Asistencia Social Pro.

Por Maxi Flammá


I. Más Contras que PROs.

Según dan cuenta las últimas noticias, funcionario porteños del Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, de la Subsecretaría de Fortalecimiento Familiar y Comunitario y de la Dirección General de Asistencia Inmediata denunciaron penalmente por el delito de abandono de personas a padres de ocho familias en situación de calle, por exponer a sus hijos menores al frío polar y negarse a que los socorrieran.

La historia habría comenzado la madrugada del 19 de julio pasado, cuando un letrado en representación del Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de la Ciudad, denunció en una comisaría a los padres de dos menores que viven con ambos en la calle, debajo de la Autopista 25 de Mayo. Media hora después, lo imitaba el subsecretario de Fortalecimiento Familiar y Comunitario, José Luis Acevedo, acusaba a la misma pareja integrada por un cartonero y una mujer indocumentada, de 51 y 40 años, respectivamente, instando a la acción penal contra ellos. Sus hijos tienen 10 años y 10 meses.

Por suerte parece haber primado la coherencia, ya que la fiscal que intervino, Claudia Barcia, no dio curso a la denuncia porque el hecho no constituía delito ya que, “las personas sindicadas como autoras se encontraban en situación de extrema vulnerabilidad”.

Por su parte los diputados nacionales Liliana Parada y Claudio Lozano denunciaron a Mauricio Macri, a su ministra de Desarrollo Social, María Eugenia Vidal y también a integrantes del Consejo de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, al responsabilizarlos de los delitos de incumplimiento de los deberes de funcionario público y abuso de autoridad.

Tomados a la ligera los hechos pueden confundirnos y por un momento hacernos dudar de cuál sería el camino mas acertado. Y ya que por estos días venimos aquí recordando al maestro Nils Christie, que mejor que un poquito de su obra para aclararnos.


II. “El hombre en el parque” (Nils, Christie. Fragmento de “Una sensata cantidad de delito” 1° ed. Buenos Aires: Editores del Puerto, 2004. Pág. 10.)

El ámbito donde tiene lugar el siguiente relato es un pequeño parque rodeado por edificios de departamentos. Es junio, el mes de la celebración de la luz, el sol, y el comienzo del verano en el norte. Es domingo antes del mediodía, "hora de ir a misa", según el viejo modo de referirse a las horas más tranquilas de la semana.
En algunos balcones que dan al parque, la gente disfruta de desayunos tardíos, o está leyendo o descansando.
Un hombre llega al parque. Arrastra bolsas de plástico y se sienta entre ellas. Las bolsas contienen botellas de cerveza. El hombre abre una botella, dos, varias, habla un rato solo, luego con algunos niños que juegan a su alrededor. Habla y canta, para disfrute de su audiencia.
Después de un tiempo, el hombre se levanta, camina hacia unos arbustos y se desabrocha la bragueta del pantalón. Varios niños lo siguen. Aquí necesitamos dos edificios de departamentos, no uno, para desarrollar este punto. Los dos edificios que dan al parque son exactamente ¡guales, construidos en base al mismo plan. Pero sus historias no son las mismas. Uno de los edificios fue construido de manera moderna, por una empresa constructora profesional. Todo estaba listo cuando los ocupantes se mudaron, totalmente terminado, con llave en mano, y con un eficiente ascensor desde el garaje hasta el último piso. Llamemos a este edificio la casa de la perfección.
El otro edificio tiene una historia más turbulenta. El constructor había quebrado, no quedaba más dinero. Sin ascensor que funcionara, sin puertas de entrada en los pasillos, sin cocinas instaladas; en conjunto una situación desesperante.
Los futuros propietarios -que habían pagado antes de la quiebra- se vieron forzados a remediar los peores defectos; se realizaron acciones conjuntas para reparar puertas, techos, pisos defectuosos,
y asfaltar el camino de entrada. Se creó un comité de crisis para demandar al constructor. Fue un trabajo pesado y requirió de sociabilidad. Llamemos a este edificio la casa de la turbulencia.
Volvamos ahora al hombre del parque.
El hombre, medio oculto entre los arbustos, rodeado de niños, desabrochando los botones de su pantalón, es una situación abierta a interpretaciones sumamente divergentes. En la casa de la turbulencia la situación es clara. El hombre en los arbustos es Pedro, el hijo de Ana. Tuvo un accidente cuando niño, su comportamiento es algo extraño, pero es tan amable como los días de verano son largos en el norte. Cuando bebe demasiado, simplemente, hay que llamar a su familia y alguien viene para llevarlo a su casa. En la casa de la perfección la situación es diferente. Nadie lo conoce. Un hombre extraño rodeado de niños expone su pene. Los decentes espectadores de los balcones corren al teléfono para llamar a la policía.
Un caso de exhibiciones obscenas fue denunciado, un serio hecho de abuso sexual probablemente prevenido.
¿Qué más podían hacer los buenos vecinos de la casa de la perfección, disminuidos como estaban por la modernidad? Su constructor no había quebrado. Ellos no se habían visto obligados a
cooperar entre vecinos. No se vieron en la necesidad de prestarse herramientas, de cuidar de los niños de los vecinos mientras otros asfaltaban el camino de entrada, ni de encontrarse en interminables sesiones para ver cómo no perder todavía más con la quiebra.
No se vieron obligados a conocerse, a crear un sistema de cooperación y de información compartida. De esta forma, Pedro y Ana no eran conocidos en este edificio como sí lo eran en el otro. Sus habitantes, como ciudadanos precavidos, tenían una sola alternativa, llamar a la policía. Pedro se volvió un delincuente potencial debido a la ausencia de bancarrota en la casa de la perfección mientras en la casa de la turbulencia hubiera sido devuelto a casa de su madre. O dicho de modo general: en casos como éste, una cantidad limitada de conocimiento dentro de un sistema social nos lleva a la posibilidad de darle a un acto el significado de delito.
Esto tiene consecuencias para la percepción sobre qué es delito y quiénes delincuentes. En sistemas sociales con mucha comunicación interna obtendríamos más información sobre la gente que nos rodea. Entre gente desconocida, los funcionarios oficiales se convierten en la única alternativa de control. Pero algunas categorías de tales funcionarios generan delito por su mera existencia. La institución penal está en una situación análoga a la del rey Midas.
Todo lo que él tocaba se convertía en oro, y, como todos sabemos, murió de hambre. Mucho de lo que la policía toca y todo lo que la prisión toca, se convierte en delitos y delincuentes, y se desvanecen las interpretaciones alternativas de actos y actores.
En este tipo de sociedad, nuestras propias actividades tendientes a la supervivencia pueden estar ligeramente fuera de la zona legalmente aceptada. Una amplia red también aumentará las posibilidades que de vez en cuando nos crucemos con personas definidas por las autoridades como delincuentes.
Con esto volvemos a mi tema principal: los actos no son, se construyen; la gente no es, se hace. Una amplia red social con lazos en todas direcciones crea por lo menos incerteza sobre qué es delito y también sobre quiénes son delincuentes.
Los vecinos de la casa de la perfección vivían una vida moderna, en casas donde estaban aislados de sus vecinos. Eso significaba que también estaban aislados de la información sobre cuestiones locales. Esta falta de información los forzaba a llamar a la policía.
El caso se transformó en un caso criminal porque estos vecinos conocían demasiado poco.

