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9 mar 2018

REFORMA Y DEMOCRATIZACIÓN DE LA JUSTICIA



El presidente de la Corte Suprema se burla del país y de la Justicia






Carta abierta de Alberto Binder (presidente de Inecip), Alfredo Pérez Galimberti (vicepresidente de Inecip) y Aldana Romano (directora ejecutiva de Inecip).

8 MAR 2018

No es admisible que después de más de treinta años de democracia, el presidente de la Corte Suprema de Justicia presente a la sociedad una propuesta superficial y cosmética, que banaliza el problema de falta de legitimidad e ineficacia del sistema judicial federal en nuestro país. Ni siquiera los propios jueces se toman en serio lo que ha dicho, burlándose colectivamente de quienes sufren esa ineficacia todos los días.

Pese al mandato ya aprobado de los legisladores, la reforma de la justicia penal se encuentra paralizada. Los jueces no hacen nada para prepararse; la reforma de la justicia oral avanza lentamente enredada en debates académicos y propuestas conservadoras; el nombramiento de jueces sigue lento y arbitrario, mientras los jueces con tribunales en mora cobran por hacerse cargo de otros tribunales en mora y los jueces interinos proliferan en desmedro de la Constitución. Los juicios con jurados populares que ya han incorporado otras provincias, ni siquiera están en agenda. La modernización de la gestión es confundida con la tecnología que viste de seda a la mona pero que mona se queda. La discusión sobre las ferias y el horario encubre la falta de contracción al trabajo, la escasa productividad y el abuso de licencias y de la feria misma. La Corte Suprema no revisa su forma de funcionamiento, alguno de sus miembros ni siquiera respeta sus fallos para prologar su pertenencia, mientras asume cada día tareas impropias que ni siquiera cumple con eficacia.

Frente a este panorama de frivolidad y corporativismo, convocamos a todas y todos los jueces, fiscales, defensores, funcionarios y empleados hartos de trabajar en un sistema sin legitimidad destinado a ser odiado por la sociedad argentina, a reclamar y trabajar por una reforma integral de la justicia federal, que asuma, por lo menos, los diez puntos siguientes:

1. La inmediata y efectiva implementación en todo el país de la nueva justicia penal federal ya aprobada.

2. La aceleración de la reforma de la justicia civil y comercial federal, su verdadera oralización y modernización.

3. Un impulso real y rápido del traspaso de la justicia nacional hacia la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y la reorganización de toda la justicia federal en el país, para equilibrar las cargas de trabajo y evitar el contubernio entre la justicia federal y los gobiernos provinciales.

4. La reforma estructural del Consejo de la Magistratura para que cumpla su función de nombramientos transparentes y proteja al Poder judicial de la manipulación política, evitando los cambios corporativos que solo aumentan los números de miembros.

5. El cambio de la organización judicial en base a criterios de horizontalidad y multifuncionalidad y la participación efectiva de todos los jueces en el gobierno del Poder Judicial, para evitar el nuevo caudillismo y personalismo de sus autoridades, y profundizar su democratización interna.

6. Una verdadera y profunda modernización de la gestión judicial, mediante la creación de nuevas oficinas judiciales como ya existe en las provincias, y una incorporación tecnológica que sirva de apoyo a un nuevo modelo de gestión judicial y a un control de la productividad y eficacia del sistema judicial.

7. Una reorganización funcional de la Corte Suprema de Justicia de la Nación para acentuar la deliberación, las audiencias públicas y el respeto a sus precedentes (por ella misma, entre otras cosas).

8. El establecimiento del juicio por jurados, como manda la Constitución Nacional.

9. El reconocimiento de la administración de justicia de los pueblos indígenas y diseño de un programa de fortalecimiento, de lo que constituye el cuarto orden judicial del país (federal, provincial, municipal, indígena).

10. El fortalecimiento de los Ministerios Públicos, de modo tal que se garantice su autonomía y la periodicidad del nombramiento de sus titulares.

