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3 jun 2019

HISTORIAS DE MI INFANCIA: LA FUGA




    
 La fuga

Dedicado a Gustavo Arballo

I
Yo nací y viví en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Sin embargo, no hice toda la escolaridad primaria y secundaria allí. Cuando estaba en 6º grado mis padres me fletaron para Buenos Aires a estudiar en un colegio como alumno pupilo, y aquí permanecí durante cuatro años, en tres colegios diferentes.

Según el discurso paterno, venía a estudiar aquí para aprender mejor inglés (¿?). Eso no explica por qué mi hermana mayor no vino, mi hermano mayor estuvo solo dos años, igual que mis otras dos hermanas, mientras los últimos dos se salvaron. Sospecho que la circunstancia de que yo fuera muy inquieto cuando era niño tiene algo que ver.

Mi encierro en esas instituciones totales me enseñó a valorar mi libertad. De allí que esos cuatro años me dediqué a escaparme por todos los medios posibles y recuperar momentáneamente mi estado de naturaleza. Empecemos por el final.

Segundo año del secundario lo terminé en el colegio Juan XXIII, en Belgrano. Quedaba sobre la calle Olazábal y lo más grandioso era que el colegio quedaba de un lado de la calle y el internado del otro. En estas condiciones, escabullirse era más fácil que la tabla del 1. Y como quedaba a dos cuadras de Avenida Cabildo, había cines y locales de jueguitos a la vuelta del colegio. Esas tardes eran una fiesta.

Eran tan fiesta que me traerían consecuencias. En el Juan XXIII, en vez de actividades prácticas, manualidades o alguna otra huevada semejante, había una materia de electrónica. En todo el año no tuve la menor idea de qué se trataba. En el primer bimestre había sacado 10 porque un pibe más nerd que yo me había hecho algo que tenía cables y luces que yo no sabía qué era, pero de todos modos presenté. Fui calificado con 10. Después de eso, no me jodieron más.

Como esa materia me embolaba tanto, todos los lunes a la tarde me escapaba a un cine o por ahí y faltaba a esa clase. "Total", pensaba yo, "con un cuatro la apruebo". Por este detalle, en el último bimestre el profesor me puso un ausente y me llevé la materia. Era la primera vez en mi vida que me llevaba una materia. El garrón era que me tenía que quedar quince días más en Buenos Aires hasta rendirla. Además, me iría mal con seguridad, hasta el fin de los tiempos, y todavía la tendría previa...

Cuando me estaba haciendo la idea de quedarme quince días más acá, muerto de calor, el encargado de los pupilos tuvo una genial idea. Habló con el profesor, le hizo un cuento telenovelesco sobre mi situación familiar, y entonces el tipo me clavó un 4, con lo cual aprobé truchamente una materia tan útil para mi futuro... Conclusión: completé 2º año virgen de bochazos y marché para Entre Ríos.


II

¿Y cómo había llegado yo al Juan XXIII? Venía del San Albano, colegio en el cual mi estadía fue efímera. Me habían anotado antes de comenzar las clases para mi segundo año. Me dejaron en el internado el domingo a la tarde. Era un colegio inglés con disciplina casi militar. No podías hablar en castellano, debías hablar todo el tiempo en inglés (aun en el recreo y con tus compañeros). Y si un compañero te escuchaba hablar en castellano, te buchoneaba.

Desde que llegué, todo lo que veía me parecía mal. A otro compañero de apellido italiano (Peroni) y a mí se nos burlaban por ser de ascendencia tana. Casi todos portaban apellidos propios de los nacidos en el Imperio. Y si era el segundo o tercero de una familia llevaba el II, o III, como los reyes y los papas. Se creían nobles los pelotudos. Y a mi compañero tano le cambiaron el apellido, ya que le decían Perón One los guachos...

Al día siguiente, me encontré con un amigo de mi primer colegio, y me pasó toda la información sobre éste en el que había caído. Era todo lo que está mal. Para completarla, a la tarde tuvimos clase de francés, idioma que yo jamás había estudiado. La profesora me retó (y mal) por mi ignorancia, como si yo fuera culpable de algo. No le entraba en la cabeza que alguien no tuviera conocimientos de francés. A mí lo que no me entraba en la cabeza era que una docente tratara así a un estudiante. Pero finalmente me ayudó a tomar una importante decisión. Me fugaría de ese colegio.

Como nadie me conocía pues era el primer día de clase, a las cuatro de la tarde, en vez de ponerme en la fila con los pupilos, me metí en la fila de los externos (los que todos los días se iban a su casa), y salí silbando bajito, con lo cual recuperé mi libertad. No les puedo explicar mi felicidad luego de huir de allí. Esta vez, a diferencia de todas las otras, me escapaba para no volver. Y no volví ni a buscar mis cosas.

