABASTECIMIENTO ILIMITADO DE DELITOS


Dentro de este tipo de sociedades en donde un concepto de delito natural es el natural, no hay problemas con los límites a la criminalización. El delito existe como una entidad básica externa,


en algún lugar. En la mayor parte de los casos, las potencialidades para el delito son prevenidas por el ojo de Dios, las relaciones vecinales y las restricciones circunstanciales. La ley puede ser vista en esta situación, como la recepción del remanente, la recepción de la totalidad de lo poco que se ha deslizado a través de la primera línea de control y ha llamado la atención de las autoridades. Dentro de esta perspectiva, no hay ni espacio ni necesidad de una discusión sobre la selección de los casos. Los jueces deben tomar lo que llega a ellos. Re-acción. Cuando castigan al agresor no es su responsabilidad, ésta descansa en la persona que ha cometido el delito natural.


Tal marco re-activo, en contraste con uno pro-activo, brinda una considerable protección a aquellos que utilizan el sistema. La responsabilidad por lo que sucede más tarde es percibida como descansando sólidamente en la persona que comente el delito. Ella actúa, y las autoridades son forzadas a re-accionar. Quienes quebrantan la ley son los que comienzan todo, las autoridades sólo reestablecen el equilibrio.


Pero, como hemos visto, esta no es nuestra situación. El sistema social se ha transformado en un sistema en el que existen restricciones aún contra la percepción de las menores transgresiones a la ley como delitos y de sus autores como delincuentes. Y entonces, al mismo tiempo, estamos en una situación en la que las viejas defensas contra la comisión de actos no deseados han desaparecido, mientras nuevas formas técnicas de control son creadas. Dios y los vecindarios son reemplazados por la eficacia en las modernas formas de vigilancia.


Vivimos con la herencia cultural de las emociones y los patrones de pensamiento del delito natural, pero en una situación concreta con el delito como fenómeno masificado. La furia y la ansiedad originada en la herencia del delito natural se transforma en la fuerza conductora de la lucha contra todo tipo de delitos. Esta nueva situación, con una reserva ilimitada de actos que pueden ser definidos como delitos, también crea posibilidades ilimitadas de lucha contra los actos no deseados.


Con una tradición viviente venida del período del delito natural, combinada con las cantidades de reservas ilimitadas de lo que puede ser considerado como delito en los tiempos modernos, el terreno está preparado. El mercado del control del delito está esperando a sus entrepreneurs.

11 oct 2010

Historias de abogados - Episodio 33

La lógica de los símbolos y el privilegio

Por AB





1


No hace mucho tiempo, la última vez que el maestro Nils Christie nos visitó con motivo de un Congreso organizado por los estudiantes, yo me ofrecí para atenderlo, dado que las chicas y chicos de la organización estaban más que ocupados lidiando con cuanto problema surge en esos megaeventos, a los que suele concurrir muchísima gente interesada y algún que otro megaboludo de esos que pide el certificadito el primer día, aun antes de inscribirse.


En ese momento, Raúl Zaffaroni ya era ministro de la Corte Suprema, y le ofreció a Christie que visitara el Palacio de Justicia de Talcahuano, donde los supremos ocupan el cuarto piso.


Lo pasé a buscar por su hotel (Libertad entre Arenales y Santa Fe), y de allí, a pesar de mis deseos de subirnos a un taxi, tuvimos que caminar hasta Palacio —nunca supe si cuando abogados y judiciales dicen “voy a Palacio” están jodiendo o se lo toman en serio—. Antes de ingresar, pasamos por el estacionamiento —parqueo— exclusivo para jueces y otros funcionarios de esos que no pagan impuestos, y Christie me preguntó qué era eso.


Le expliqué de qué se trataba, y se mostró conmocionado. Entusiasmado, agregué que tanto en Palacio como en Comodoro Py había, además, ascensores para jueces, baños para jueces, comedores para jueces, etcétera. El profesor noruego me miraba atentamente con incredulidad y con un claro gesto de desaprobación. Dado que el inglés no es el idioma materno de ninguno de los dos me preguntó si había entendido bien. Contesté afirmativamente.