Esta agenda la venimos sosteniendo desde hace muchos años y muchas personas, incluso pertenecientes al Poder Judicial, han trabajado para llevarla adelante. Pero pasan los años y los gobiernos prefieren negociar con los sectores más oscuros de la justicia en lugar de transformarla, mientras que las autoridades judiciales usan sus cargos para hacer política en lugar de promover el mejoramiento del sistema judicial. También en este campo es hora ya de terminar con los círculos viciosos, la oscuridad, el privilegio, la corrupción y las grandes y pequeñas formas de abuso de autoridad.

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Alberto Binder (Presidente de Inecip), Alfredo Pérez Galimberti (Vicepresidente de Inecip) y Aldana Romano (Directora Ejecutiva Inecip).


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13 abr 2013

"FRASE GRANDE, PLAN PEQUEÑO" por ALBERTO BINDER





La administración de justicia del país, y no digamos la federal, necesita cambios profundos, urgentes y de largo aliento. Desde hace muchos años hemos denominado a ese programa “democratización de la justicia” bajo el entendimiento de que no se trata de que los jueces sigan los dictados de la mayoría –lo que iría en contra de su función constitucional- sino que se trata de que la administración de justicia sepa acompañar el crecimiento y desarrollo de una sociedad plural, dinámica, tolerante e inclusiva. 


Hoy no puede hacerlo con su cerrazón, sus procedimientos antiguos, su lógica de trámites, su pesadez burocrática, su egocentrismo valorativo, su falta de imaginación y su desprecio práctico hacia todo lo que tenga rostro humano y no sean papeles.  Por eso adherimos al debate que se abrió en los últimos meses y hemos hecho propuestas concretas para alimentarlo.


Lo que está en juego es la necesidad de contar con espacio judicial nuevo, donde la lucha por los derechos, el control del poder, la gestión pacífica de los conflictos, la vigencia efectiva de la Constitución y la afirmación de valores básicos de la convivencia se haga de un modo transparente, abierto, sensatamente rápido y con un nuevo diálogo con la sociedad. Todo esto es muy importante para el futuro de nuestro país.


El plan que ha presentado el Poder Ejecutivo Nacional es una versión pobre, escuálida y timorata de ese proyecto. La reacción de la oposición es previsible, funcional al empobrecimiento del debate y sin muchas ideas.  La sociedad se queda, en consecuencia, sin chicha ni limonada. 






Seguirá siendo un organismo burocrático, repleto de personal y cada vez mas trabado en su propia lógica corporativa, alejado de la sociedad y atrapado en la lógica judicial y sus “operadores judiciales” oscuros. Para destrabarlo hay que ir en sentido inverso, reduciendo sus miembros,  y reformarlo de raíz en su funcionamiento cotidiano. 


Por otra parte, el mantenimiento de vacantes permanentes es una práctica del Poder Ejecutivo, no por falta de gestión sino para negociar con la corporación judicial.  La Creación de nuevas Cámaras de Casación, en el contexto actual, es un plan de burocratización (no de democratización) que sin duda dejará contentos a  abogados y jueces con sus nuevos honorarios y cargos.  


La limitación  de las medidas cautelares es dependiente de la rapidez de los procesos y ellos con los actuales procedimientos y prácticas seguirán demorando, dejando los derechos en el aire y permitiendo la extorsión judicialque no la sufre solo el Estado nacional. Nombramientos por concurso está muy bien, veremos bajo que método y de todos modos el punto es que el personal no cumpla funciones judiciales y se acabe la delegación judicial en empleados subalternos. 







En fin reformas menores que no solucionan ningún problema de fondo ni tampoco ponen en peligro la República: sólo son demostración de la escasa reflexión que tiene nuestra dirigencia política sobre la función del poder judicial en nuestra democracia. 

