26 jul. 2009

DE ABOLICIONISTAS, REPRESORES Y CONVERSOS








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OBRA TEATRAL REPRESIVA-ABOLICIONISTA EN TRES ACTOS

Por Cayetano Santos Godino y Martín de Neco


El Primer Acto aquí y el Segundo aquí


TERCER ACTO
La conversión

Hoy me levanté un tanto más preocupado. Había dormido poco y el primer café doble cortado de la mañana erizó aún más mi sistema nervioso. Prendí el primer cigarrillo para bajar el enchufe. Llegué al estudio y no pude concentrarme en el trabajo pendiente: cuatro ofrecimientos de prueba, dos alegatos que había que preparar y un escrito absurdo haciendo dibujos para que nos concedan una probation en el caso de un amigo. El resto de los casos eran de clientes que habían defraudado fuerte al fisco. Mi socio arremetió con sus típicos sermones cuasi religiosos referidos a la importancia de la dedicación al trabajo. Su diatriba culpógena me tenía la paciencia por el piso, pero mi cariño hacia él impedía que lo mandara a algún otro lado. Realmente es un ser fantástico y, además, tenía mucha razón.

¡Maldición! Hoy tenía clases nuevamente en la Universidad Federal, ¿dónde se habían ido los últimos seis días? Camino a la universidad había perdido la cuenta de la cantidad de nicotina que me había metido en el cerebro, mezclada con varias tazas de café tipo ristretto. Seguía bastante nervioso y caliente conmigo mismo. Había enfrentado tribunales, juicios y congresos realmente importantes, incomparables con el ímpetu cuasi adolescente de un alumno, que reconozcámoslo, era brillante.

A mi llegada, ya en el pasillo se escuchaban los murmullos inquietos y alguna que otra referencia no del todo amable hacia mi persona. Del tipo de: "¿quién carajo se cree que es...?". Pero también voces de defensa que me animaron un poco: "No sean gansos, parece un buen profe...". La voz de Giussepe ni se oía.

Intenté que mi entrada al aula no fuera solemne. Fracasé. Los chicos guardaron frenéticos sus libros debajo del banco. Caminé hacia mi escritorio y tiré mis carpetas y apuntes arriba de él. En toda la secuencia buscaba con el rabillo del ojo la figura de mi contrincante. Disimulaba mi ansiedad. Parado enfrentando la clase realicé el primer paneo serio del lugar. Me detuvo la angustia de ver un banco vacío. El banco de Giuseppe.

Giuseppe había faltado.

Atónito, juntaba y acomodaba mis cosas. Pasaron unos tres minutos que fueron eternos. Pasos veloces y pesados desde el pasillo, una mano que empujó la puerta, y jadeando, con una mochila llena de libros, entró Giuseppe.
- Perdón Profe, estuve en la biblioteca leyendo un poco.
Un sudor frío me corrió por la espalda. Pero traté de explotar la situación. Miré mi reloj con parsimonia y dije:
- Sí, Giuseppe, estoy seguro de eso. Yo llegué a las 8:05, Ud. llegó tres minutos más tarde, es decir que en total habrá leído como máximo unos ocho minutos. Si quiere dejamos esto para otro día…
Me sentí muy culpable por haber utilizado la situación para poner nervioso a un joven estudiante con inquietudes a quien se suponía debía ayudar a que aprenda, solo porque yo estaba nervioso. Pero a los abogados la culpa no nos dura demasiado tiempo. El joven me miró sorprendido, pensando por un momento que yo hablaba en serio y dijo:
- No, Profe, estuve toda la noche, y tuve que pedir una autorización especial para eso. Creo que mejor lo hacemos ahora.
- ¡Ahh! Si fue así, entonces sigamos con lo pactado. Bueno, es Ud. quien tiene la palabra. Lo escuchamos.
- Deme dos minutos, por favor, así organizo todo este material que traje para poder fundar mis opiniones.
- Tómese su tiempo, Giuseppe, tómese su tiempo.
El joven comenzó a organizar papeles, libros, y finalmente sacó su computadora portátil del fondo de su mochila. Su MacBook de aluminio recién adquirida representaba un agudo contraste con su facha y con su andrajosa mochila —me había olvidado de que estaba en la UPF—.
- Profe, si no le molesta, voy a usar el cañón para pasar un PowerPoint que nos va a ayudar a ordenar la discusión.
Todas las aulas de la UPF tenían monitores de LCD de 40 pulgadas para poder ver videos, DVDs y documentos en distintos soportes digitales. En 30 segundos, y antes de que yo contestara nada, Giuseppe ya había instalado su computadora para utilizar el cañón.
- Adelante, amigo, adelante…
Entonces comenzó su presentación. Pasó rápidamente la primera diapositiva, se detuvo en la segunda y comenzó a hablar:





