HISTORIAS DEL WARD - EPISODIOS 1 Y 2

SER PUPILO (EPISODIO 1)






Un niño flaco, desgarbado y de pelo castaño claro largo, caminaba por un gran parque lleno de edificios. Era un domingo de marzo por la tarde. Caminaba solo, mirando para todos lados como ventilador de pie —dirían en su provincia natal—. Un matrimonio de dos viejos que eran amigos de su padre a quienes él jamás había visto y que eran, según dijera su padre, sus “tutores”, lo habían depositado hacía unos minutos en el colegio en el que estaría pupilo por todo ese año escolar.


De lo que él había aprendido de su padre, un “tutor” era un palito que se colocaba con una planta joven para sostenerla, cuando era recién plantada. Ya buscaría en el diccionario cuando pudiera ir a la biblioteca…Pero no nos vayamos del relato… Ese niño era yo, el Tío Alberto.


Tenía 11 años, llegaba al Colegio Ward en calidad de alumno pupilo de 6º grado de la Escuela Primaria, era un niño —medio salvaje, como veremos, pero niño al fin—. Así que a los once años había sido deportado del seno familiar para ingresar en un colegio estadounidense, con la excusa de que “sería bueno para mi futuro” que aprendiera inglés, ya que el Ward era un colegio bilingüe.


Siempre tuve la leve sospecha de que esa historia de “aprender inglés” no era muy sincera. Somo siete hermanos. Ergo, si el aprendizaje del inglés era importante, debería haberlo sido para los siete vástagos de mi italiana familia. Sin embargo, solo cuatro de los siete hermanos estuvimos “pupilos” en colegios de Ciudad de Buenos Aires o Gran Buenos Aires.


Así, mi hermana mayor, Graciela, zafó como una duquesa e hizo todos sus estudios primarios y secundarios en CdelU. Los cuatro hermanos siguientes en orden cronológico, sin embargo, fuimos depositados en diversos internados de esta ciudad. Mi hermano mayor, Próspero, estuvo un año internado en el San Jorge —me niego a decirle “St. George”—, donde fiel a su tradición rotativa solo permaneció un período lectivo. Al año siguiente, al momento de comenzar este relato, él estaba en primer año de secundaria en el Colegio Ward. La siguiente hermana, Liliana, estuvo un año internada en el Santa Hilda. Finalmente, mi hermana menor, Silvina, estuvo uno o dos años en el mismo colegio. Nótese que el máximo tiempo que permanecieron todos mis hermanos fue de dos años. En mi caso, la deportación duró cuatro años.


¿Tanto interés tenían mis padres en que fuera su cuarto niño quien dedicara el doble de tiempo que el resto de sus hermanos al aprendizaje de esa lengua? Sospecho que no. Tengo la leve sospecha de que mi prolongada estadía en esos centros de detención no clandestina que eran los colegios de pupilos se debió al simple hecho de que mi carácter de niño insoportable entre los más mejores de todos los demás insoportables tuvo alguna relación con eso.


Pero regresemos al título: ¿qué es ser pupilo? En verdad, es difícil explicarlo. Ser pupilo consiste, básicamente, en ser enviado a una institución total educativa para continuar o comenzar ciertos estudios. Las notas esenciales que nos definían como “pupilos” y, por ende, nos distinguían de los “externos”, eran las siguientes:


a) Nosotros dormíamos en el Colegio de lunes a sábados;

b) No podíamos abandonar las instalaciones del Colegio en ningún momento;

c) Los “externos” nos miraban como bichos raros —con razón pero sin derecho—;

d) Mirábamos a los “externos” como bichos raros —con razón y con derecho—;

e) Cuando terminaba el cronograma de clases, teníamos una hora de deporte obligatoria todos los días;

f) El compañerismo y la amistad entre los pupilos eran vínculos mucho más fuertes que el de simples compañeros de escuela o colegio; y

g) El nivel de locura era muchísimo más alto entre los pupilos.


Eso es todo por hoy. Buenos días y buena suerte.


