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19 nov 2015

De la verdadera "NO HAY DERECHO" - Malatesta y la cocaína





Cocaína

Por Enrico Malatesta



En Revista "No Hay Derecho", nº 5, Buenos Aires, 1991, p. 27

(este artículo apareció publicado por primera vez en el periódico
anarquista Umanitá Nova, el 30/8/1922)




En Francia existen leyes severas contra quien usa y quien expende cocaína. Y, como es habitual, el azote se extiende y se intensifica a pesar de las leyes y quizá a causa de las leyes. Igualmente en el resto de Europa y en América.


El doctor Courtois, de la Academia de Medicina Francesa, que ya el año pasado había lanzado un grito de alarma contra el peligro de la cocaína comprobado el fracaso de la legislación penal, pide... nuevas y más severas leyes.


Es el viejo error de los legisladores, a pesar de que la experiencia haya siempre, invariablemente, demostrado que nunca la ley, por bárbara que sea ha servido para suprimir un vicio, o para desanimar el delito.


Cuanto más severas sean las penas impuestas a los consumidores y a los negociantes de cocaína, más aumentará en los consumidores la atracción por el fruto prohibido y la fascinación por el peligro afrontado, y en los especuladores la avidez de la ganancia, que ya es ingente y crecerá con el crecer de la ley. Es inútil esperar en la ley.


Nosotros proponemos otro remedio.


Declarar libre el uso y el comercio de la cocaína, y abrir las expendedurías en las que la cocaína fuese vendida a precio de costo, o incluso bajo costo. Y después hacer una gran propaganda para explicar al público y poner al alcance de la mano los daños de la cocaína; nadie haría propaganda contraria porque nadie podría ganar con el mal de los cocainómanos.


Ciertamente con esto no desaparecería completo el uso dañino de la cocaína, porque persistirían las causas sociales que causan los desgraciados y los empujan al uso de estupefacientes.


Pero de cualquier modo el mal disminuiría, porque nadie podría ganar con la venta de la droga, y nadie podría especular con la caza de los especuladores. Y por eso nuestra propuesta no será tomada en consideración, o será tratada de quimérica y loca.






27 feb 2015

ZAFFARONI Y EL GARANTO-ABOLICIONISMO ESTÁN MAL VISTOS












Si hay una mala costumbre “conceptual” entre los penalistas es la de inventar nuevas categorías o nuevos términos —muchas veces cada vez más sangrientos—. De esa mala costumbre, probablemente, habría que declarar culpable a Zaffaroni. De lo que habría que absolverlo, con seguridad, es de ser “garanto-abolicionista”.

Sí, como han leído, ustedes —que leen este “pasquín-blog”— desde ya son sospechosos de ser garanto-abolicionistas, y son los exclusivos responsables de todos los problemas de seguridad de nuestro país (los que existen, y los que no existen también).

Maravillosa muestra de prejuicios, ignorancia y autoritarismo la nota del Sr. Martín Etchegoyen Lynch, que parece ser experto en seguridad —porque estudió, y porque escribe mucho sobre el tema—. Hay párrafos que parecen extraidos del guión de algún programa cómico televisivo.

Según nos informa este señor, el “garanto-abolicionismo” es un movimiento que en nuestro país es liderado por Zaffaroni. Entérese también el señor lector o la señora lectora que el garanto-abolicionismo es un “movimiento anacrónico y demostrado fracasado en otras latitudes hace más de 40 años”. Eso sí, ni idea de por qué es anacrónico, mucho menos de cuáles son esas latitudes.


Pero no queremos quitarles el placer de leer tan preclaras ideas, que han sido registradas en esta nota, así que aquí acabamos este comentario bibliográfico.