- Para empezar, Profe, le pediría que no me interrumpa, que me permita presentar mi punto de vista, y después de eso lo podemos debatir.
- Bue…
- Gracias, Profe, sabía que respetaría mi exposición. En primer término, quiero concederle que, por no haber tenido tiempo para reflexionar, y por no haber tenido un mínimo de información, mucho de las expresiones utilizadas en estas dos afirmaciones de mi opinión de la clase pasada fueron bastante desafortunadas. Sin embargo, creo que la idea central que subyace en ellas es correcta. Veamos:

La primera frase: es posible afirmar que como regla, las figuras penales que se mantienen en el derecho positivo expresan un juicio de disvalor respecto de las conductas que en ellas se describen. Es cierto, también, que siempre encontraremos excepciones que confirman esta regla, pues las valoraciones sociales suelen transformarse más rápidamente que los tipos penales del derecho vigente. En otros casos, se mantienen en el derecho vigente figuras penales que desaprueban comportamientos que, o bien ya no son desaprobados socialmente al grado de proponer que deben ser penados —como sucedía en nuestro derecho con el adulterio—, o bien describen acciones que ya no se realizan —como sucede con los arts. 97 a 103 del Código Penal, con las figuras penales referidas al duelo (1)—.

Sin embargo, no se puede ignorar que del catálogo completo de tipos penales vigentes, la gran mayoría de ellos describen acciones a las que se les atribuyen sanciones represivas por ser consideradas como conductas que afectan gravemente la vida, la integridad física, la libertad o los bienes de terceros, o afectan también gravemente el orden social.

Por supuesto, la legislación penal, como todo el fenómeno jurídico, expresa los niveles de conflicto en una sociedad dada, y el estado de las tensiones y de la posición de fuerzas de los diversos sectores sociales. De allí la existencia de figuras penales que describen acciones punibles que no se castigan con la severidad que se aplica a otras acciones que suelen ser mucho menos lesivas para la coexistencia de las personas en el ámbito social —v. gr., los delitos de funcionario suelen tener penas relativamente benignas en relación con figuras penales que describen comportamientos que pueden ser considerados muchos menos lesivos—; o conductas sumamente graves y lesivas que no se hallan tipificadas —v. gr., el genocidio, los crímenes de guerra, la desaparición forzada de personas—.

Pero estas iniquidades también se hallan presentes en todas las ramas del derecho, no son propias y exclusivas de la legislación penal. Más allá de ello, en el programa normativo plasmado en el proceso de criminalización primaria se deja en claro que delitos tales como el homicidio, las agresiones sexuales, la tortura, y muchos otros, se valoran como hechos de suma gravedad.

La segunda frase: también es cierto que el término “a cualquiera” abarca mucho más de lo que debe. Sin embargo, se podría coincidir en que en la mayoría de los casos, gran parte del catálogo de hechos punibles consiste en acciones que al menos la mayoría de las personas desaprueban. Y si las desaprueban es porque son consideradas como acciones negativas para la convivencia social. Después de todo, en nuestra organización constitucional es el poder más representativo de la voluntad popular quien dicta las normas penales.

