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16 jun. 2016

GORDAS Y GORDOS: TRANSPORTADOS PERO MALTRATADOS







Esta nota comenzó en la entrada anterior.

1

La cuestión del tamaño o el sobrepeso en el transporte público también es un gran problema para gordos y gordas. Si vas a tomar un bus de larga distancia, sos obeso, y no entrás en un solo asiento, tendrás que pagar por dos lugares, porque en la clase común no hay asientos más amplios, o bien pagar más caro tu pasaje para ir en un servicio ejecutivo o similar. El asiento del servicio común, exageradamente denominado “semicama” es pequeño y bien incómodo.

1. El avión es otro mundo construido para cualquiera menos para los gordos. Con mis actuales 115 kilos, el viaje en avión puede llegar a ser una tortura. Siempre pido asiento en el pasillo, porque de otro modo —a pesar de que solo mido 1,78— prácticamente no entro, y en ese lugar puedo sacar las piernas para el costado. Si el vuelo va lleno, la llegada a mi asiento le cambia la cara al pasajero vecino.

2. Cuando llego a mi lugar, deposito mi humanidad en el escaso lugar disponible rápidamente. Solo coloco en el compartimento arriba mío la pequeña maleta con la que viajo y me siento. Me molestan mucho esas personas que cuando suben se detienen en medio del pasillo y se dedican a sacarse el abrigo y a acomodar lentamente todos sus bártulos en los compartimentos superiores, con una calma digna de otro momento y lugar, para luego mirar con sorpresa que atrás de ellos se amontonaron quince pasajeros. Como con mi sobrepeso alcanza para que algún pasajero me mire con cara de orto, evito generar antipatías adicionales.

3. Como seguramente el cinturón quedó debajo mío, debo hacer un esfuerzo hurgando con una de mis manos hasta encontrar sus dos partes. Luego cambio la medida de la parte que se puede correr para dejarlo al máximo tamaño, y después a meter la panza hasta lograr que cierre. Mientras tanto, me cuesta respirar por la escasa ventilación de la cabina cuando estamos en tierra.

4. En los asientos de clase turista todavía entro sentado. El problema es que casi no me puedo mover (algo que mi vecino agradecerá mentalmente). El segundo problema es que la mesita del asiento delantero no logra bajar a su posición de uso porque mi panza la detiene, salvo que consiga asiento en la zona de las salidas de emergencia. Y ahí son las azafatas quienes me ponen cara de orto, pero hasta ahora no me han pedido que me cambie de lugar por gordo.

5. En el último viaje en avión me tocó un asiento común, con lo cual la mesita no bajaba. Cuando la azafata pasó con las bebidas, pedí una gaseosa. Me tomé la mísera cantidad que te sirven y le pedí del mejor modo posible que se llevara el vaso vacío. Me contestó de mal modo que ella “no tenía lugar”, que pasaría de vuelta a retirar los vasos. Entonces le mostré que no podía abrir la mesa y le dije que yo tampoco tenía lugar donde dejar el vaso. Finalmente se lo llevó, pero me dio mucha vergüenza tener que hacer esa demostración pública de mis limitaciones.


2

El viaje en la clase turista de un avión puede llegar a ser una tortura para los gordos y una gran molestia para los demás. El límite de sobrepeso que te complica la vida en un avión es el de las personas que no pueden bajar el apoyabrazos y colocarse el cinturón de seguridad, es decir, que no entran en un solo asiento. En esos casos, las aerolíneas suelen exigir que si el avión va lleno, se deban pagar dos pasajes por gordo, a la misma tarifa. Si hay lugar, en cambio, serán reubicados en dos asientos contiguos. Eso es lo que hacen varias aerolíneas estadounidenses que justifican la medida invocando las numerosas quejas que han recibido de los clientes por tener que compartir sus asientos (ver). 

Por supuesto que el pasajero vecino de un gordo que invade su espacio tiene derecho a que ello no suceda. Pero la culpa no es del gordo, es de la compañía aérea. Los asientos de algunos aviones solo miden 43 cms. de ancho, y la distancia entre los asientos de adelante y de atrás es cada vez menor. Las compañías, además, siguen haciendo esfuerzos para colocar más asientos en la cabina para reducir costos.

Los únicos que viajan cómodos en los asientos de turistas son las personas que miden 1,65 metros y pesan 65 kilos. El resto, lo padece (ver).

