26 jul. 2010

ALFREDO BULLARD SOBRE MATRIMONIO ENTRE PERSONAS DEL MISMO SEXO

Una visión desde el Análisis Económico del Derecho








Agradecemos a Alfredo la remisión de este material. Mañana subiremos otro comentario suyo, est a vez sobre la adopción de niños por parejas del mismo sexo.

Sobre fútbol, Maradona y el matrimonio gay

Por Alfredo Bullard

Según Cipriani, dado que Argentina tuvo un mal equipo de fútbol en el Mundial y Maradona es un mal entrenador, entonces no debemos imitar a los argentinos en aceptar el matrimonio gay (sic). La verdad que es una decisión en la que habría que aportar elementos de juicio más inteligentes que la pobre “performance” de la selección de un país en un mundial. Y de hecho es una decisión más importante de lo que parece a primera vista.


Aceptar el matrimonio entre personas del mismo sexo dice mucho de lo que una sociedad piensa de sí misma. Tiene que ver con la visión que tenemos del concepto de ciudadanía, de nuestra idea de tolerancia, de nuestra visión de libertad. Pero me quiero dedicar en este comentario a algo aparentemente más banal: la visión económica del problema.


La economía nos interesa principalmente porque nos ayuda a identificar qué cosas causan nuestro bienestar. La baja inflación, el crecimiento del PBI, el volumen de nuestras exportaciones, la propia distribución del ingreso, la reducción de la pobreza, son elementos que nos ayudan a saber cuánto bienestar están disfrutando los ciudadanos de un país. En el fondo, como decía Bernard Shaw: “la economía es el arte de sacarle el mayor provecho a la vida”.


Con el tiempo, el paradigma del libre mercado y su correlato jurídico, la libertad de contratación, se han ido abriendo paso como generadores de bienestar y como formas de sacarle provecho a la vida. Pero más allá de la lógica de los números, las fórmulas y los cálculos micro y macroeconómicos, la explicación de por qué los países que liberan sus mercados y generan más contratación les va mejor es relativamente simple.


Si dos personas, libres de coacción y adecuadamente informadas, contratan para obtener cada uno algo del otro, en principio podemos asumir que ambos mejorarán y que nadie más empeorará. O dicho de otra manera: si yo valoro una casa en 1,000 y su propietario en 800, mejoraremos ambos si le compro la casa. Si pactamos a un precio de 850, el propietario ganó 50 (me quedo con 850 en lugar de una casa que valoraba en 800) y yo como comprador gané 150 (adquirí por 850 algo que valoro en 1,000). La sociedad ganó en total 200 (los 150 del comprador, más los 50 que ganó el vendedor). Ello siempre que no existan externalidades, es decir que el acuerdo no genere costos relevantes a personas distintas a las que contratan. Si el contrato no tiene efectos para terceros, es decir nadie se ve afectado por mi compra; entonces, la sociedad está mejor.


Cuando uno consagra la libre contratación, cada uno de estos millones de contratos mejora, por regla general, la situación de los contratantes y no perjudican de manera relevante a nadie. El resultado es que la sociedad se va moviendo hacia un mayor bienestar.


Si uno traslada este mismo concepto de libre contratación a otros ámbitos, puede ver un efecto similar. Si las personas contraen matrimonio libremente es porque asumimos que la esposa y su marido mejoran ambos (al menos eso creen en un inicio) y no hay efectos relevantes para terceros. Confiamos en que su criterio para casarse los conduce a un mayor bienestar y con ello aumenta el bienestar general. Creen que deberes como la fidelidad, el compartir patrimonialmente los costos y beneficios de la convivencia, entre otras razones, los conducen a una mejor situación.


Si la regla funciona para parejas heterosexuales, la pregunta es por qué no funcionaría para parejas homosexuales. No estamos diciendo que el matrimonio es necesario para ser feliz. Solo estamos diciendo que el matrimonio puede ser necesario para que algunas personas (quienes deseen casarse) sean felices (o al menos tengan la oportunidad de buscar lo que ellos consideran su felicidad). Si una pareja de diferente sexo encuentra en vincularse legalmente para el futuro, y generar deberes patrimoniales y no patrimoniales entre ellos, un camino para vivir mejor, entonces no hay razón aparente para impedir que ejerzan esa opción libremente. Entonces, ¿por qué prohibirla a personas del mismo sexo que ven en ese tipo de acuerdos también su posibilidad de realización personal?


Por supuesto, ya algunos estarán pensando que en realidad con el matrimonio homosexual la situación es distinta, porque sí genera externalidades al tener efectos en terceros: todos aquellos que, como a Cipriani, les molesta que los homosexuales se casen. Entonces, como hay externalidades, concluyen que el principio de que el acuerdo voluntario aumenta el bienestar no se cumple.


Pero esa idea es equivocada. En realidad, ese tipo de externalidades son lo que se conocen como externalidades “soft” o “light. Ronald Coase, Premio Nobel de Economía, señaló en su artículo más famoso (El problema del costo social) que en las externalidades, la causa de las mismas solía ser recíproca. Así, si yo me siento al lado de un fumador y me molesta el humo, la externalidad es causada por ambos: por el fumador por fumar, pero también por mí por no moverme a otro lado para alejarme del humo. Si el fumador deja de fumar o yo me muevo, la externalidad desaparece. La pregunta en realidad no es quién causa la externalidad (los homosexuales por casarse o los intolerantes a esa idea por no tolerarlos) porque ambos la causan. La verdadera pregunta es quién puede eliminar la externalidad de manera más sencilla y a un menor costo.