Lo que sí me ha llevado a reflexionar es eso de que quienes cometen delitos graves “deben ser apartados de la sociedad”. En eso le concedo la razón, la fórmula del apartamiento no fue muy feliz, y debemos pensar en otra manera de reaccionar frente a la comisión de hechos definidos como delictivos.

Esto nos lleva a la última de nuestras opiniones iniciales. Veámosla ahora, y luego terminamos nuestra exposición con el tema de la “inexistencia del delito”.
- Pero, Giuseppe, no podés hablar todo el tiempo vos, se supone que esto es un debate…
- No, Profe, no es un debate, la consigna que Ud. me dio fue que leyera material sobre el tema para fundar mis puntos de vista. Y esos puntos de vista, según el resumen de lo que Ud. cree que yo dije la clase pasada, los enunció Ud., tal cual están expresados en estas tres diapositivas. Así que, por favor, sea consecuente con sus dichos y permítame terminar mi exposición de acuerdo con las consignas que Ud. mismo me proporcionó.
El pendejo me dejó mudo y boquiabierto y, lo que fue mucho peor, se ganó a todo el público presente, esto es, a todos los demás estudiantes. Mi furia iba por dentro e intenté que no se manifestara en mi rostro. Con el tono más dulce posible, entonces, dije:
- Bueno, se lo concedo. Es necesario, además, porque hasta ahora no ha fundado demasiado…
Giuseppe proyectó entonces la última diapositiva y continuó:




- Volviendo a lo que dijimos antes, se puede afirmar que el derecho vigente refleja la relación de fuerzas de los diversos sectores sociales. Esta relación de fuerzas determina el peso relativo de esos sectores como factores de generación de consensos. Más allá de ello, también es cierto que hay cierto grupo de acciones que, como regla, son percibidas por las grandes mayorías como hechos punibles. Tampoco podemos olvidar el hecho más que importante de que en la actualidad, la comunidad internacional, a través de declaraciones y tratados, también determina en cierta medida los programas político-criminales locales, no solo prohibiendo la tipificación de ciertas conductas —v. gr., el desacato—, sino, además, exigiendo la tipificación de otras —v. gr., desaparición forzada, ciertos actos de violencia de género, los hechos de corrupción—.

Esto no significa que estos consensos sean justos en sí mismos, del mismo modo que los consensos que dan sustento a los programas de otras ramas normativas. Pero lo cierto es que la existencia de este consenso sobre el programa político-criminal del Estado es el que permite que a través de sanciones de carácter represivo se trate de alcanzar dos objetivos: a) evitar la reincidencia de las personas declaradas culpables; y b) emitir un mensaje al resto de los habitantes que ponga de manifiesto el carácter de acción reprochable de la conducta delicitiva en cuestión.

Dejemos de lado, por supuesto, lo de las “personas normales” a las que hicimos referencia en la clase anterior, pero sí pensemos en que un programa político-criminal razonable debería a limitarse a criminalizar los hechos de mayor gravedad que afecten a bienes jurídicos de jerarquía relevante para las personas. En esto, creo, podremos acordar que, al menos en un número no demasiado limitado de supuestos, podríamos llegar a cierto grado de consenso respecto de que acciones tales como matar a otra persona, privarla de su libertad, agredirla sexualmente, para poner solo algunos ejemplos, son acciones graves de las cuales debe ocuparse el derecho penal.
En ese momento Giuseppe hizo una breve pausa, y aproveché para decir:
- Estimado Giuseppe, creo que esta vez ha logrado expresar sus opiniones de manera mucho más organizada, pero ello no significa que las haya fundado…
- No, Profe, habíamos quedado en que no me iba a interrumpir…

- Pero eso…

- No, Ud. lo aceptó expresamente media hora atrás, ¿no es así?
La pregunta fue dirigida por Giuseppe al resto de la clase, y entonces se escucharon varias voces diciendo:
- Si, Profesor, eso es lo que Ud. dijo…

- Si, Giuseppe tiene razón…

- Nuestro compañero tiene razón…
Entonces respondí con un grito:
- Está bien, ¡SILENCIO!... [y ya con un tono de voz normal para una clase] Continúe, amigo, continúe…
Giuseppe mostró, entonces, la segunda diapositiva de su PowerPoint, referida a mi afirmación de que “el delito no existe”.