En el año 2004, cuando Carina Bertolio (34 años) fue a comprar un pasaje para un vuelo de cabotaje en Aerolíneas le ofrecieron un extra sit (asiento extra para quienes no caben en los asientos regulares). Cuando subió al avión advirtió que el apoyabrazos que separaba ambos asientos no se podía levantar, así que no pudo sentarse. La tuvieron parada media hora con el resto de pasajeros sentados, hasta que a su pedido la ubicaron en clase ejecutiva. A la compañía solo le reclamó el precio que había pagado, y denunció el hecho en el Instituto Nacional contra la Discriminación y la Xenofobia (INADI):

"Lo que reclamo ante el Inadi no es una compensación sino que podamos viajar como cualquier otra persona. Lo que remarco es que las aerolíneas pierden de vista lo que es el contrato de transporte. No me están vendiendo una asiento sino el traslado. En nombre de las ganancias o de la economía de gastos cada vez están juntando más las hileras, achican más los asientos y hoy son los gordos, mañana van a ser los altos. Los obesos somos personas, no somos un bulto de equipaje que cuando excede el peso estipulado tiene que abonar un extra", sentenció (ver).


Finalmente, Carina Bertolio obtuvo pronunciamiento a su favor ante el INADI.

La denunciada [Aerolíneas Argentinas] ha cometido una transgresión a la ley 23592. Esto es así porque ha impedido a la Sra. Bertolio disfrutar de los mismos derechos que el resto de los pasajeros, desde el mismo momento en que la denunciante se ve obligada a adquirir un asiento extra para poder trasladarse. No existe razón jurídica que justifique este acto. Una persona debe ser respetada como entidad en su conjunto. Y no medida por su peso, altura, etc.
De esta manera cuando un eventual pasajero se presenta para realizar un viaje es evaluado por la empresa a su antojo a fin de verificar si sus “medidas” se condicen con las del asiento. Y si no tiene recursos para pagar dos pasajes o como sucedió en el caso que nos convoca los asientos no tienen apoyabrazos rebatibles, debe sufrir en público como le ha ocurrido a la denunciante el bochorno de que su caso sea ventilado frente a los presentes en lugar de recibir un trato respetuoso y discreto, como se merece por haber adquirido un servicio que finalmente no le brindan.

El INADI, luego de declarar el hecho como acto discriminatorio “en razón de caracteres físicos” notificó de los hechos a la Subsecretaría de Transporte Aéreo y ofreció a la denunciante “apoyo institucional a través de asesoría letrada” (ver).

3

La clase turista podría contar con una fila de asientos estándares que pudieran convertirse en asientos para personas con sobrepeso que no quepan en aquellos. De este modo podrían cubrirse la necesidad de todos los pasajeros. Bastaría que quien necesite ese lugar así lo declare al comprar su boleto (habría que establecer éste o algún otro método similar).

A quienes el caso de Carina Bertolio no le parezca un caso de discriminación, les recordamos que no es solo el doble del precio lo que está en juego. Se trata de toda la situación que debe vivir la persona con sobrepeso, al trato que recibe del personal de la aerolínea y de los pasajeros, al riesgo de que ni siquiera pagando el doble de la tarifa se le garantice un asiento que le permita viajar en similares condiciones a los demás y sin molestarlos.

Cuando pagamos un pasaje en avión adquirimos el derecho a que nos trasladen de un aeropuerto a otro, no nuestro transporte por kilo. Más allá de ello, si las compañías aéreas no están dispuestas a trasladar a alguien de 122 kilos, por ejemplo, deberían dejarlo en claro antes de vender el pasaje. Nadie pregunta cuánto pesamos en las oficinas de las aerolíneas, ni por teléfono, ni en las páginas web. No es una condición de la compra. Y a pesar de que las personas cada vez somos más pesadas, las compañías siguen viendo de qué manera aumentar la cantidad de asientos en la cabina, reduciendo así el espacio disponible por pasajero (ver). La reducción del tamaño de los asientos no solo afecta a quien no cabe en él, sino también a la gran mayoría de los pasajeros.