Cuando iba en el tren que tomé para ir hasta la casa de mis tutores —unos amigos de mis padres—, prendí un cigarrillo y me puse a fumar. Yo estaba con el uniforme. Se acercó otro alumno del colegio, mayor que yo, y me dijo de mal modo que no fumara estando uniformado. Entonces me saqué el escudito y la corbata y seguí fumando. Me miró como diciendo "mañana te agarro". Me debe estar buscando todavía...

Cuando llegué a la casa de mis tutores, les dije llorando que a ese colegio no volvía más y, contra todos mis pronósticos, atendieron mis razones. Luego de que le comunicaron la "buena nueva" a mis padres, al día siguiente comenzamos a buscar colegio por donde ellos vivían, en Belgrano. Y así fue como caí en el Juan XXIII.




III

¿Y cómo había caído yo en el San Albano? Venía del Colegio Ward, donde había estudiado 6º grado, 7º y primer año. El Ward era un colegio mixto para pupilos y externos, de tradición cristiana protestante, con valores democráticos, donde lo religioso no molestaba en nuestras vidas. Quedaba en Ramos Mejía, y ocupaba un predio de varias hectáreas en el cual se ubicaban sus distintos edificios. Si bien estaba rodeado por rejas, era tan grande que escaparse no era nada complicado.

Los alumnos pupilos ingresábamos los domingos a la tarde/noche y salíamos recién el sábado por la mañana, siempre que no estuviéramos castigados. Era la mañana de un sábado de 1972, yo era alumno de primer año. Estaba ansioso porque recién habían llegado mis padres de Entre Ríos, a quienes no veía desde hacía unos meses. Estábamos a punto de salir cuando nos mandaron a todos los pupilos a sus respectivos cuartos (en nuestro caso, al Pfiffer Hall, el hogar de los secundarios).

Allí nos enteramos de que la salida del sábado había sido suspendida. La suspensión se debía a que alguien —se daba por descontado que se trataba de un N.N. masculino del secundario— le había afanado las llaves al señor “dueño de todas las llaves”, quien iba por la vida con su inmenso llavero colgado en la cintura con las llaves de todas las puertas de entrada y salida del colegio. El Director del Internado, Mr. Schneider, nos dijo que hasta que no aparecieran las llaves, nadie salía.

Harto ya de estar en el único dormitorio que albergaba a todos los pupilos de primer año, me escabullí sin permiso y me fui de visita a los cuartos de los cabecillas de los años superiores. Algunos de ellos me habían "adoptado" como mascota debido a que habían sido compañeros de mi hermano mayor en primer año, único año que él estuvo en el Ward (mientras yo estaba en 6º grado).

Así que ahí estaba yo con estos “amigos” de tercer y cuarto año, escuchándolos con admiración, tratando de absorber tanta sabiduría. Hasta que uno de ellos tuvo una idea maravillosa. Debíamos fugarnos. Sí, fugarnos, a lo preso, sin importar que inmediatamente advertirían nuestra ausencia.

El método elegido debía tener en cuenta el hecho de que nuestros cuartos estaban en el primer piso, y que las ventanas de la planta baja tenían rejas. Así, solo podíamos salir por las ventanas del primer piso, que estaban como a cinco metros de altura del césped al que pretendíamos llegar. De repente, a uno de estos genios se le ocurrió la brillante idea de atar dos sábanas entre sí, y el extremo de una de ellas al respaldo de una de las camas que estaban al lado de la ventana. El largo de las sábanas no llegaba hasta el césped pero sí nos permitiría llegar hasta la ventana enrejada.

Yo, feliz, pensando que iría escoltado por uno de los grandes adelante y otro de los grandes atrás, y que cuidarían especialmente de mí. Pero no, estos buenos amigos usaron a su “mascota” como infante de marina y me convencieron de que bajara primero, porque era más liviano, y otros argumentos pelotudos por el estilo. De lo que se trataba era de experimentar conmigo antes de intentarlo ellos.

Conclusión, bajé solito y despacio colgado de la sábana. Hasta ahí todo bien. Finalmente, pisé con mi pie derecho la parte superior de la reja de la ventana de planta baja. A partir de allí fue pan comido. Con la agilidad de un mono —en ese entonces era ágil, aunque usted no lo crea— seguí bajando agarrándome de las rejas, hasta que soltándome y de un salto, caí con los dos pies sobre el césped al mismo tiempo y sin tener que hacer demasiado esfuerzo.