- En esto tenía Ud. la razón, el “delito” no existe, es solo un convención humana, una decisión política, objetivada en una norma jurídica que debe cumplir ciertos requisitos. Pero el delito “no existe” del mismo modo en que “no existe” la patria potestad, el domicilio constituido, una obligación de dar, etcétera. Es más, ningunos de nosotros es un “sujeto de derechos” hasta que el derecho nos nombra y nos define como tales.

Y en el ámbito específico del derecho penal, es la ley o, más precisamente, la práctica jurídica, la que atribuye la calidad de víctima, la que decide quién es víctima y quién no lo es, la que nos constituye en sujetos con ciertas y determinadas peculiaridades, estatus y facultades. Así, sólo revestimos el carácter de víctima en la medida en que la ley penal nos defina como tales. Antes de que el derecho nos nombre y nos instale frente al otro, no somos víctimas ni el otro es autor.

En este sentido, entonces, su afirmación sobre la “inexistencia” del delito se refiere estrictamente a la circunstancia de que las acciones humanas, sin un filtro normativo, no poseen ninguna característica que las tornen delictivas. Son las decisiones políticas tomadas por los seres humanos las que permiten que un comportamiento determinado pueda ser considerado un hecho punible. Lo único de pone de manifiesto su proposición, en consecuencia, que la sanción represiva y, más allá aún, que la definición de una conducta como delito, es algo no determinado por causas naturales.

Tal afirmación, por ende, no quita ni agrega nada a esta discusión y estoy absolutamente de acuerdo con ella. Antes de terminar, y de cederle la palabra, Profe, me gustaría que me dé su opinión sobre un hecho que fue filmado en video.
- Giuseppe, me parece que te estás extralimitando
- Profe, solo utilizo el mismo método que utilizó Ud., pero en orden inverso. La primera clase, antes de darnos su opinión en un extenso monólogo, nos hizo varias preguntas. Pues bien, yo hice mi extenso monólogo en primer lugar, y ahora solo quiero hacerle una pregunta.

- Bueno, a ver ese video, de qué se trata…

- Aquí lo vemos, es breve e impactante…

- ¡Ven! ¿Ven ahora de qué se trata todo esto?
No entendí qué intentaba demostrar Giuseppe con el video, pero acababa de cometer un terrible error, después de haber manejado y controlado la clase sólidamente, había perdido las riendas.
- Giuseppe, ¿estás seguro de que querés mi opinión?
- Sí, Profe, absolutamente.

- ¿Podés cortarla con lo de “Profe”? Te repito, ¿de verdad querés mi opinión?

- Sí, Profe… eh.. Profesor, quiero su opinión, para eso transmití el video.
- Bueno, el video que acabamos de ver gracias a la atenta cortesía de José…
- Giuseppe…, mi nombre es Giuseppe…
- … de su compañero parlanchín, cualquiera que sea su nombre, pone de manifiesto la irracionalidad, la desmesura y la violencia del sistema represivo. ¿Vieron Uds. cómo el conductor del patrullero frenó después de que atropello al sospechoso y a su propio compañero? Según surge del título del breve video, se trataba de la persecución de un sospechoso de haber robado un banco, esto es, se trataba solo de dinero. ¿Y cómo reacciona el aparato de Estado para proteger ese dinero —sea propio o ajeno—? ¿En nombre de qué se pone en grave peligro la vida de dos seres humanos?