No queremos viajar más cómodos que los demás, solo en iguales o similares condiciones. No viajo igual que una persona que pesa la mitad que yo, como, por ejemplo, el “ideal” de pasajero de 65 kilos. No quiero un asiento el doble de grande, pero si sube una persona que no entra en su butaca es porque no hay asientos especiales para personas muy gordas, y el peso promedio del “pasajero ideal” es demasiado bajo. No es posible que algunos equipos deportivos reciban un trato más amigable que un pasajero gordo[1].  

No conocemos disposiciones genéricas referidas a personas con sobrepeso, pero sí existe una norma que prohíbe que personas de más de 120 kilos se sienten en los asientos cercanos a la salida de emergencia por cuestiones de seguridad (ver). Esta circunstancia aparece regularmente en las reglas que las compañías imprimen en los folletos que los pasajeros pueden leer a bordo del avión o al hacer el check-in por internet. Ello significa que las compañías venden los pasajes en los demás asientos ofreciendo una comodidad razonable para esas personas, y en los hechos no es así.


4

—¿Qué hacemos, entonces, con los gordos en los aviones?
—Nada.
—¿Cómo nada? ¿Te volviste loco?
—No, loco ya estaba...
—¿Y los gordos?
—A los gordos dejalos en paz, ¿querés seguir maltratándolos?


El problema no son las personas con sobrepeso, el problema es el trato que reciben de las compañías aéreas y de los demás pasajeros. Lo que habría que determinar, entonces, es cómo hacer para modificar las conductas de quienes los maltratan. En este sentido, determinar si el sobrepeso es consecuencia de una debilidad de carácter, si se trata de una enfermedad o alguna otra opción es una cuestión irrelevante[2].

El problema no es la persona discriminada, sino quien la discrimina. Si no tenemos esto en claro, podemos caer en la lógica del reality “Cuestión de peso” sobre el que nos advierte Diego Tretorola:

Hace un par de años, una productora de Cuestión de peso, cuando todavía no estaba al aire, me llamó para invitarme a participar de ese programa-concurso donde distintas personas compiten para adelgazar. Le pregunté por qué planteaban un programa con esa lógica y una de sus justificaciones fue “porque muchas personas obesas son discriminadas”. Evidentemente me enfurecí, le contesté que me parecía nefasto que traten de “corregir” el “problema” del discriminado, que el problema real era otro, y, cada vez más furioso frente a la falta de pedido de disculpas de la productora, le dije que por qué no hacían un programa para “corregir” a travestis, judíos, putos, negros, tortas, mujeres, etc., porque también son discriminadas/os. La productora, del otro lado de la línea, comenzó a balbucear, me decía que bueno, que sí, que la idea principal era la salud, etc., mil excusas para tratar de tapar la verdadera identidad del programa basada en un ideal de belleza física bastante criminal y reaccionaria (La bestia Po). 

Es evidente que la mano invisible del mercado no sirve para lograr que las compañías aéreas respeten los derechos de todos los pasajeros, sin tratarlos como si fueran ganado en pie.

Lo que se necesita son normas que exijan a las compañías eliminar el maltrato de las personas con sobrepeso y respetar su derecho a utilizar el transporte público en condiciones de igualdad con las demás personas. Si se logra ese objetivo, además, los gordos no afectaremos los derechos de los demás pasajeros.

El problema, entonces, es producto de una cabina para clase turista que solo cuenta con asientos diseñados para un pasajero “ideal” delgado y menudo. Desde hace años existe una pronunciada tendencia al aumento generalizado de las personas con sobrepeso y, al mismo tiempo, las políticas de las compañías aéreas reducen las medidas de los asientos y el espacio disponible para cada pasajero. Hasta que no se utilicen asientos más amplios y algunos lugares especialmente diseñados para personas consideradas “obesas” en los términos de las propias compañías aéreas, se desconocerá el derecho de los gordos a transportarnos en iguales condiciones que el resto de las personas.






[1] Aerolíneas Argentinas no cobra por agregar ciertos equipos deportivos al equipaje que todos tienen permitido despachar (equipo de esquí para nieve o agua, snowboard, equipo de golf, equipo de pesca) (ver). 
[2] La idea de la “falta de voluntad” o “debilidad de carácter” de los gordos es propia de un estereotipo construido desde los prejuicios. La idea del gordo como un individuo “enfermo”, supuestamente superadora de la anterior, es, en primer lugar, discutible y, además, también construida desde los prejuicios por el saber médico.



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