Por Martín de la Canal
Era una noche cerrada y oscura. Mi esposa esperó en el auto y yo bajé a comprar el bendito frasquito. Una joven mujer, dueña o empleada, desconozco el dato, atendía a un hombre mayor, otro esperaba su turno, y dos muchachones de no más de 16 o 17 años aguardaban, también, ser atendidos. Sus aspectos encajaban perfecta y milimétricamente en el estereotipo de lo que comúnmente se conoce como "punga": flacos, desaliñados, sucios, con ropa holgada y zapatillas aparatosas, uno llevaba pelo largo, y ambos con gorros de lana.
El repiqueteo positivista de Lombroso, Garofalo y Ferri, y por qué no, José Ingeniero, retumbaba en mis sienes, aumentando con la proximidad del turno de los dos "altamente sospechosos" individuos.
Llegó el momento en donde quedamos los cuatro solos.
—Chicos, ¿qué necesitan? —preguntó la dama—.
—Atienda primero al señor —respondió escuetamente uno de ellos—.
En este estadio mi mirada teñida de preocupación se transformó en la del cernícalo que avizora su presa en la lejanía del horizonte.
—Pero chicos, estaban ustedes primero, qué necesitan?
Ahora la transformación fue en la voz de la dueña/empleada que se había agudizado notablemente.
—No importa, atienda primero a él —volvió a responder, esta vez con sus manos en el profundo bolsillo de su campera rapera—.
En ese momento, escasos segundos, en los que todos nos cruzamos al unísono las miradas, comenzó la película en mi mente: recordé mis años mozos cuando entrenaba con la selección argentina de TaeKwon-Do de la WTF y estaba hecho una gacela. Ahora, después de más de 15 años de inactividad, me había transformado en una vaca empantanada. Igual confiaba en mis condiciones y entré a merituar las dos posibilidades que se me plantearon: si sacan un cuchillo me haría el héroe y trataría de evitar el inexorable asalto; en cambio, si lo utilizado era un arma de fuego, ya me estaba resignando a entregar mi billetera.
Se acercaron sigilosamente al mostrador. La cara de la dueña/empleada tenía una palidez de tanta magnitud que la tez de la conductora Viviana Canosa se asemejaba a la de una mujer oriunda de Camerún.
Se pararon con firmeza:
—¿Tiene crema para las hemorroides?
—Sí, son 27 pesos.
—Aquí tiene.
—Mucha gracias, hasta luego.
—Gracias.
Se fueron, y la dinámica del paso del tiempo volvió a la normalidad.
—Ayy, que susto me pegué.
—No, no pasa nada, respondí descaradamente.