Como bien señaló su compañero, el delito no “existe” antes que el derecho así lo diga. Pero una vez que el derecho ha hablado, el delito sí existe, y genera una reacción desmedida que agrava aún más el conflicto que pretende solucionar. Además, la respuesta represiva, dejando de lado todas y cada unas de las diferencias del extenso catálogo de conductas definidas como delictivas, solo puede ofrecer la misma y única respuesta violenta. ¿Ésta es la manera en que pretendemos regular la convivencia pacífica de los seres humanos? Pues si es así, Don Giuseppe, creo que prefiero lo que predican los abolicionistas. Ud. nos habló de un derecho penal mejor, yo me quedo con algo mejor que el derecho penal.

Bueno, chicos, con esto terminamos la clase. Para la semana próxima lean…
- Profesor, profesor… todavía me faltan dos minutos para exponer mi conclusión…

- ¿Dos minutos? ¿Me prometés que solo te llevará dos minutos?

- Si, Profe, en realidad, un minuto y cuarenta segundos, para ser más precisos.
- Bueno, tenés esos dos minutos y nos vamos de acá, que ya me hiciste doler la cabeza con tanta cháchara.
Giuseppe hizo una pausa de unos pocos segundos, y dijo, antes de comenzar a transmitir el segundo video a sus compañeros:
- ¿Quieren algo mejor que el derecho penal? Aquí lo tienen…

Terminó el video y se hizo un silencio que se escuchaba.
Y entonces sonó el timbre…

To be continued...


El Epílogo (final) aquí

13 comentarios:

Gonzalo Ramirez Cleves dijo...

Muy bueno... por ahora va ganando Giussepe...

Jonathan Pita dijo...

El policía se va un poco al carajo y es cierto que lo único que están persiguiendo es "dinero" y que ni siquiera es suyo... Pero no es menos cierto que lo importante es que se come´tió un delito. Así sea un par de zapatillas lo que estaban persiguiendo... De todas maneras creo que la falla del Estado se ve directamente cuando "cualquier persona" está cometiendo cualquier delito, por pequeño que sea el mismo. Si hubiera éxito en esa fase previa, no habría que llegar a ninguna represión... Funciona en muchos lugares del mundo, por qué será que acá no???

Anónimo dijo...

Amigo Jonathan: creo que hablar de pequeños delitos en una contradicción, o al menos debería serlo. Si son pequeños, nada tiene que hacer el codigo penal y mucho menos su consecuencia logica y preferida: la privación de la libertad.
Actuar frente al delito por pqueño que sea éste, es el razonamiento de la tolerancia 0. Con esa paso..

Berna

Tomás dijo...

Si hay algo que caracteriza al estado, es su eterna impuntualidad. Siempre llega tarde ante los problemas y asigna recursos y energías en el momento equivocado.

Siempre ofrece parches luego de que el agujero ya está hecho. Y si el parche no alcanza, no hay que sellar el agujero; no: hay que comprar parches más grandes, duros y resistentes (penas más grandes, polis con garrotes más duros y posibilidades más amplias de usarlos, etc.)

Qué fenómeno curioso el estado.

ABovino dijo...

Gonzalo: las cosas no siempre son lo que parecen... falta el gran final gran que saldrá esta semana y que está escribiendo el gran amigo Don Martín de Neco.

JP: me parece que no se "va un poco" al carajo, se va al recarajo. Pensá que —a menos en algunos estados— en los EE.UU., el policía no podría ejercer ninguna violencia que vaya más allá de la necesaria para que no se le escape, salvo que se esté defendiendo a sí o a terceros. Y tirarle el auto a partirlo al medio a esa velocidad no solo al sospechoso sino a su propio compañero, es descabellado.

Toda respuesta estatal frente a un supuesto ilícito no solo debe ser necesaria sino que, además, debe ser proporcional.

Por eso es que jamás entendí a esos policías que por detener un robo en un bus urbano sacan su arma y exponen a justos y pecadores al peligro de quedar en el medio de un tiroteo.

Bueno, eso es todo por ahora.

Gracias por sus comentario, Berna incluido. Saludos,

AB

ABovino dijo...

