Historias de la Facultad – Episodio 6 (final)

¿Mi última materia?




Antes de leer esta entrada, ver la primera parte aquí.


¿En qué andábamos? ¡Ah! En que estaba cursando la que podría ser mi última materia de abogacía, en que tenía un profesor que era un forro al cuadrado, y en que no había dejado nada por hacer para evitar que me hiciera de goma en el final.


Es curioso eso de la “última materia”. Cuando comienzan los cursos que damos en la Facu —y digo “damos” porque incluyo a Edgardo Salatino, Esteban Chervin, Tamara Tobal, Cristian Penna, Josefina Minatta, Luciana Pierbatistti, Agustín Cavana y Mauro Lopardo— les advertimos a los estudiantes que no nos deben informar que se trata de su “última materia”. En realidad, la expresión es incorrecta, pues solo se puede afirmar eso si se supedita a una condición: aprobar la materia.


El examen


Volviendo a diciembre de 1990. Estamos todos los estudiantes del curso esperando para rendir el examen final con el tirano éste, nuestro profesor de economía. Seríamos unos quince. El cara de muñeco llega, entra al aula sin saludar, se sienta en el escritorio, saca unos papales y toma unas notas. Nosotros no sabíamos si entrar o quedarnos afuera. De repente se escucha:


—Que pase Bovino…


“Cagamos”, pensé, yo no soy el primero en la lista… Puse cara de infante de marina y caminé estoico hasta el asiento frente al escritorio.


—A ver… Dígame qué sabe sobre el “triángulo poblacional”*.


Me puse contento. A ese tema lo tenía reclaro. Empecé a hablar, expliqué ordenadamente las distintas cuestiones sobre el tema, utilicé el pizarrón para hacer unos gráficos que él nos había dado; era como si estuviera dando una clase. Cuando terminé de hablar, me senté y pensé “¡Estoy en el horno!”.


¿Por qué? Porque recordé que ese tema me había costado, y que por ese motivo, una de las últimas clases falté para quedarme en casa a estudiarlo, hasta que finalmente, después de mucho esfuerzo, lo entendí acabadamente. Recuerdo que luego, la primera vez que nos reunimos con una compañera a prepararnos para el final, le conté feliz que por fin había entendido ese maldito tema. Y ella me dijo:


—Pero Alberto, ¿para que lo estudiaste? Si el tirano dijo en la anteúltima clase que no nos preocupemos con ese tema que no lo iba a tomar en el final… ¡Ah! Fue a esa clase a la que vos faltaste, y me olvidé de decírtelo…


El enfermo éste siguió preguntándome sobre todos los temas del programa. Contesté correctamente todas y cada una de las preguntas. Después de todo, de algo me había servido haber estudiado micro y macroeconomía en Económicas. Me torturó una media hora más y me hizo salir.


La espera


Yo había dado examen como a las dos de la tarde. Eran las ocho y le estaba tomando al último de los estudiantes que se había animado a dar examen. A mi juicio, el examen era una masacre. A ninguno le tomó el tema del “triángulo poblacional”, ni le hizo preguntas muy difíciles. El problema es que casi ninguno de mis compañeros entendía mucho de qué hablaba, porque este imbécil había sido un pésimo docente.


Supuestamente, mi compañera también se recibía si aprobaba. Era de una ciudad de provincia de Buenos Aires, y la familia había ido a verla dar su “último examen”. Cuando salió de rendir, salió contenta, convencida de que le había dio muy bien. A mí se me retorcían las tripas y no me salía decirle que, a mi juicio, la había desaprobado. De eso estaba seguro.


También estuve seguro, durante la interminable espera, de que yo había aprobado. Sin embargo, con el transcurso de las horas me daban ataques paranoicos y terminaba convencido de que este miserable me iba a clavar un dos. Total, ¿cómo iba a probar yo que no podía calificarme con un dos?


Salió el último estudiante. El economista pidió de mal modo, como era su costumbre, que saliéramos todos y cerremos la puerta. Esperamos ansiosos unos minutos, hasta que se abrió la puerta y este insano salió.


Para nuestra sorpresa, no dijo ni una palabra, nos ignoró y caminó rápido en dirección a Bedelía. Todos lo seguíamos en silencio, hasta que yo comencé a implorarle


—Profesor, por favor dénos las notas… Solo le llevará dos minutos. Muchos de los que rindieron podrían recibirse con esta materia…


El tipo nada, inmutable, caminaba rápido con la mirada fija hacia delante como si nosotros no existiéramos. Parecía ciego y sordo, pero en realidad era solo un reverendo hijo de puta. Entró a Bedelía, dejó las notas y desapareció. A esta altura, no pensaba que me podía haber desaprobado, estaba seguro.


Las notas


Cuando se fue, entramos a Bedelía y como ese día no podíamos tener más mala leche, solo vemos a la empleada de Gasalla. Para quienes hayan visto ese personaje en la tele, esa vieja de mierda existe (o existió), y trabajaba en Bedelía en esos años. En realidad, no era la misma vieja; era la hermana melliza, y la más mala de las dos. Le pedimos las notas.


—¡¡¡¡YO NO SOY EL BEDEL!!!!!! ¿¿¿¿ME VIERON CARA DE BEDEL?????