13 feb 2010

EL BUEN ABOLICIONISTA






Podemos decir, entonces, que abolir el sistema de justicia penal puede ser una paradoja, una utopía, un snobismo central o una moda local. También puede ser un sueño, un proyecto, una descripción nihilista que paralice, o un programa milenario. O una apuesta más de trabajo cotidiano. Que es lo que cree un buen abolicionista

1 ago 2009

DE ABOLICIONISTAS, REPRESORES Y CONVERSOS - FINAL



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OBRA TEATRAL REPRESIVA-ABOLICIONISTA EN TRES ACTOS Y UN EPÍLOGO
Por Cayetano Santos Godino y Martín de Neco




Ver el Primer Acto, el Segundo Acto y el Tercer Acto.


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EPÍLOGO
El final es donde partí...
Todos guardaban sus libros que seguían escondidos bajo los bancos, Giuseppe acomodaba el material de la exposición.

La lenta pero paulatina retirada del aula crispó un poco más mis nervios. Me moría por un cigarro —ya me habían advertido del Decanato porque la primera clase había fumado en el aula—, y mis alumnos se movían con esa parsimonia cuasiadolescente que caracteriza a la mayoría de los pibes de esta época. Ya con todos afuera, salí presuroso al pasillo, me puse el pucho en la boca y cuando tenía a dos centímetros el encendedor siento la voz de Guiseppe a mis espaldas:

- Profe, en la facu está prohibido fumar... mire el cartel...

Colgado en una de las paredes, rozagante, casi altivo y orgulloso por su leyenda rezaba

UNIVERSIDAD LIBRE DE HUMO

- Je... veo que es consecuente con su discurso...

Dije con el pucho apagado en la boca y apuré el paso hacia la salida, maldiciendo a la bendita Universidad Federal.

Por fin en la vereda logré prender el cigarrillo. Caminé unos pasos pitando fuerte y tragando espesas bocanadas de humo. El cerebro andaba a mil y necesitaba que el alivio subiera lo más rápido posible.

Saqué el celu del bolsillo interior del saco para llamar a mi socio. Quería comentarle como me había ido con Giuseppe porque conocía los pormenores de la historia. Me estuvo cargando varios días y disfrutaba con mi ansiedad. Él y nuestra secretaria hablaban maravillas de mi alumno, incluso intentaban convencerme de llevarlo como practicante al estudio. Sólo pensarlo me causaba arcadas.

- Hola...
- Juancho, ¿que hacés...?
- Y Teofilo, ¿sobreviviste?
- Andate al joraca... casi lo convenzo al niño mimado. Me dio la derecha en un par de cuestiones. En un par de clases lo tengo en un bolsillo.
- ¿No será al revés?

Fue un segundo y un dolor agudo en el oído. El golpe veloz y certero logró quitarme el celular. Un chico de no más de 15 años corría a mil esquivando personas y los clásicos obstáculos de las veredas porteñas. Fue una gansada, pero en ese instante me acordé de Macri. En el patio principal de la Universidad Federal hay una foto de él. Dicen que junto a su padre es uno de los mayores benefactores de la concheta casa de estudios.



Empecé a correr y traté de gritar. Ahí fue justo cuando el alcohol, el café y el tabaco irrumpieron obscenamente en mi organismo. A los diez metros comprendí que mis placeres tornaban imposible que mi físico emprendiera dos actividades al mismo tiempo: o intentaba correr otros diez metros, más de esa distancia sería imposible, o gritaba pidiendo ayuda.

Pero los avatares del universo, complotados en mi contra con la aparición de Giuseppe, me devuelven su gracia... el arrebatador se tropieza con una baldosa floja —volví a pensar en Macri—, voló por el aire y cayó pesadamente ante las miradas atónitas e impávidas de los ocasionales transeúntes. Cuando llegué a su lado le grité:

- ¡Dame el teléfono que me afanaste, negro de mierda...!

Como dije, no más de quince años, no muy alto, un tanto sucio y vestido con un jean y un buzo con una leyenda bastante cómica: “333 MEDIO BESTIA”.

- Si yo no le robé nada, don...
- “Don”, las pelotas, dame el teléfono o te cago a patadas...