Corría una leve brisa y yo me sentí inundado por una sensación de libertad indescriptible. Cuando estaba por comenzar a caminar hacia la libertad, fuera del perímetro del Colegio, sentí que alguien me agarraba de la oreja violentamente, sacudiéndome la cabeza al grito de:

—Gggguashhhouuu de miegggda!

¿Y éste que hablaba como un nazi quién era? Alguien a quien yo en tres años de pupilo jamás había visto: Mr. Baumann, el Director General del Colegio Ward. 

Y la puta madre que lo parió.

Finalmente, mi tentativa de fuga me costó tres días de suspensión, con lo cual me enviaron al hotel con mis padres desde ese sábado al mediodía hasta el martes. La pasé mejor que si no hubiera estado castigado.

Ésa no fue ni mi primera ni mi última fuga. Eso sí, fue la más cinematográfica de todas.

Y como ésa no había sido la única suspensión, a fin de año el director del internado, Mr. Schneider, le informó a mi tutor que el año siguiente no sería  bienvenido. Y así fue como caí en el Colegio San Albano.




9 sept 2011

HISTORIAS DEL WARD - EPISODIO 5




Primer año


Año 1972. Ramos Mejía, Gran Buenos Aires. Un colegio con internado para estudiantes pupilos. Se abrieron las puertas del edificio que llevaba por nombre “Pfeiffer Hall”. Se escucharon los pasos desordenados de los jóvenes pupilos de primero a quinto año del secundario que cruzaban el hall de entrada y subían al primer piso por la escalera.


Entre ellos había un estudiante casi niño, de 13 años, flaco, desgarbado, flequillo largo siempre sobre sus ojos. Alfredo era alumno de primer año, y a diferencia de sus compañeros de aula, subía a las zancadas sin temor a mezclarse con los estudiantes mayores que él. Y muchos de esos mayores le pegaban una suave palmada en la cabeza mientras le inventaban algún apodo ocasional.


Alfredo los saludaba con un gesto casi adulto y una gran sonrisa. Al llegar al final de la escalera, encaró para la derecha, uniéndose nuevamente a sus compañeros de aula, mientras todos los demás se dirigían hacia el largo pasillo que estaba a la izquierda.


Los doce pupilos de primer año —entre ellos Alfredo— entraron al galope a su dormitorio común. Parecía el cuarto de un reformatorio. Doce camas, alineadas seis a cada lado de la puerta. La iluminación consistía en dos lámparas que colgaban del techo con austeridad.


El niño que dormía a la derecha de Alfredo le preguntó con curiosidad:


—¿No le tenés miedo a los que no son de primer año?


—No, ¿por qué les tendría miedo?


— … ¿cómo? Porque cada vez que se nos acercan es para torturarnos.


Alfredo dejó de prestarle atención y se concentró en la lectura de “Mi planta de naranja-lima”.


—¿Cómo es que no sabés por qué les tenemos miedo? ¿Y por qué te saludan los grandes?


—insistió el otro niño.


—¡Ah! Porque muchos de ellos fueron compañeros de mi hermano mayor.


—¿Cómo que “fueron”? ¿Dónde está tu hermano?


—Lo echaron hace dos años.


—¿Por?


A esa altura Alfredo ya parecía molesto.


—¿Qué se yo? Hizo muchos méritos, pero creo que era porque nunca entraba a clases y se quedaba en el parque.


Eso calló al curioso y Alfredo volvió a concentrarse en la lectura.


Era la primera semana de clases del año 1972, la primera semana de colegio secundario de Alfredo.

12 mar 2010

HISTORIAS DEL WARD - EPISODIO 3

LA FUGA

Antes de leer este Episodio leer los Episodios 1 y 2 aquí


Cuando hace muchos años decidí estudiar derecho, en una explicación psicológica barata, lo atribuí al hecho de que mi padre detestaba los abogados, porque, según él, nosotros “no poducíamos nada”. Yo le explicaba que nuestro trabajo consistía en servir al próximo, pero nunca me lo creyó.

Algo después, me dí cuenta de que mi elección por la carrera de derecho y, en especial, por la dedicación al derecho penal, tenía que ver, en todo caso, con mi historia de prófugo multirreincidente de instituciones totales; de mi pasión por impugnar los designios de la autoridad; y de mi admiración por un gran héroe de ficción literaria: Perry Mason (aunque años más tarde perdió su calidad de héroe, pues el cojudo solo defendía inocentes, más allá de que seguí admirando su habilidad para litigar).

Pero ahora debemos volver atrás, año 1972, Ramos Mejía, y Bovino, en primer año de secundaria, se hallaba detenido en el Colegio Ward. Era sábado a la mañana, faltaban menos de dos horas para que nos otorgaran la salida transitoria que nos permitiría salir de la jaula hasta el domingo por la noche, y mis padres estaban aquí en Buenos Aires.