Entramos a Palacio, y creo que en algún lugar del cuarto piso nos esperaba alguien de ceremonial y protocolo. El tipo era un aparato que parecía tener un orgasmo cada vez que hablaba de algún ilustre ministro de familia bien. Vimos muchas cosas que ya no recuerdo, yo estaba harto de escuchar a un señor tan ceremonioso, cuando vino lo mejor de la visita guiada: la sala de audiencias de la CSJN.




Realmente, de no creer. No recuerdo mucho de la sala de audiencias. Solo recuerdo que era más bien alargada, y que el alto estrado tras el cual se sentaban los ministros ya de por sí estaba ubicado para hacer sentir a las partes y al público el poder del máximo tribunal. Pero eso no era nada, lo realmente impresionante eran las sillas de los ministros, alineadas prolijamente de manera paralela apuntando de frente a la eventual concurrencia. Los respaldos de madera tenían una altura desmedida; debían sobrepasar en mucho la cabeza de cada ministro. Y lo que realmente daba pánico —aun sin los ministros sentados allí— era la cruz gigantesca que se alzaba sobre el respaldo del asiento destinado a la presidencia. Daba miedo hasta hablar allí, si bien los únicos presentes éramos los tres.


2


La lógica del privilegio es algo tan asimilado entre los miembros de nuestro poder judicial que termina por naturalizarse y por no llamar la atención, a menos que se trate de un suceso excepcional —v. gr., la jueza Parrilli—. Muchas veces este derecho natural al privilegio se origina en decisiones de los mismos miembros del poder judicial, como sucede, por ejemplo, con la negativa a pagar impuestos como el resto de los habitantes.


En otras oportunidades, sin embargo, los privilegios le son ofrecidos a los miembros de esta casa desde el exterior de la corporación. Así sucede, por ejemplo, en la universidad, cuando a los empleados judiciales no se les exige que cursen el práctico en la Facultad de Derecho de la UBA. Lo mismo sucede en los posgrados de algunas universidades privadas, en las cuales a los miembros del poder judicial solo se les cobra la mitad de la matrícula sin que nadie se los pida. En este último caso, tal decisión es manifiestamente inequitativa, debido a que los jóvenes graduados que ya han conseguido un lugar en la corporación cobran mayores sueldos y están en una situación laboral mucho más cómoda —con razón o sin ella— que los jóvenes que trabajan con abogados particulares.


Todo esto lleva a que jueces, funcionarios y empleados judiciales crean que existe algo así como un “derecho natural” a que se les reconozcan privilegios en todos los ámbitos.


Y ello explica el siguiente hecho real. No llevaba más que cinco o seis años de abogado cuando se me ocurrió organizar un Congreso de Derecho Penal para graduados —ya había pasado la época de los Congresos estudiantiles para mí—. Contábamos con la segura asistencia de más de ochocientas personas, y me pasaba todo el día en el Instituto que lo organizaba trabajando con las cinco estudiantes que integraban todo el equipo de trabajo. Siempre estaré eternamente agradecido al esfuerzo de estas cinco estudiantes —hoy brillantes abogadas— por su compromiso incondicional para lograr que el Congreso funcionara. Nos tuvimos que ocupar absolutamente de todo.





Incluso de atender el teléfono y cuanta consulta pelotuda andaba por allí. Por algún motivo en especial que no conozco, yo jamás atendía el teléfono. Pero un día sucedió. Al sonar el teléfono, en vez de esperar a que alguien atendiera levanté el tubo y dije:


- Instituto, buenas tardes.


- Buenas tardes, llamábamos por el Congreso...


- Sí, ¿que desean saber?


- Bueno… nosotros somos cuatro empleados judiciales, y queríamos saber cuál es el descuento que están haciendo a los judiciales…


Es decir, no preguntó si había descuento, sino cuál era…


- En verdad, a ustedes les íbamos a cobrar el doble que a los demás; pero por el principio de igualdad ante la ley, les cobramos como al resto de los asistentes…


Del otro lado de la línea se hizo un silencio, hasta que sentí que colgaron el teléfono. Seguí trabajando de buen humor; la persona que había llamado, a fin de cuentas, solo había recibido una respuesta que merecía.