En el camino quedaron grandes temas que no fueron encarados: la verdadera participación ciudadana a través de jurados, la transparencia real y publicidad de todos los procedimientos a través de la oralidad, las medidas de fortalecimiento de la justicia de cercanía para facilitar el acceso a la justicia, la reforma de la abogacía para generar una verdadera abogacía social, el reconocimiento de la justicia de los pueblos indígenas, la modificación profunda del sistema recursivos, la democratización interna del poder judicial cambiando las formas de gobierno interno, la creación de una verdadera carrera judicial.  Además las medidas están llenas de guiños hacia la corporación judicial. No se toca el tema ganancias cuando la AFIP puede ya comenzar a cobrarlo, dado que lo único que puede hacer el Poder Judicial (en términos administrativos) es negarse a ser agente de retención), nada se dice de la exclusividad que tienen que tener jueces y fiscales, que ocupan todos los cargos universitarios sin dedicarse verdaderamente ni a una ni a otra cosa, nada se dice de los verdaderos sistemas de control  patrimonial, ni de cómo evitar que los jueces cobren fortunas con subrogancias y viáticos que los llevan a prolongar juicios, haciendo negocio incluso con los juicios de lesa humanidad. Con estas medidas tampoco se va a “controlar” el poder judicial, ni se lo va a sacar de su letargo ni se beneficia a la ciudadanía en su acceso a la justicia.  







Mi simple percepción personal, si se quiere emotiva: se trata de armar un boquete para que un sector que hoy está en la periferia de la corporación judicial se  posicione mejor. En buen romance, agrandar la “familia judicial” con alguna nueva tribu en crecimiento. La corporación judicial, contenta, un nuevo miembro es siempre una nueva oportunidad de revitalizar las viejas mañas.



Nota publicada en mdz Online


30 sept 2011

CONFERENCIA DE ALBERTO BINDER EN EL CONGRESO DE DERECHO PENAL





Conferencia de Binder en el Panel sobre
"Limitación de los derechos fundamentales en el proceso penal"

con Fernando Díaz Cantón, Alejandro Slokar y AB, coordinado por Cristina Caamaño







27 sept 2010

Mi primera vez

Debut en San Salvador

Por AB



Ya era bastante grande cuando fue mi primera vez. Había ido a El Salvador medio de vacaciones, medio a trabajar. Hubieran sido puras vacaciones de no haber sido porque en San Salvador estaba Alberto Binder involucrado en el proceso de reforma de la justicia penal.


Los estudiantes estaban organizando un congreso de derecho penal estudiantil, e inmediatamente el apóstol reformista me instruyó para que trabajara con ellos. Más allá de ayudarlos a organizar el congreso, fui invitado por ellos a participar en dos conferencias. Una sobre la crisis del sistema carcelario; la segunda sobre el sentido y utilidad de la dogmática jurídico-penal.


Tenía 31 años cuando debuté. Hasta ese momento no había dado una conferencia ante un público considerable. Así fue como en San Salvador debuté como profesor que da una conferencia —¿de qué pensaron que se trataba esta entrada?—.


1


La primera conferencia me generó pánicos de todo tipo, especialmente pánico escénico. Además, se suponía que había criminólogos que debían saber muchísimo más que yo sobre el tema carcelario —nuestra formación como abogados no es la formación adecuada para el estudio de la criminología—. Recuerdo que fue un debut poco afortunado —en esto se podría hacer un paralelo con el clásico “debut” en el que habrán pensado ustedes—.


Creo que éramos cuatro expositores. Cada uno tenía 30/40 minutos para exponer y las preguntas se hacían al final de las cuatro exposiciones.


Jamás comprendí por qué razón se invita a más de dos o tres expositores a dar una conferencia en la cual cada uno habla como mínimo treinta minutos. Mucho menos que se los haga exponer a todos seguidos, sin dar un respiro a quienes hacen de público. Nadie puede mantener la atención que se requiere para escuchar a cuatro expositores al hilo.


Encima, a mí me tocaba en último término. Ya ni recuerdo qué fue lo que dije. Lo que sí me llamó muchísimo la atención fue que los tres primeros expositores dieron su conferencia como si ellos fueran los únicos. Es decir, cada uno fue, recitó el speech que tenía preparado para la ocasión, sin importarle en lo más mínimo qué habían dicho o qué dirían los demás. De este modo, a la imposibilidad de mantener la atención durante las cuatro exposiciones se sumaba una dificultad adicional que consistía en nuestro autismo como expositores.


No hubo ningún debate, no se realizó ninguna mención a los demás expositores, no existió análisis comparativo de los distintos enfoques y puntos de vista. Hubiera sido más útil para todos que los asistentes leyeran cuatro textos en sus casas antes que convocarlos a una conferencia.