Ello significaba que podría explotar la culpa cristiana de mi vieja, lograr que me comprara pelotudeces varias, y que me dejara pedir todos los helados con chocolate caliente que quisiera (charlotte).

Pero la Ley de Murphy se cruzó en mis planes y hubo una especie de toque de queda. Enviaron a todas las mujeres y a los chicos de primaria a dirigirse al Merner Hall, permaneciendo en sus habitaciones; e hicieron lo propio con nosotros, obligándonos a ingresar a nuestros dormitorios ubicados en el Pfiffer Hall.

No sabíamos qué había pasado pero sí sabíamos que la salida del sábado había sido suspendida. Mi normal instinto de resistencia a la opresión empezó a despertar a mi costado siciliano y me sentía como un león malo encerrado en una jaula pequeña.

A los pocos minutos nos enteramos de que la detención masiva de inocentes se debía a que alguien —se daba por descontado que se trataba de un N.N. masculino del secundario— le había afanado las llaves al señor “dueño de todas las llaves”, cuyo título formal no recuerdo, pero que era un viejo que no podía ni caminar por el peso de su inmenso llavero colgado en la cintura con las llaves de las puertas de acceso y salida de todos los edificios del colegio.

El Director del Internado, Mr. Schneider, dijo que hasta que no aparecieran las llaves, nadie salía.

Después de cansarme de putear en mi dormitorio, con mis compañeros de primer año, decidí al menos salir sin permiso de mi cuarto, e ir a visitar a los cabecillas de los años superiores quienes —como ya les expliqué, debido a su antigua relación con mi hermano mayor, el tripitidor—, me habían adoptado como “mascota”.

Así que ahí estaba yo con estos “amigos” de cuarto y quinto año, hablando de cuanta huevada se les ocurría, y yo escuchando con admiración, tratando de absorber tanta sabiduría, como si estuviera frente al Dalai Lama. Hasta que uno de ellos tuvo una idea maravillosa. Debíamos fugarnos. Sí fugarnos, a lo preso, sin importar que luego advertirían nuestra ausencia.

El método elegido debía tener en cuenta el hecho de que los cuartos estaban en el primer piso, y que las ventanas de la planta baja tenían rejas. Ergo, solo podíamos salir por las ventanas del primer piso, que estaban como a cinco metros de altura del césped al que pretendíamos llegar. De repente, a uno de estos genios se le ocurre la brillante idea de atar dos sábanas entre sí, y el extremo de una de ellas al respaldo de una de las camas que estaban al lado de la ventana. El largo de las sábanas no llegaba hasta el césped pero sí nos permitiría legar hasta la ventana enrejada.




Yo, feliz, pensando que iría escoltado por uno de los grandes adelante y otro de los grandes atrás, y que cuidarían especialmente de mí. Pero no, estos buenos amigos usaron a su “mascota” como “infante de marina” y me convencieron de que bajara primero, porque era más liviano, y otros argumentos pelotudos por el estilo.

Conclusión, el prófugo Bovino bajó por la sábana despacio. Hasta ahí todo bien. Parecía un infante entrenado en serio. Finalmente, pisé con mi pie derecho la parte superior de la reja de la ventana del primer piso. A partir de allí fue una bicoca. Con la agilidad de un mono —en ese entonces era ágil, aunque usted no lo crea— seguí bajando agarrándome de las rejas, hasta que soltándome y de un salto, caí con los dos pies sobre el césped al mismo tiempo y sin tener que hacer demasiado esfuerzo.

Corría una leve brisa y yo me sentí inundado por una sensación de libertad indescriptible. Cuando estoy por comenzar a caminar hacia alguno de los lugares que me llevarían a la libertad definitiva, fuera del perímetro del Colegio, siento que alguien me agarra de la oreja violentamente, sacudiéndome la cabeza —como si en mi frente dijera “agítese antes de usar”— al grito de:

- Gggguashhhouuu de miegggda! You will be punished…

¿Y quien era este pelotudo que hablaba como un nazi? Alguien a quien yo en tres años de encierro jamás había visto: Mr. Baumann, el Director General del Colegio Ward. Y la puta madre que lo parió. ¿Qué carajo hacía ese viejo forro, máxima autoridad del Colegio, en ese momento y en ese lugar?

Conclusión: me aplicaron una suspensión. Jamás entendí la pena de suspensión. Esa vez me suspendieron por tres días, con lo cual me enviaron al hotel con mis padres desde ese sábado al mediodía hasta el martes al mediodía. La pasé mejor que si no hubiera cometido mi tentativa de fuga. Después de todo, fuiste un maestro, Mr. Baumann