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1 mar. 2010

HISTORIAS DE UN ABOGADO - EPISODIO 3

GRACIAS FABRICIO







1993, algún día de agosto. En esa época yo vivía en un loft en Anchorena y French. Al día siguiente me iba de viaje a New York, a estudiar a Columbia University School of Law una maestría en derecho. Siempre supe proyectar, cuando tomaba de cisiones de este tipo, lo que me esperaría el lugar a donde iría a estudiar.


Saliendo del relato un segundo, jamás me voy a olvidar la cara de sorpresa e incredulidad de mi hermano mayor —el que tripitió primer año— cuando le dije lo que debía de pagar de matrícula para estudiar en Columbia:


- ¿Qué? Encima de estudiar, ¿tenés que pagar?


Me dijo. Ese día se terminó de convencer de que su hermano estaba loco.


Volvamos a mi casa de ese entonces. Supongamos que viajaba un domingo a las 23 hacia New York. Entonces el sábado hice una fiesta de despedida a mi mismo. En realidad, Martín Abregú —que partía para Washington— y yo nos hicimos nuestra propia fiesta de despedida.


Como era previsible, la fiesta duró hasta tarde. Dado que no tenía que dejar la casa en orden porque un amigo se quedaba alojándose allí, y sólo tenía que llevar lo menos posible de equipaje, me acosté a dormir sin remordimientos.


Cuando me levanté pasado el medio día, no me asusté porque no tendría tiempo, sino que me pegó en plena cara la realidad. Empecé a mirar mi departamento y a pensar en lo que no había pensado, esto es, no a dónde iba, sino lo que dejaba atrás —y no me refiero a mi departamento—. Me agarró un ataque de angustia terrible, y estaba como paralizado.


No sé cómo ni por qué, en ese momento apareció Fabricio Guariglia y, sin hacerme ni una sola pregunta —pero claramente enterado de mi angustia y ansiedad—, se puso las pilas y, entre bromas y gritos, me puso —y se puso— a trabajar. No hablamos más que de lo que debía llevar y dejar, del tamaño de la valija, de qué libro era bueno y qué libro no valía la pena.


Pero los dos sabíamos por qué estaba ahí él. Porque es un amigo como pocos que había advertido mi angustia por venir. Terminamos de armar el equipaje y empezamos a hablar huevadas, del estilo “charla de ascensor”.



Y cuando me ayudó a llevar las valijas y bolsos al auto que me pasó a buscar, yo no aguanté más y cuando nos dimos el abrazo de despedida, con los ojos húmedos, solo le pude decir un breve:

- Gracias, Fabricio; sos un gran tipo.

2 comentarios:

Nicolas dijo...

Me diste ganas de llamarla a una amiga que esta haciendo su maestria en Huston.

Un abrazo.

anateresa dijo...

Ese es un amigo, bonita historia, a veces necesitamos un empujoncito así

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