III. Si no puedes contra ellos, denúncialos!

¿Qué solución imaginaron encontrar estos funcionarios a través de la denuncia penal?

¿Quizás con sus padres privados de su libertad esos niños verían mejorada su situación actual?

Conforme señala la nota periodística Parada y Lozano argumentaron en su denuncia que los paradores, “son espacios en los que es difícil obtener una cama, donde muchas veces se hacen largas colas para entrar y donde es común en invierno que no haya plazas disponibles y que, salvo uno de ellos donde no es fácil el ingreso, las familias son separadas porque no son mixtos. Además, para ingresar deben abandonar el lugar que obtuvieron en la calle y las pertenencias, con el riesgo de perderlo todo”.

Según el propio gobierno de la Ciudad Autónoma informa, los paradores son lugares de estadía provisoria para pernoctar en casos de emergencia. Salir de un refugio debajo de una Autopista quizás represente perder para siempre un techo, algunas chapas que improvisan una pared, un colchón y algunas mantas. Nada, o todo según desde donde se lo mire.

Apelar al derecho penal como forma de solucionar determinados conflictos sociales, no es nuevo. Quizás lo novedoso aquí, y al mismo tiempo alarmante sea que quienes recurran a este poco efectivo remedio sean funcionarios públicos cuya misión es justamente implementar políticas alternativas, distintas a la simple criminalización, no solo poco efectiva, repetimos, sino intensificadora de eso conflictos.

Como nos muestra Christie en este fragmento que acabamos de citar, nuestra percepción de una conducta como delito o no, dependerá de la información con que contemos, del conocimiento que tengamos de las circunstancias concomitantes que la rodean.

Marginados, excluidos definitivamente de un lugar en la sociedad que lo rodea, sin más contención que la del hormigón, el tiempo pasa lento, adormecido, aunque el zumbido de los neumáticos marque el ritmo de otra vida, que pasa por arriba.

Pero abajo frío mata, y por eso un día desde esa otra vida llegan al rescate, como en el “Caso de los Exploradores de Cavernas” de Fuller, a imponer su ley, para la cual permanecer en ese lugar (el mejor lugar conseguido) para conservarlo, tratando de sobrevivir junto a la familia, y retener las escasas pertenencias, se llama “abandono de persona”.

Agrega Nils Christie en otro pasaje de su libro:

El delito es un recurso ilimitado. Los actos con la potencialidad de ser vistos como delictivos son como un recurso natural ilimitado. Podemos tomar una pequeña porción de ellos para calificarlos
como delito, o una grande. Los actos no son, se construyen, sus significados son creados al tiempo que suceden. Clasificar y evaluar son actividades centrales para los seres humanos. El mundo viene a nosotros al tiempo que lo constituimos. El delito es por lo tanto un producto cultural, social y mental. Para todos los actos, incluidos aquellos vistos como no deseados, hay docenas de posibles alternativas de comprensión: maldad, locura, perversión, deshonra, desborde juvenil, heroísmo político, o delito. Los "mismos" actos pueden por lo tanto encontrarse dentro de varios sistemas paralelos como el judicial, el psiquiátrico, el pedagógico y el teológico.


Aguardamos esperanzados que estos funcionarios algún día se muden a "la casa de la turbulencia". Quizás desde allí puedan ver menos delitos, y más situacaiones de las que tienen la obligación de hacerse cargo.

Comentarios

Negrucha dijo…
¡Que tristeza!
Negrucha dijo…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ABovino dijo…
Maravillosa manera de hacer crítica. Muy bueno, Flammá.