La gente se arremolinaba en el lugar. Se escuchaban las primeras voces de incitación a la coacción y castigo directo:

- Pegale... son todos negros..
- Es de la villa de acá la vuelta...
- Chorro... hijo de puta...
- Hay que matarlos de chiquitos... rompele la cabeza...

Etcétera, etcétera, etcétera.

Lo agarré fuerte del cuello.

- Dame el teléfono te dije....

No podía ni contestarme. La experiencia con Giuseppe, el robo, el dolor en la oreja y el clamor de la gente fue como un rayo que me partió la cabeza. Perdí el control, tenía los ojos inyectados de sangre. Me erguí y le pegué la primera patada en la cara.

- Así, pegale, pegale...

Segunda patada. El pibe no respondía. Yo insistí a los gritos

- ¡Que me des el teléfono, carajo!

Tercera, cuarta, y pierdo la cuenta... mucha sangre en la vereda. Veo las caras de los presentes, fieras desaforadas que gozaban de la ejecución pública. Me río a carcajadas. Voces que me felicitan y manos que me palmean los hombros. Nadie me detiene. No escucho las sirenas, ya no escucho nada.

Estoy sentado en el patrullero con la mirada perdida. Sigo teniendo el vacío interior, todo pasa a mi alrededor, pero todo me es ajeno...

- Profe, Profe, he... Profe…

Del silencio que había invadido mi mente, surgió despacio la voz de Giuseppe. Pasaban muchas cosas más, pero yo sólo escuché la voz de Giuseppe.

- Profesor Manfredi, ¿me escucha?

Lentamente, giré mi cabeza y miré su cara desde el interior del auto.

- ¿Lo asaltó también a Usted? Pobre pibe. Intentó robarme el celular, pero no pudo. De todas maneras...

Lo miraba y lo escuchaba, pero mi expresión captó su atención. Me miró tratando de fijar aún más su mirada en mis ojos.

- Profe, ¿me escucha?

Asentí lentamente con la cabeza.

- Entonces le sigo contando. Bueno, hablé con él un par de segundos, un pobre flaco, me dió lástima y le tiré 5 mangos. ¿Usted está lastimado? ¿El pibe lo lastimó?

Ahí fue cuando Giuseppe vió las esposas que inmovilizaban mis manos. Su expresión pasó del interés en mi estado físico, a la incredulidad, hasta que finalmente comprendió.

- Pero, ¿que pasó Profe? ¿Qué hizo?
- Vos tenías razón, José; siempre la tuviste. A estos negros de mierda hay que matarlos a todos...

26 jul 2009

DE ABOLICIONISTAS, REPRESORES Y CONVERSOS








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OBRA TEATRAL REPRESIVA-ABOLICIONISTA EN TRES ACTOS

Por Cayetano Santos Godino y Martín de Neco


El Primer Acto aquí y el Segundo aquí


TERCER ACTO
La conversión

Hoy me levanté un tanto más preocupado. Había dormido poco y el primer café doble cortado de la mañana erizó aún más mi sistema nervioso. Prendí el primer cigarrillo para bajar el enchufe. Llegué al estudio y no pude concentrarme en el trabajo pendiente: cuatro ofrecimientos de prueba, dos alegatos que había que preparar y un escrito absurdo haciendo dibujos para que nos concedan una probation en el caso de un amigo. El resto de los casos eran de clientes que habían defraudado fuerte al fisco. Mi socio arremetió con sus típicos sermones cuasi religiosos referidos a la importancia de la dedicación al trabajo. Su diatriba culpógena me tenía la paciencia por el piso, pero mi cariño hacia él impedía que lo mandara a algún otro lado. Realmente es un ser fantástico y, además, tenía mucha razón.