Tío Alberto





Mapa del Colegio. ¿Lo mejor?
Con semejante perímetro había mil lugares para escaparse




SER PUPILO, LA HISTORIA OFICIAL (EPISODIO 2)

DISCULPEN ESTE EPISODIO BASTANTE ABURRIDO, PERO DEBEN CONOCER
ESTA HISTORIA PARA COMPRENDER TODAS LAS DEMÁS.


Había pasado un mes desde que me habían internado en el COLEGIO WARD. Según me enteré, el colegio quedaba en Ramos Mejía, lugar al que hasta ahora no sé cómo llegar. Había visto a mi hermanito mayor un par de veces, pues él estaba en primer año de la secundaria.


Organicémoslón… El asunto es así. El Colegio tenía un montón de edificios desparramados por un inmenso parque, cada uno de ellos destinado a alguna función diferente. El MERNER HALL era el edificio donde vivíamos los pupilos de primaria (PB). Compartíamos el edificio con las mujeres de secundaria (primer piso) y con las de primaria (segundo). Los secundarios, como mi hermano, vivían en el PFEIFFER HALL.


Los de primaria teníamos nuestros propios edificios para las clases, al igual que los de la secundaria, con excepción de los de primer año, que por inescrutables razones tenían sus clases en un edificio aparte llamado CASA MADERO, que era perfecto para fumar en los recreos porque estaba al toque de una glorieta cubierta de enredaderas ahumadas, y de la “casita de los pintores”. Nadie sabía por qué la casita se llamaba así —y parece que las generaciones posteriores la usaron para otra cosa, y no para fumar—, porque en la puta vida vimos algún pintor a diez kilómetros a la redonda de la casita.


Nos levantábamos temprano a la mañana, íbamos al comedor a desayunar, y de allí a clases. Pero en el comedor también había una división entre primarios y secundarios, razón por la cual no era fácil comunicarme con mi hermano. Por otra parte, creo que él no tenía demasiado interés en ser visto acompañado de un niño vestido de guardapolvo blanco.


Una vez en clases todo parecía igual a lo de una escuela normal, salvo por las relaciones entre “pupilos” y “externos” —también estaban los medio-pupilos, que a todos los fines eran externos—. Es difícil describir por qué razones a veces nos costaba mucho quebrar el sistema de castas wardense, pero después de algunos meses de conocer y confraternizar con los externos, advertimos que ellos eran casi seres humanos.


Al mediodía de vuelta al comedor a almorzar. A continuación el “recreo largo” hasta que comenzaban las clases de la tarde en inglés. Las clases terminaban a las 4 de la tarde, y de allí al comedor a merendar. Del comedor a la maldita hora de deportes. ¿Se imaginan? ¿A qué sádico se le ocurre obligar a niños y adolescentes a hacer una hora diaria de unos deportes absolutamente embolantes?


Luego a bañarse y cambiarse para ir a estudio. Eso sí que era realmente un embole. Sin importar si teníamos o no que estudiar, nos metían separados por año en un aula, donde teníamos que permanecer en silencio. La clave era el silencio, no importaba qué cuernos hacías mientras no hablaras y parecieras concentrado. Yo me pasaba gran parte del tiempo escribiendo cartas o, lo que era más probable, rompiendo los quinotos. Este encierro silencioso era realmente torturador.


Teminado este calvario, no recuerdo si íbamos directo a cenar al comedor o si pasábamos antes por nuestros cuartos. Una vez cenados, un rato de luz encendida en los cuartos y a la cucha. Esto también era un martirio. A los que, como yo a esa edad, necesitaban leer algo antes de dormir se nos complicaban las cosas. ¿Por qué mierda esa manía de uniformar hasta la hora de apagar la luz? Jamás lo comprenderé.


Releyendo mi rutina, aún no comprendo cómo soportaba tanta falta de libertad. Supongo que porque en mi casa no era tan diferente. Siendo siete hermanos, en casa también había horario para todo. Por otra parte, ésta es la versión oficial de la vida en el Ward. A partir de la próxima entrega comenzaremos con la historia no oficial. Nos vemos…

Tío Alberto

Comentarios

Ines dijo…
Wow, encontre tu blog de pyramid casualidad, lo leí porque mi papa fue pupilo del Ward. Pobrecito que rutina horrorosa. Un embole tortuoso día tras día !!!!