te lo advertimos...

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21 feb. 2010

HISTORIAS DE UN ABOGADO - EPISODIO 2.2

LO QUE NO HAY QUE HACER CUANDO NOS GANA LA INJUSTICIA

Dedicado a las señoras juezas Ana María Careaga, Adriana Gallo y Silvia Maluf




Parte dos. Para entender algo leer antes la primera parte de este episodio.



No me pregunten cómo zafé de la preguntona, seguramente por la funcionaria que mucho no debía querer al Adolfo. La cuestión es que gracias al tarado del supremo provincial que me aconsejó pedir un nuevo DNI, salí con un comprobante que parecía un vale por un envase de cerveza. Si el juez hubiera sido consecuente, no debería haberme permitido matricularme con ese papelucho, pues tampoco era el DNI mencionado en la ley. Pero bueno, a pesar de todo lo que me decían los locales, no terminaba de creer cómo funcionaban las cosas en el reino del Adolfo hasta que me chocaba con ellas. Lo que no se puede negar es que los oficialistas de allá tenían una imaginación sin límites para hacer maldades.


Después de haber jurado y firmado, el miembro del Superior Tribunal me dio mi credencial. La matrícula la daba ese tribunal adolfo-dependiente pues se habían abolido los Colegios de Abogados, a pesar de que su existencia constituía una obligación constitucional[1].


A la mañana siguiente empezó lo que yo creía que sería un juicio. Presidía mi querido amigo Sergnese, presidente del Superior Tribunal por segundo año consecutivo, dejando de lado el pequeño detalle de que existía una regla constitucional que prohibía expresamente la reelección del presidente. Como los adolfistas son prolijitos y respetuosos de la ley, se dictaron alrededor de siete leyes —todas contrarias a la Constitución— para lograr un Jurado de Enjuiciamiento bien obediente.


El amigo Sergnese, antes de presidir el Superior Tribunal, había sido apoderado personal del Adolfo, apoderado del Partido Justicialista, y alguna que otra cosa más, ninguna de ellas relacionadas con la función judicial. Vivía en una casa muy bonita. Muy cerca de ella había uno de esos “puentes” para que los peatones crucen rutas y avenidas sin peligro de ser embestidos por algún vehículo. Algún funcionario chispudo se le había ocurrido pintar la frase “A San Luis la construímos entre todos” ocupando todo el ancho del puente. Y algún resentido y envidioso había escrito del lado contrario, en el mismo tamaño, “Y a la casa de Sergnese también”.


El juicio comenzó el 9 de diciembre de 1998 y terminó el 11 del mismo mes. Fueron tres días donde el tribunal no resolvió ni un solo planteo a nuestro favor, a pesar de que cada impugnación se vinculaba con groseras violaciones a las garantías judiciales del artículo 18 de la Constitución Nacional y al artículo 8 de la Convención Americana.


Debo reconocer que el presidente del Jurado, mi amigo Sergnese, era un tipo muy inteligente y sabía conducir una audiencia. Fuera de ello, estaba más que claro para todos por qué razón se le había extendido la presidencia del Superior Tribunal más allá del límite constitucional: había que aplastar cualquier atisbo de independencia del poder judicial. Y Ana María Careaga fue una jueza con todas las letras que removió todos mis prejuicios, fue una jueza independiente.


No es que tenga ganas de hacerme el simpático con quien desconoció todos y cada uno de los derechos fundamentales de una señora jueza independiente sometida a una persecución política. Pero años más tarde defendería a otra jueza independiente. Años más tarde tendría que defender a la señora jueza Silvia Maluf ante otro jurado de enjuiciamiento integrado a la carta especialmente contra ella. En esa oportunidad, presidiría José Guillermo Catalfamo, a quien bien podrían haber apodado “el ingeniero”, porque de derecho, no sabía ni mierda.


Pero volvamos a lo nuestro. Terminado el juicio, Ana María Careaga confirmó mis temores con una sutileza similar a la mía. Al despedirnos a Gastón Chillier y a mí, me dijo:


- Estuviste bien, Alberto; la verdad, tanto mi padre como yo no dábamos ni un peso por vos.


Siempre estaré agradecido por tu brutal elogio, Ana María.


Algunos días más tarde, regresé a San Luis, esta vez sin Gastón, y tuve una experiencia crudamente inolvidable. Se leyó durante varias horas la sentencia que destituyó a Ana María. No sé cuánto más que yo lo habrá sufrido Ana María, pero si bien yo ya sabía que la injusticia existía en nuestro país, jamás ví tanta obscenidad para jactarse de ella como en esa sala de audiencias.


La lectura se me hizo eterna. La furia me aumentaba a medida en que tenía que escuchar una arbitrariedad tras otra. Jamás pensamos que existía alguna posibilidad de que se hiciera justicia y se absolviera a la jueza. Pero tampoco pude imaginar que sería posible animarse a resolver de esa manera. No solo fue un acto contrario a derecho, fue una cruel manifestación de impunidad y poder.


