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3 jun. 2016

LA JUSTICIA DE LOS JUECES





La justicia que padecemos




Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.
En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería.
Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca.
Eduardo Galeano, La burocracia/3, 1987.




Nuestra organización judicial y nuestros jueces son algunas de las grandes causas de la imposibilidad de transformar el poder judicial en un servicio de justicia, es decir, en un conjunto de órganos estatales capaces de atender satisfactoriamente los intereses, derechos y necesidades de sus usuarios.

¿Cuál es el buen empleado de mesa de entradas? ¿El que resuelve o deriva correctamente los problemas de los usuarios y de las partes?

No se equivoque. El “mesa de entradas” ejemplar es el que repite mecánicamente “acá siempre se hizo así”; el que sabe responder verbalmente barbaridades que no quedan registradas en el expediente; el que evita que los usuarios y las partes “molesten” a jueces y funcionarios; el que cuida el expediente más que a su propia vida[1]. En síntesis, quien pone la cara para que todos entiendan que el caso y el expediente son “propiedad exclusiva” del tribunal, y que los imputados, las víctimas y los abogados solo pueden intervenir cuando se los autorice y en la medida en que no molesten. Es el escudo que usan los jueces para que las partes no contaminen sus expedientes discutiendo hechos y reclamando derechos.

Esta justicia de los jueces profesionales atornillados a su feudo particular —sus juzgados— con todos sus privilegios, es la que funciona diariamente, y la que en pleno siglo XXI sigue amontonando papeles unidos por ganchos y cuerdas por años y años. Es la justicia para la cual los usuarios y las partes son una molestia. Es la justicia de los jueces que confunden sus privilegios con la independencia judicial. Es la justicia que han hechos los propios jueces. Y creen que eso es “hacer justicia”. Nada más lejos de ello.

A ver si se entiende: el único sentido de que existan los jueces es, precisamente, que existen personas que presentan un conflicto que debe ser resuelto por ellos —y en la aplicación del derecho penal, junto con los jurados—.

Si no hay partes, no hay caso (el término “partes” comprende a los fiscales). El “caso” es un conflicto intersubjetivo, no un montón de papeles que necesitan ser traducidos.

Un proceso respetuoso de los derechos de las personas, si no hay acuerdo entre ellas, solo puede culminar con un enfrentamiento de ambas partes en un juicio público y contradictorio. Quienes definen el caso y llevan a cabo la lucha jurídica son las partes, y los juzgadores solo pueden intervenir en calidad de árbitros. En cualquier juego, el árbitro se limita a verificar el cumplimiento de las reglas, pero jamás le quita la pelota a los jugadores, afirmando que le pertenece...

La lógica del expediente es propia de la justicia donde los protagonistas son los jueces: las fuerzas judiciales con todas sus tropas. Cuando la Inquisición histórica le dio todo el poder de investigar, perseguir y decidir a una sola persona, el juez profesional —representante del monarca—, nació el modelo de justicia que padecemos. El caso será, a partir de aquí, el juez y sus actas. Las partes desaparecieron. Aparecieron los expedientes, el secreto, la racionalidad monárquica. No hay partes, hay súbditos. El caso estará registrado “prolijamente”, siguiendo las reglas del juez, en un montón de papeles que le pertenecen a él y nada más que a él.

Ésta es la justicia que los jueces profesionales crearon y que está vivísima y coleando alrededor de Plaza Lavalle.




[1] Esto no sucede por alguna “maldad intrínseca” de quienes se desempeñan en esa tarea. Sucede porque eso es lo que se les exige si pretenden mantener su trabajo.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Es triste, muy triste, pero es tal cual. Y nada permite pensar que este sistema vaya a cambiar en lo inmediato .

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