¡Maldición! Hoy tenía clases nuevamente en la Universidad Federal, ¿dónde se habían ido los últimos seis días? Camino a la universidad había perdido la cuenta de la cantidad de nicotina que me había metido en el cerebro, mezclada con varias tazas de café tipo ristretto. Seguía bastante nervioso y caliente conmigo mismo. Había enfrentado tribunales, juicios y congresos realmente importantes, incomparables con el ímpetu cuasi adolescente de un alumno, que reconozcámoslo, era brillante.

A mi llegada, ya en el pasillo se escuchaban los murmullos inquietos y alguna que otra referencia no del todo amable hacia mi persona. Del tipo de: "¿quién carajo se cree que es...?". Pero también voces de defensa que me animaron un poco: "No sean gansos, parece un buen profe...". La voz de Giussepe ni se oía.

Intenté que mi entrada al aula no fuera solemne. Fracasé. Los chicos guardaron frenéticos sus libros debajo del banco. Caminé hacia mi escritorio y tiré mis carpetas y apuntes arriba de él. En toda la secuencia buscaba con el rabillo del ojo la figura de mi contrincante. Disimulaba mi ansiedad. Parado enfrentando la clase realicé el primer paneo serio del lugar. Me detuvo la angustia de ver un banco vacío. El banco de Giuseppe.

Giuseppe había faltado.

Atónito, juntaba y acomodaba mis cosas. Pasaron unos tres minutos que fueron eternos. Pasos veloces y pesados desde el pasillo, una mano que empujó la puerta, y jadeando, con una mochila llena de libros, entró Giuseppe.
- Perdón Profe, estuve en la biblioteca leyendo un poco.
Un sudor frío me corrió por la espalda. Pero traté de explotar la situación. Miré mi reloj con parsimonia y dije:
- Sí, Giuseppe, estoy seguro de eso. Yo llegué a las 8:05, Ud. llegó tres minutos más tarde, es decir que en total habrá leído como máximo unos ocho minutos. Si quiere dejamos esto para otro día…
Me sentí muy culpable por haber utilizado la situación para poner nervioso a un joven estudiante con inquietudes a quien se suponía debía ayudar a que aprenda, solo porque yo estaba nervioso. Pero a los abogados la culpa no nos dura demasiado tiempo. El joven me miró sorprendido, pensando por un momento que yo hablaba en serio y dijo:
- No, Profe, estuve toda la noche, y tuve que pedir una autorización especial para eso. Creo que mejor lo hacemos ahora.
- ¡Ahh! Si fue así, entonces sigamos con lo pactado. Bueno, es Ud. quien tiene la palabra. Lo escuchamos.
- Deme dos minutos, por favor, así organizo todo este material que traje para poder fundar mis opiniones.
- Tómese su tiempo, Giuseppe, tómese su tiempo.
El joven comenzó a organizar papeles, libros, y finalmente sacó su computadora portátil del fondo de su mochila. Su MacBook de aluminio recién adquirida representaba un agudo contraste con su facha y con su andrajosa mochila —me había olvidado de que estaba en la UPF—.
- Profe, si no le molesta, voy a usar el cañón para pasar un PowerPoint que nos va a ayudar a ordenar la discusión.
Todas las aulas de la UPF tenían monitores de LCD de 40 pulgadas para poder ver videos, DVDs y documentos en distintos soportes digitales. En 30 segundos, y antes de que yo contestara nada, Giuseppe ya había instalado su computadora para utilizar el cañón.
- Adelante, amigo, adelante…
Entonces comenzó su presentación. Pasó rápidamente la primera diapositiva, se detuvo en la segunda y comenzó a hablar:





- Para empezar, Profe, le pediría que no me interrumpa, que me permita presentar mi punto de vista, y después de eso lo podemos debatir.
- Bue…
- Gracias, Profe, sabía que respetaría mi exposición. En primer término, quiero concederle que, por no haber tenido tiempo para reflexionar, y por no haber tenido un mínimo de información, mucho de las expresiones utilizadas en estas dos afirmaciones de mi opinión de la clase pasada fueron bastante desafortunadas. Sin embargo, creo que la idea central que subyace en ellas es correcta. Veamos:

La primera frase: es posible afirmar que como regla, las figuras penales que se mantienen en el derecho positivo expresan un juicio de disvalor respecto de las conductas que en ellas se describen. Es cierto, también, que siempre encontraremos excepciones que confirman esta regla, pues las valoraciones sociales suelen transformarse más rápidamente que los tipos penales del derecho vigente. En otros casos, se mantienen en el derecho vigente figuras penales que desaprueban comportamientos que, o bien ya no son desaprobados socialmente al grado de proponer que deben ser penados —como sucedía en nuestro derecho con el adulterio—, o bien describen acciones que ya no se realizan —como sucede con los arts. 97 a 103 del Código Penal, con las figuras penales referidas al duelo (1)—.

Sin embargo, no se puede ignorar que del catálogo completo de tipos penales vigentes, la gran mayoría de ellos describen acciones a las que se les atribuyen sanciones represivas por ser consideradas como conductas que afectan gravemente la vida, la integridad física, la libertad o los bienes de terceros, o afectan también gravemente el orden social.

Por supuesto, la legislación penal, como todo el fenómeno jurídico, expresa los niveles de conflicto en una sociedad dada, y el estado de las tensiones y de la posición de fuerzas de los diversos sectores sociales. De allí la existencia de figuras penales que describen acciones punibles que no se castigan con la severidad que se aplica a otras acciones que suelen ser mucho menos lesivas para la coexistencia de las personas en el ámbito social —v. gr., los delitos de funcionario suelen tener penas relativamente benignas en relación con figuras penales que describen comportamientos que pueden ser considerados muchos menos lesivos—; o conductas sumamente graves y lesivas que no se hallan tipificadas —v. gr., el genocidio, los crímenes de guerra, la desaparición forzada de personas—.

Pero estas iniquidades también se hallan presentes en todas las ramas del derecho, no son propias y exclusivas de la legislación penal. Más allá de ello, en el programa normativo plasmado en el proceso de criminalización primaria se deja en claro que delitos tales como el homicidio, las agresiones sexuales, la tortura, y muchos otros, se valoran como hechos de suma gravedad.

La segunda frase: también es cierto que el término “a cualquiera” abarca mucho más de lo que debe. Sin embargo, se podría coincidir en que en la mayoría de los casos, gran parte del catálogo de hechos punibles consiste en acciones que al menos la mayoría de las personas desaprueban. Y si las desaprueban es porque son consideradas como acciones negativas para la convivencia social. Después de todo, en nuestra organización constitucional es el poder más representativo de la voluntad popular quien dicta las normas penales.

Lo que sí me ha llevado a reflexionar es eso de que quienes cometen delitos graves “deben ser apartados de la sociedad”. En eso le concedo la razón, la fórmula del apartamiento no fue muy feliz, y debemos pensar en otra manera de reaccionar frente a la comisión de hechos definidos como delictivos.

Esto nos lleva a la última de nuestras opiniones iniciales. Veámosla ahora, y luego terminamos nuestra exposición con el tema de la “inexistencia del delito”.
- Pero, Giuseppe, no podés hablar todo el tiempo vos, se supone que esto es un debate…
- No, Profe, no es un debate, la consigna que Ud. me dio fue que leyera material sobre el tema para fundar mis puntos de vista. Y esos puntos de vista, según el resumen de lo que Ud. cree que yo dije la clase pasada, los enunció Ud., tal cual están expresados en estas tres diapositivas. Así que, por favor, sea consecuente con sus dichos y permítame terminar mi exposición de acuerdo con las consignas que Ud. mismo me proporcionó.
El pendejo me dejó mudo y boquiabierto y, lo que fue mucho peor, se ganó a todo el público presente, esto es, a todos los demás estudiantes. Mi furia iba por dentro e intenté que no se manifestara en mi rostro. Con el tono más dulce posible, entonces, dije:
- Bueno, se lo concedo. Es necesario, además, porque hasta ahora no ha fundado demasiado…
Giuseppe proyectó entonces la última diapositiva y continuó:




- Volviendo a lo que dijimos antes, se puede afirmar que el derecho vigente refleja la relación de fuerzas de los diversos sectores sociales. Esta relación de fuerzas determina el peso relativo de esos sectores como factores de generación de consensos. Más allá de ello, también es cierto que hay cierto grupo de acciones que, como regla, son percibidas por las grandes mayorías como hechos punibles. Tampoco podemos olvidar el hecho más que importante de que en la actualidad, la comunidad internacional, a través de declaraciones y tratados, también determina en cierta medida los programas político-criminales locales, no solo prohibiendo la tipificación de ciertas conductas —v. gr., el desacato—, sino, además, exigiendo la tipificación de otras —v. gr., desaparición forzada, ciertos actos de violencia de género, los hechos de corrupción—.

Esto no significa que estos consensos sean justos en sí mismos, del mismo modo que los consensos que dan sustento a los programas de otras ramas normativas. Pero lo cierto es que la existencia de este consenso sobre el programa político-criminal del Estado es el que permite que a través de sanciones de carácter represivo se trate de alcanzar dos objetivos: a) evitar la reincidencia de las personas declaradas culpables; y b) emitir un mensaje al resto de los habitantes que ponga de manifiesto el carácter de acción reprochable de la conducta delicitiva en cuestión.

Dejemos de lado, por supuesto, lo de las “personas normales” a las que hicimos referencia en la clase anterior, pero sí pensemos en que un programa político-criminal razonable debería a limitarse a criminalizar los hechos de mayor gravedad que afecten a bienes jurídicos de jerarquía relevante para las personas. En esto, creo, podremos acordar que, al menos en un número no demasiado limitado de supuestos, podríamos llegar a cierto grado de consenso respecto de que acciones tales como matar a otra persona, privarla de su libertad, agredirla sexualmente, para poner solo algunos ejemplos, son acciones graves de las cuales debe ocuparse el derecho penal.
En ese momento Giuseppe hizo una breve pausa, y aproveché para decir:
- Estimado Giuseppe, creo que esta vez ha logrado expresar sus opiniones de manera mucho más organizada, pero ello no significa que las haya fundado…
- No, Profe, habíamos quedado en que no me iba a interrumpir…

- Pero eso…

- No, Ud. lo aceptó expresamente media hora atrás, ¿no es así?
La pregunta fue dirigida por Giuseppe al resto de la clase, y entonces se escucharon varias voces diciendo:
- Si, Profesor, eso es lo que Ud. dijo…

- Si, Giuseppe tiene razón…

- Nuestro compañero tiene razón…
Entonces respondí con un grito:
- Está bien, ¡SILENCIO!... [y ya con un tono de voz normal para una clase] Continúe, amigo, continúe…
Giuseppe mostró, entonces, la segunda diapositiva de su PowerPoint, referida a mi afirmación de que “el delito no existe”.


- En esto tenía Ud. la razón, el “delito” no existe, es solo un convención humana, una decisión política, objetivada en una norma jurídica que debe cumplir ciertos requisitos. Pero el delito “no existe” del mismo modo en que “no existe” la patria potestad, el domicilio constituido, una obligación de dar, etcétera. Es más, ningunos de nosotros es un “sujeto de derechos” hasta que el derecho nos nombra y nos define como tales.

Y en el ámbito específico del derecho penal, es la ley o, más precisamente, la práctica jurídica, la que atribuye la calidad de víctima, la que decide quién es víctima y quién no lo es, la que nos constituye en sujetos con ciertas y determinadas peculiaridades, estatus y facultades. Así, sólo revestimos el carácter de víctima en la medida en que la ley penal nos defina como tales. Antes de que el derecho nos nombre y nos instale frente al otro, no somos víctimas ni el otro es autor.