Si dos personas del mismo sexo realmente quieren casarse y ven en ello la posibilidad de realizar su vida, prohibirlo puede ser una frustración de sus aspiraciones. Pero los intolerantes pueden resolver el problema de la externalidad de manera más sencilla: simplemente volviéndose más tolerantes. Como bien dice Guido Calabresi, a veces la ley nos obliga a ser tolerantes con ideas o formas de vida que no nos gustan y nos dice que si algo nos molesta, mejor miremos para otro lado.


Soy sincero: no me gustan las cosas que dice Cipriani. Me parecen torpes, insensibles, poco inteligentes (como su paralelo con el fútbol argentino y Maradona) y muchas veces, aunque suene paradójico para un obispo, inhumanas. Me molesta lo que dice y cómo lo dice. Y me imagino que él pensará lo mismo de lo que digo en esta nota. Pero la libertad de expresión me lleva a que yo deba respetarlo (no en el sentido de considerar valioso lo que dice, sino en el sentido de estar obligado a soportar lo que diga en ejercicio de su libertad).


Gracias a Dios ya no hay Santa Inquisición, con lo que la ley le impone a Cipriani el mismo deber legal y no puede impedirme que diga lo que digo. La ley nos impone ser tolerantes el uno con el otro y nos fuerza, si no nos gusta lo que dice el otro, a “mirar para otro lado”. De hecho, ejerzo ese derecho cuando en las mañanas de los sábados sintonizo por accidente su programa de radio, y en ejercicio de mi libertad, giro el dial para escuchar Radio Doble Nueve que tiene un contenido más interesante para mí. Pero acepto a quienes desean escucharlo. Están en su derecho.


Una sociedad más tolerante es una sociedad que acepta lo que otros consideran su camino para llegar a la felicidad. Negarlo es negar la felicidad ajena, o en todo el caso el derecho a intentar ser felices. La única regla admisible para limitar ese derecho la enunció John Stuart Mill hace ya mucho tiempo: no causar daño a otro. Mientras que lo que haces para ser feliz no me dañe de manera ilegítima, debo respetarlo. Y cuando la intolerancia frustra a otros su camino a la felicidad, el daño lo causa la intolerancia, no la libertad.

5 comentarios:

Ana dijo...

Genial análisis, muy interesante. Todavía no me acostumbro, o no he apreHendido, al análisi económico del derecho, y por más que repase sus razonamientos una y otra vez, aunque los mismos me parecen lógicos, hay algo de Coase que siempre me cayó mal, y lo seguirá haciendo evidentemente.
Sin embargo, la utilidad de este tipo de análisis, en términos de apertura mental, es enorme.
Después de todo, debería repetirme a mí misma que "Es la economía, estúpida", no?
Además, el remate respecto de la tolerancia, si bien uno puede expresarlo con otras palabras, más lejos de la economía y más cerca a los estándares del Derecho, no dejan de ser irreprochablemente lógicos, y un argumento más para esgrimir, frente a la carencia total de argumentos de los que piensan diferente.

Saludos!

Carlitos dijo...

Que sorpresa encontrarlo a Alberto en la fila para entrar en la Rosada!!!!!!

La frialdad de su saludo me da para pensar que todavía piensa que fui yo el que le dejaba mensajes insultantes cuando comparó a Cristina con Susana Gimenez.

Igual me alegró mucho volver a verte Alberto. Che, le dijiste a la presi las mimsas barbaridades que escribiste por acá?

Saludos
Carlitos

ABovino dijo...

Carlitos:

Fijate que yo pensé que la "frialdad" fue tuya, aunque no la consideré tal porque te ví que estabas ocupado y trabajando.

Es bueno que sepas que si fui medio parco se debió a que primero no estaba seguro de que eras vos, y después te repito que no quería interrumpir tu laburo. También para mí fue bueno volver a verte.

Respecto de las barbaridades que dije en esa ocasión, creo que pedí disculpas mientras que quienes me reputearon anónimamente jamás lo hicieron.

Con la presidente no tuve oportunidad de hablar, así que no pude decirle nada ni bueno ni malo.

Respecto de tu sorpresa, no la comprendo. Fui a presenciar un acto de gobierno de gran trascendencia que no fue obra exclusiva de nuestra presidente, sino de mucha gente más, especialmente de muchas organizaciones civiles. Ello no niega que sí me pareció bueno que desde el ejecutivo haya habido un fuerte apoyo para que la ley saliera.

La aplaudí cuando ingresó, y cuando dijo cosas con las que coincidía. Pero no por eso voy a dejar de criticarla cuando considere que la ocasión lo merezca.

Un abrazo,

Bovino

Carlitos dijo...

Estimado Alberto: entiendo que por ahí no me hayas reconocido. La corbata y el micrófono distan bastante de mi imagen de la época universitaria.

Casi que estas hecho un kirchnerista crítico!!!!! Felicitaciones !!!!!

Abrazo compañero

ABovino dijo...

Crítico, sí. Un gran abrazo.