24 nov. 2009

DE VUELTA AL CONVENTO... Final - parte 4

CÓMO LLEGAR AL CONVENTO Y NO MORIR EN EL CAMINO...






La Tercera parte aquí 

4:30 AM. Ciudad de Guatemala, Av. Reforma y Novena Calle. Estuve a punto de tirarme en la cama y dejarme desmayar, y que a las 10 AM hablara Montoto sobre la pena de muerte. Afortunadamente apareció mi conciencia y me obligó a preparar un traje, camisa y corbata, para poder llegar a Antigua listo para la charla.


4:33 AM. Puse el despertador como a dos metros de la cama y después sí, hasta llegué a desvestirme antes de desplomarme en la cama como una bolsa de papas.


4:35 AM en adelante… Dormía y soñaba. Soñaba que estaba en una celda y que quería salir, pero nadie me escuchaba ni me veía... solo faltaban el juez y el psiquiátrico para que mi profecía se autorrealizara... Desde la pequeña ventanita enrejada que tenía la mugrosa celda en la que había entrado por mi propia voluntad, se escuchaba la alarma que se le pone a los carros para que los ladrones queden medio sordos...


Había calculado, antes de acostarme, que el viaje hasta Antigua demoraría alrededor de una hora. Así, para salir bañado, trajeado y desayunado tenía que levantarme a las 9 AM.


9:35 AM. En mi sueño, la maldita alarma seguía sonando y… ¡¡¡estaba en un 8º piso, y el parqueo de mi edificio quedaba del lado contrario al de mi departamento!!! ¡No había auto con alarma! Como de costumbre, había incorporado el insoportable sonido del despertador a mi sueño y por ello lo dejé sonar… abro los ojos y veo que el reloj marcaba las 9:35, y ahí me dio un ataque de pánico. Celular no tenía, mi notebook estaba en Antigua, en el convento, y yo no tenía el número de teléfono de la madre superiora.


9:40 AM. Prescindí de pegarme una ducha, y mientras saltaba en una pierna e intentaba ponerme la media en la otra, en dirección a la cocina, me caí como el boludo que era, volví a acordarme de la madre superiora, y asumí mi condición masculina. Sólo las mujeres pueden hacer más de una cosa a la vez, nosotros somos mucho más limitados en ese aspecto.


9:47 AM. Hice “Ooooommmmmm!”, me puse la media, me levanté como si tuviera dos horas antes de salir. El intervalo lúcido me duró treinta segundos, corrí a la cocina, tiré al piso todo lo que encontré camino a la cafetera… y no había ni un filtro de café.


9: 49 AM. No sabía si llorar o ir a Antigua a ahorcar a la madre superiora, conquistar el convento, destrozar todos los relojes y declarar, como primer acto de gobierno laico, el anti-toque de queda: que todas las monjitas entraran y salieran borrachas y a la hora que les diera la gana.


9:50 AM. ¡El taxi! Todavía no pedí el taxi… “¡No pido ni mierda!”, me dije. Bajo, y si no encuentro taxi, le diré a la madre superiora que los designios del Señor son misteriosos, que no sé por qué razón Él no me quería en Antigua.


9:55 AM. Subo a un taxi que manejaba a ritmo local. Primero quedé como un terrible maleducado, pues allí pedir las cosas como las pedimos los argentinos es una tremenda falta de respeto. Después me descubrió y se convenció de que en realidad era un enajenado. Eso fue cuando empecé a gritar que acelere o que recaería sobre ambos la ira divina y, sobre todo, la ira de la madre superiora.


10:35 AM. Llegamos en tiempo record. El taxista aún se está recuperando del pánico que le provocó el viaje y mi locura. Dicen que cuando anda solo por la calle, mira por encima del hombro para asegurarse de que no lo persigue la madre superiora…


10:36 AM. Me tiro del taxi, me olvidé de pagarle a este pobre buen hombre, vuelvo corriendo, le tiro los dos o tres billetes que habíamos pactado, giro de 180 º y vuelta a la carrera. Llegó a la puerta del convento, giro el picaporte, todo esto sin detenerme ni a respirar. Y la madera de la puerta me detuvo, que para eso estaba allí. Empecé a tocar el timbre, la campanita o lo que sea que hacía las veces de timbre.


10:37 AM. Miré al cielo y le dije a Él: “sabés que como no creo en vos nunca te jodo ni te pido nada… pero facilitame alguna!”. Y allí terminó mi monólogo con este Señor.


10:38 AM. Se abre la puerta y me dirijo a mi cuarto como una exhalación. Lo que me detuvo esta vez fue una panza más grande que la mía. ¿A quién me habría chocado? ¡Al mismísimo jefe minuguo, el buen juez Lorenzo! Miré para arriba indignado con Él y Lorenzo me empezó a decir que había estado preocupado, que a dónde andaba, que qué me había pasado, y otras huevadas que no eran asunto de su competencia.


10:38 AM. Sin pensarlo, y extrañando frenos inhibitorios que nunca tuve, conté toda la historia —solo me me ahorré lo del puticlub…—. Lorenzo me miraba, y jamás comprendí su expresión… Hasta que otro amigo uruguayo intervino y quebró el silencio:


- Bovino, no te creo ni una palabra…


- Decime una cosa, ¿vos creés que a esta hora del día me da la cabeza para inventar una historia tan absurda?



THE END



Epílogo. Ese día hice la exposición con lentes negros puestos. Afortunadamente, tenía la charla bien preparada, así que logré darla razonablemente. Eso sí, se me hizo interminable. Y mis amigos minuguos, cual castigo divino, me hicieron muchísimas preguntas que debí contestar.

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