—Pero señora, entiéndanos… hace horas que esperamos la nota, y el profesor se fue sin decir una sola palabra…


—¡¡¡¡Y AMÍ QUÉ ME IMPORTA!!!! ¡¡¡¡YO NO SOY EL BEDEL!!!!


Esta vez bajé la voz, porque tenía miedo de que la vieja estuviera poseída por el demonio.


—Señora, algunos nos podemos recibir…


—¡¡¡¡YO NO SOY EL BEDEL!!!!


Y de vuelta, mis frenos inhibitorios me jugaron una mala pasada…


—Mirá vieja de mierda, eso nos quedó claro, ¿por qué no te vas a la concha de tu madre?


Mis compañeros me sacaron de bedelía a los empujones. Todos estábamos ahí afuera esperando desconcertados, y el maldito bedel no aparecía. Harto de esperar, volví a entrar a Bedelía.


—Señora, discúlpeme, si la insulté fue por bla, bla, bla… ¿no nos podría dar las notas?


—¡¡¡¡YO NO SOY EL BEDEL!!!!!...


—Pero andate a la recontraputa madre que te parió, vieja chota, malparida…


Mis compañeros volvieron a sacarme a empujones. Al rato llego el ganso del bedel, y leyó las notas.


—Andrade, ausente; Amelano, dos; Benítez, uno; Bovino, seis…


Ya no escuché más nada. Después de eso no recuerdo mucho. Sí recuerdo que a mi pobre compañera de estudio la desaprobó. Después de algún tiempo, salí de la Facu, bajé las escaleras y tomé un taxi. La tensión y la angustia sufridas toda esa larga jornada me hizo largarme a llorar de modo incontenible. El taxista se dio vuelta y me dijo:


—¿Qué pasó? ¿Lo bocharon?


—No, no… me recibí…


˛¿Y entonces por qué llora?



* El tema es inexistente, solo recuerdo que era un tema de demografía.

Comentarios

Anónimo dijo…
le cambió la visión que tenia del profesor la nota que le puso? es decir, siendo oral y con la bronca que se tenian podría haberlo bochado y sin embargo la nota fue justa, digamos que la intención la tuvo, ya que, le tomó un tema que dijo que no iba a tomar.A veces pasa en la facultad que el profesor "buena onda" a la hora de evaluar los termina garcando a todos y el mala onda termina siendo el mas justo.
Recuerdo a ver visto el tema de la pirámide poblacional en análisis económico.
Saludos!
RAZ dijo…
AB que buen final para la historia, me hiciste emocionar jeje.

No tenía idea que antes en la UBA los profesores entregaban las notas de un examen oral después de haber tomado a todos.

Agustín,-
ABovino dijo…
Estimado amigo:

No, no me cambió nada, me la confirmó. La nota no fue justa porque merecía más nota. En Ciencias Económicas aprobé las dos economías con diez. Más si tenemos en cuenta que me tomó un tema que dijo que no tomaría.

Pero la nota y el hecho de que me podía "haber bochado" no lo hace justo. También me podría haber matado, y no lo hizo.

Ese tipo abusó de su poder, no enseñó nada a nadie, nos insultó todo un cuatrimestre, nos faltó el respeto de una manera inimaginable al retirarse del modo en que lo hizo.

Pero lo más importantes es que no se hizo cargo de su responsabilidad como docente. En un curso en el que desaprueba más del 30/40 %, el gran responsable del fracaso es el docente.

Saludos, AB

PS: si sueno enojado, no es con vos, es con este tipo.
ABovino dijo…
Agustín: esto lo hizo este tipo, no era siempre así. Gracias, AB
anateresa dijo…
Y cuántos años más tuvieron a ese ente como profesor? pienso como tú, que te puso la peor nota posible.. no ejercían los alumnos el derecho a tacha?
ABovino dijo…
No sé, no era profesor de planta de nuestra Facultad, era de Ciencias Económicas (aquí no hay campus en la UBA y cada Facultad opera de modo casi autónomo).

Yo recuerdo que fui el único que les propuso a mis compañeros de hacer algo, pero como no se pusieron de acuerdo ,l después de como media hora, me fui, a pesar de que ellos habían sido desaprobados.

La nota realmente no me importaba, lo terrible fue el maltrato, coronado por esta señora que sacó todas mis lisuras al exterior... Cuando el bedel terminó de dar las notas la vieja me preguntó cómo era mi nombre y apellido, y yo le dije:

"Yo soy el ausente".

SALUDOS,

AB
Anónimo dijo…
igualmente siempre puede ser peor! lamentablemente esa espécimen de profesores sigue existiendo. saludos!
Anónimo dijo…
Es un historia que me llega porque fue similar a la de mi viejo. La diferencia es que él se recibió de Contador Público en 1969 en La Plata y se volvíó a Neco a dedo. Cuando un camionero lo levanta, solo, en el medio de la ruta, se larga a llorar y se produjo el mismo diálogo.-
Abrazo
Martín de Neco
Miguel dijo…
Muy buena historia, Alberto. ¿No pensaste en sacar un libro en Editores del Puerto: "Historias de la Facultad"? Sería algo autobiográfico jaja.

Saludos.
Paz dijo…
Jajajaja me haces reir mucho!. Me paso de encontrarme en un examen oral con alguien asi y es lo peor, me saqué bastante pq el me gritaba pero no fui tan cojuda como para mandarle la puteada que tuvo que recibir la mujer de bedelía jajaj, un besoo!