Debut en San Salvador
Por AB

Ya era bastante grande cuando fue mi primera vez. Había ido a El Salvador medio de vacaciones, medio a trabajar. Hubieran sido puras vacaciones de no haber sido porque en San Salvador estaba Alberto Binder involucrado en el proceso de reforma de la justicia penal.
Los estudiantes estaban organizando un congreso de derecho penal estudiantil, e inmediatamente el apóstol reformista me instruyó para que trabajara con ellos. Más allá de ayudarlos a organizar el congreso, fui invitado por ellos a participar en dos conferencias. Una sobre la crisis del sistema carcelario; la segunda sobre el sentido y utilidad de la dogmática jurídico-penal.
Tenía 31 años cuando debuté. Hasta ese momento no había dado una conferencia ante un público considerable. Así fue como en San Salvador debuté como profesor que da una conferencia —¿de qué pensaron que se trataba esta entrada?—.
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La primera conferencia me generó pánicos de todo tipo, especialmente pánico escénico. Además, se suponía que había criminólogos que debían saber muchísimo más que yo sobre el tema carcelario —nuestra formación como abogados no es la formación adecuada para el estudio de la criminología—. Recuerdo que fue un debut poco afortunado —en esto se podría hacer un paralelo con el clásico “debut” en el que habrán pensado ustedes—.
Creo que éramos cuatro expositores. Cada uno tenía 30/40 minutos para exponer y las preguntas se hacían al final de las cuatro exposiciones.
Jamás comprendí por qué razón se invita a más de dos o tres expositores a dar una conferencia en la cual cada uno habla como mínimo treinta minutos. Mucho menos que se los haga exponer a todos seguidos, sin dar un respiro a quienes hacen de público. Nadie puede mantener la atención que se requiere para escuchar a cuatro expositores al hilo.
Encima, a mí me tocaba en último término. Ya ni recuerdo qué fue lo que dije. Lo que sí me llamó muchísimo la atención fue que los tres primeros expositores dieron su conferencia como si ellos fueran los únicos. Es decir, cada uno fue, recitó el speech que tenía preparado para la ocasión, sin importarle en lo más mínimo qué habían dicho o qué dirían los demás. De este modo, a la imposibilidad de mantener la atención durante las cuatro exposiciones se sumaba una dificultad adicional que consistía en nuestro autismo como expositores.
No hubo ningún debate, no se realizó ninguna mención a los demás expositores, no existió análisis comparativo de los distintos enfoques y puntos de vista. Hubiera sido más útil para todos que los asistentes leyeran cuatro textos en sus casas antes que convocarlos a una conferencia.
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Tratando de recordar, siempre me sucede que no fue ésa primera vez la que viene a mi memoria cuando quiero recordar mi primera conferencia o exposición en un congreso estudiantil. Tal vez se deba a que ésa no fue una conferencia. La experiencia que sí viene a mi memoria fue mi segundo intento.
Se trataba de una conferencia sobre la utilidad de la dogmática jurídica como método de interpretación y aplicación del derecho penal. Los expositores éramos Alberto Binder, Juan Carlos Ferré Olivé y yo. Antes de la hora programada, entre los tres decidimos que, en vez de dar tres conferencias autistas, nos tomaríamos entre cinco y diez minutos cada uno para presentar nuestros puntos de vista sobre el tema, para luego continuar con un debate entre los tres.
Yo pensaba hacer una fuerte crítica a la dogmática para cerrar con un rescate de algunos de sus aspectos útiles y racionales. Sin embargo, después de la breve charla con Alberto y Juan Carlos, dije:
- Si ustedes la van a defender, entonces yo solo me voy a dedicar a cuestionarla.
No sé si decidí eso por una cuestión pedagógica o de puro hinchapelotas que soy. Pero allí fuimos. Entramos al Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. El largo salón estaba repleto y habría alrededor de 700 estudiantes. Como si toda esta presión no fuera suficiente, un gigantesco retrato del Che nos miraba vigilante desde la pared del fondo del Aula Magna, a nuestras espaldas. Mi pánico escénico había disminuido un poco debido al Alplax que me había tomado antes de iniciar la conferencia.
Así, largamos con las tres breves presentaciones iniciales. Yo había quedado sentado en el medio de la mesa sobre el escenario, con Juan Carlos Ferré a mi izquierda y Alberto Binder a mi derecha.
En lo que siguió, entre los tres tuvimos un encarnizado debate en el cual yo estaba claramente en desventaja, no solo porque estaba en minoría, sino por quiénes integraban la mayoría. Pero me defendí como pude, y hubo un par de golpes de efecto muy divertidos en los cuales el público se puso de mi lado. Uno fue un golpe bajo que le tiré a mi tocayo Binder y que me da vergüenza recordar —Vasquito, no insistas, no lo voy a contar—.
Otro fue algo así como un “hurto de micrófono”. En un momento, no recuerdo qué dije pero mis dos amigos se pusieron como locos, y se pasaban el micrófono uno al otro sin dejarme replicar, pero la segunda o tercera vez que quisieron hacerlo pegué un manotazo y logré hacerme con el electrónico instrumento que nos permitía ser oídos por los setecientos estudiantes. El público me aplaudió, a pesar de que yo creo que mucho no me entendían cuando hablaba en mi elegante castellano-argentino a velocidad impulsada por ráfagas de adrenalina.
Finalmente, la conferencia-debate terminó y recibimos muchos aplausos. En esa oportunidad sí me emocioné, porque sentí una fuerte comunicación con los estudiantes. Bajamos del escenario y nos pusimos a charlar los tres, haciendo bromas y riéndonos de las trompadas que nos habíamos tirado durante la discusión.
Acto seguido, ocurrió algo que siempre me dio vergüenza en ocasiones posteriores. Vinieron muchos estudiantes y nos pidieron sacarse una foto con nosotros. Uno pone la mejor cara de “yo no fui” y posa para las fotografías.
Luego se acercaron algunos de los organizadores. Entre otros, Jaime Martínez y René Castellón. Le pregunté a uno de ellos si se había entendido algo de lo que había dicho. Y entonces uno de ellos —no recuerdo cuál— nos dijo que sí se había comprendido, pero que eso no era lo importante.
Lo importante —continuó— había sido que los tres expositores nos habíamos “matado” en la discusión. Pero que había sido una batalla de ideas, no un enfrentamiento personal. Y que les había llamado la atención que, después de semejante pelea teórica, nos pusimos a charlar y seguimos tan amigos como siempre.
Paradójico, ¿no? Lo que los había impresionado positivamente fue aquello que en nuestro país a veces nos hace tan impopulares.