2


Tratando de recordar, siempre me sucede que no fue ésa primera vez la que viene a mi memoria cuando quiero recordar mi primera conferencia o exposición en un congreso estudiantil. Tal vez se deba a que ésa no fue una conferencia. La experiencia que sí viene a mi memoria fue mi segundo intento.


Se trataba de una conferencia sobre la utilidad de la dogmática jurídica como método de interpretación y aplicación del derecho penal. Los expositores éramos Alberto Binder, Juan Carlos Ferré Olivé y yo. Antes de la hora programada, entre los tres decidimos que, en vez de dar tres conferencias autistas, nos tomaríamos entre cinco y diez minutos cada uno para presentar nuestros puntos de vista sobre el tema, para luego continuar con un debate entre los tres.


Yo pensaba hacer una fuerte crítica a la dogmática para cerrar con un rescate de algunos de sus aspectos útiles y racionales. Sin embargo, después de la breve charla con Alberto y Juan Carlos, dije:


- Si ustedes la van a defender, entonces yo solo me voy a dedicar a cuestionarla.


No sé si decidí eso por una cuestión pedagógica o de puro hinchapelotas que soy. Pero allí fuimos. Entramos al Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. El largo salón estaba repleto y habría alrededor de 700 estudiantes. Como si toda esta presión no fuera suficiente, un gigantesco retrato del Che nos miraba vigilante desde la pared del fondo del Aula Magna, a nuestras espaldas. Mi pánico escénico había disminuido un poco debido al Alplax que me había tomado antes de iniciar la conferencia.


Así, largamos con las tres breves presentaciones iniciales. Yo había quedado sentado en el medio de la mesa sobre el escenario, con Juan Carlos Ferré a mi izquierda y Alberto Binder a mi derecha.


En lo que siguió, entre los tres tuvimos un encarnizado debate en el cual yo estaba claramente en desventaja, no solo porque estaba en minoría, sino por quiénes integraban la mayoría. Pero me defendí como pude, y hubo un par de golpes de efecto muy divertidos en los cuales el público se puso de mi lado. Uno fue un golpe bajo que le tiré a mi tocayo Binder y que me da vergüenza recordar —Vasquito, no insistas, no lo voy a contar—.


Otro fue algo así como un “hurto de micrófono”. En un momento, no recuerdo qué dije pero mis dos amigos se pusieron como locos, y se pasaban el micrófono uno al otro sin dejarme replicar, pero la segunda o tercera vez que quisieron hacerlo pegué un manotazo y logré hacerme con el electrónico instrumento que nos permitía ser oídos por los setecientos estudiantes. El público me aplaudió, a pesar de que yo creo que mucho no me entendían cuando hablaba en mi elegante castellano-argentino a velocidad impulsada por ráfagas de adrenalina.


Finalmente, la conferencia-debate terminó y recibimos muchos aplausos. En esa oportunidad sí me emocioné, porque sentí una fuerte comunicación con los estudiantes. Bajamos del escenario y nos pusimos a charlar los tres, haciendo bromas y riéndonos de las trompadas que nos habíamos tirado durante la discusión.


Acto seguido, ocurrió algo que siempre me dio vergüenza en ocasiones posteriores. Vinieron muchos estudiantes y nos pidieron sacarse una foto con nosotros. Uno pone la mejor cara de “yo no fui” y posa para las fotografías.


Luego se acercaron algunos de los organizadores. Entre otros, Jaime Martínez y René Castellón. Le pregunté a uno de ellos si se había entendido algo de lo que había dicho. Y entonces uno de ellos —no recuerdo cuál— nos dijo que sí se había comprendido, pero que eso no era lo importante.


Lo importante —continuó— había sido que los tres expositores nos habíamos “matado” en la discusión. Pero que había sido una batalla de ideas, no un enfrentamiento personal. Y que les había llamado la atención que, después de semejante pelea teórica, nos pusimos a charlar y seguimos tan amigos como siempre.


Paradójico, ¿no? Lo que los había impresionado positivamente fue aquello que en nuestro país a veces nos hace tan impopulares.