En este sentido, entonces, su afirmación sobre la “inexistencia” del delito se refiere estrictamente a la circunstancia de que las acciones humanas, sin un filtro normativo, no poseen ninguna característica que las tornen delictivas. Son las decisiones políticas tomadas por los seres humanos las que permiten que un comportamiento determinado pueda ser considerado un hecho punible. Lo único de pone de manifiesto su proposición, en consecuencia, que la sanción represiva y, más allá aún, que la definición de una conducta como delito, es algo no determinado por causas naturales.

Tal afirmación, por ende, no quita ni agrega nada a esta discusión y estoy absolutamente de acuerdo con ella. Antes de terminar, y de cederle la palabra, Profe, me gustaría que me dé su opinión sobre un hecho que fue filmado en video.
- Giuseppe, me parece que te estás extralimitando
- Profe, solo utilizo el mismo método que utilizó Ud., pero en orden inverso. La primera clase, antes de darnos su opinión en un extenso monólogo, nos hizo varias preguntas. Pues bien, yo hice mi extenso monólogo en primer lugar, y ahora solo quiero hacerle una pregunta.

- Bueno, a ver ese video, de qué se trata…

- Aquí lo vemos, es breve e impactante…

- ¡Ven! ¿Ven ahora de qué se trata todo esto?
No entendí qué intentaba demostrar Giuseppe con el video, pero acababa de cometer un terrible error, después de haber manejado y controlado la clase sólidamente, había perdido las riendas.
- Giuseppe, ¿estás seguro de que querés mi opinión?
- Sí, Profe, absolutamente.

- ¿Podés cortarla con lo de “Profe”? Te repito, ¿de verdad querés mi opinión?

- Sí, Profe… eh.. Profesor, quiero su opinión, para eso transmití el video.
- Bueno, el video que acabamos de ver gracias a la atenta cortesía de José…
- Giuseppe…, mi nombre es Giuseppe…
- … de su compañero parlanchín, cualquiera que sea su nombre, pone de manifiesto la irracionalidad, la desmesura y la violencia del sistema represivo. ¿Vieron Uds. cómo el conductor del patrullero frenó después de que atropello al sospechoso y a su propio compañero? Según surge del título del breve video, se trataba de la persecución de un sospechoso de haber robado un banco, esto es, se trataba solo de dinero. ¿Y cómo reacciona el aparato de Estado para proteger ese dinero —sea propio o ajeno—? ¿En nombre de qué se pone en grave peligro la vida de dos seres humanos?

Como bien señaló su compañero, el delito no “existe” antes que el derecho así lo diga. Pero una vez que el derecho ha hablado, el delito sí existe, y genera una reacción desmedida que agrava aún más el conflicto que pretende solucionar. Además, la respuesta represiva, dejando de lado todas y cada unas de las diferencias del extenso catálogo de conductas definidas como delictivas, solo puede ofrecer la misma y única respuesta violenta. ¿Ésta es la manera en que pretendemos regular la convivencia pacífica de los seres humanos? Pues si es así, Don Giuseppe, creo que prefiero lo que predican los abolicionistas. Ud. nos habló de un derecho penal mejor, yo me quedo con algo mejor que el derecho penal.

Bueno, chicos, con esto terminamos la clase. Para la semana próxima lean…
- Profesor, profesor… todavía me faltan dos minutos para exponer mi conclusión…

- ¿Dos minutos? ¿Me prometés que solo te llevará dos minutos?

- Si, Profe, en realidad, un minuto y cuarenta segundos, para ser más precisos.
- Bueno, tenés esos dos minutos y nos vamos de acá, que ya me hiciste doler la cabeza con tanta cháchara.
Giuseppe hizo una pausa de unos pocos segundos, y dijo, antes de comenzar a transmitir el segundo video a sus compañeros:
- ¿Quieren algo mejor que el derecho penal? Aquí lo tienen…

Terminó el video y se hizo un silencio que se escuchaba.
Y entonces sonó el timbre…

To be continued...


El Epílogo (final) aquí