Tomás, no había visto tu comentario. Vos estás más chapita que yo. Abrazo,

AB

Jonathan Pita dijo...

Coincido con vos, Tomás. Yo siempre utilicé el ejemplo del matafuegos (cosa que a los argentinos les viene muy bien)... Acá se fijan si el matafuegos tiene carga cuando ya tienen la casa prendida fuego... nunca hubo prevención ni previsión, pero en TODOS los ámbitos... Por ejemplo, en lugar de estar distraidos asignando plata para encuestadoras cuando fueron las elecciones (hablamos de millones de pesos) o con la gripe cochina, no se está haciendo prevención para el Dengue, que este verano va a venir bastante más jodido que el pasado, puesto que los ya expuestos al virus corren serios riesgos de estarlo nuevamente, lo cual implica un 98% mortalidad. Así estamos, EN TODOS LOS ÁMBITOS.
(Perdón por la analogía y lo del Dengue que nada tienen que ver con este tema que comentamos).

Berna dijo...

el video es muy espectacular, pero...¿la carcel no es peor a que te tiren un auto encima?

Espero el final de Giussepe y que cuentes por qué ya no sos abolicionista si se puede saber, obvio.

ABovino dijo...

Berna:

Esto es una obra de ficción. Yo no creo esas cosas que le hago decir a Giuseppe; tampoco creo lo que dice el profesor.

La verdad es que cuando empezamos a escribir esto sólo había pensado en el final, y que ahora —creemos con Martín, que se sumó en el camino— no será como lo pensé.

Además, no tengo muy en claro qué es lo que pienso. Y como tengo personalidades múltiples, dos de ellas son abolicionistas y las otras dos no...

Saludos,

AB

Gaviota dijo...

Está muy bueno, profesor Bovino. Lástima que no esté de acuerdo (como siempre) ni con Giussepe ni con el profesor.

Quedo pendiente del próximo acto para no emitir opiniones apresuradas. Felicitaciones por la gran idea.

Tomás Marino dijo...

Ab, lo que dije en mi cabeza tenía sentido. Ahora que lo veo, es plenamente omitible.

Aguante Guisseppe y su valentía de ponerle los puntos al profe.

Lo banco un poco eh.(*)

(*) Bueno. Tengo un gremio que defender, viejo. Qué tanto.

ABovino dijo...

Amigos:

Yo tampoco coincido ni con Giuseppe el chicanero (terminar con esos dos videos da para una discusión aparte), ni con el profesor.

Es solo un ejercicio mental, destinado a canalizar quién sabe qué neurosis. Y toda la discusión entre los dos protagonistas se acabó en este acto, en el Epílogo soy hay acción como en una película de Indiana Jones, y está siendo escrito en este momento en Necochea por el amigo Martín.

CONTINUARÁ...

El Tolo dijo...

Yo coincido con Gonzalo, pero no con Jonhatan y no se si con Bovino. Acuerdo con Giuseppe y tambien con el "Profe". Acuerdo con Berna y con Tomas, acuerdo con todos, seamos felices. o mejor voy a esperar a ver como termina la novela. Bovino, avisa asi me hago pochoclos.

Respecto a la tarea del "Estado" voy a ponerme en abogado del diablo, y simplemente decir que estoy de acuerdo en que muchas cosas no se hacen bien, pero tambien habria que admitir que no siempre es simple hacer en el estado y que siempre es mas facil decir que "x" accion no sirve, a intentar proponer algo realizable.
No es nada en particular con Tomas que puso el ejemplo del Estado, simplemente me dio pie para opinar sobre un tema que me interesa.
Igualmente para poner otra metafora en la misma direccion del matafuego, el estado podria ser como un antivirus, que esta todo Ok, pero cuando agarra un virus, chau.
O como los seguros! que te cubren todo menos lo que pasa
o como las prepagas de salud, que te cubren todo menos lo que pasa.


en fin, Dr prof Bovino, ponga el final!

Abrazo!