Mientras se leía la decisión final de la comisión especial formada para destituir a Ana María —y, unos días antes, a la señora jueza Adriana Gallo, otra señora jueza independiente, que fue defendida, también infructuosamente, por Luis Moreno Ocampo—, una diputada nacional que había asistido a la audiencia en apoyo de mi defendida me hacía señas continuamente. ¿Qué señas me hacía? Moviendo su mano derecha, me decía que sacara a Ana María de la sala de audiencias, temiendo seriamente que la detuvieran en ese mismo acto. No recuerdo si consulté a Ana María o no, pero no me pareció razonable hacerlo. Pensándolo nuevamente, debí hacerlo. Lo que escuché no fue una sentencia, y ese grupo de matones no era un jurado de enjuiciamiento.


Terminada la lectura de la sentencia, por unos segundos el silencio aturdía. No recuerdo en qué dirección miraba yo en ese momento, pero no era hacia el público, ubicado a mi derecha. De repente, se escucha que alguien comienza a aplaudir. Clap… clap…clap. Pensé:


- ¿El que aplaude se volvió loco o le habrán pagado para que lo haga?


Miré hacia mi derecha y ví a un señor mayor que yo, alto, que aplaudía solitario. Sus aplausos comenzaron a acelerarse, y advertí que no era un loco, era el padre de Ana María. Igual que su hija, no se acobardó frente al poder.


Sus aplausos desencadenaron un abucheo generalizado y la gran mayoría de los asistentes pudo liberarse de la furia contenida. Sergnese intentó imponer el orden pero esta vez perdió el control, los verdugos tuvieron que salir casi corriendo de la sala de audiencias.


Salí rápidamente detrás de Ana María, y al cruzar la puerta de la sala, una periodista de un medio nacional me preguntó qué opinaba de la decisión.


- ¿Y qué te parece que voy a opinar, pelotuda… pensé. Ella no era culpable de nada, así que mi pensamiento me hizo sentir culpable a mí.


No sé cómo había logrado permanecer callado cuando el público hizo salir a las puteadas a los miembros del jurado. No podía embarrarla ahora. Logré decir algo así como que estaba demasiado consternado como para opinar en ese momento. Y se me notaba en la cara.


Traté de huir del lugar pero debí esperar a Ana María, quien estaba siendo entrevistada por la periodista de La Nación. Al día siguiente, saldría en las primeras páginas de ese diario nacional —el segundo en tirada en nuestro país—. Ana María declaró sobre las irregularidades del juicio, y terminó contestando cómo se sentía. Dijo algo así como:


- Aún no he procesado esto. La verdad, estoy muy preocupada por mi abogado.


¡Tremendo pelotudo su abogado...! Yo estaba allí para defenderla, no para que ella se preocupara por mi bajo nivel de tolerancia a la frustración. Para quienes quieren saber en qué terminó el caso judicial, les advierto que aún no se ha resuelto ni en el ámbito interno, y tampoco ante la Comisión Interamericana, donde tramitan juntos los casos de Ana María Careaga, Adriana Gallo y Silvia Maluf[2].


Pero antes de me quiera matar algún lector impaciente, ¿qué es lo que NO hay que hacer cuando nos gana la injusticia?


No se debe, entre otras cosas, levantarse de la mesa donde uno está almorzando con quien defendió y personas amigas inmediatamente después de escuchar esa sentencia.


No se debe, tampoco, ir al baño del restaurante, dejar correr las lágrimas para tatar de calmar la furia contenida, mientras uno se golpea la cabeza una y otra vez contra la pared.


Pero lo que de ningún modo hay que hacer, cuando entra un camarero al baño a ver qué le sucede a usted que se golpea la cabeza, es contestar de esta manera:


- ¿Se siente bien, señor?


- Si, gracias, estoy bien… Dos o tres golpecitos más y salgo.



[1] Un excelente resumen del sometimiento de la justicia puntana se puede leer aquí, en el capítulo “Sin justicia en las provincias” del Informe Anual del CELS del año 2002, ps. 16 y ss., redactado por Andrea Pochak.

[2] En esta página del sitio del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), se pueden leer o descargar varios documentos del desarrollo de los procesos de las tres juezas en ante la justicia local, y del desarrollo de la petición que las tres presentaron conjuntamente ante la Comisión Interamericana.

15 comentarios:

arnaldohug@gmail.com dijo...

Muy buena nota nota. La crisis del Poder Judicial en casi todas las jurisdicciones es muy profunda. Y algunos elementos de la crisis le son propios, no devienen, como en este caso, de los excesos de los otros poderes.

Anónimo dijo...

De novela. Increíble. Sin palabras. Creo que el final que le pusiste es fantaseado, porque no lográs hacer reír. Pero está bien, estas cosas están para hacerse públicas.

Gracias! Y qué huevos, eh! Yo me quedé sorprendido desde la parte de 'llegué a San Luis'.

ABovino dijo...

Arnaldo:

Coincido con vos, pero la justicia en las provincias, además tiene sus propios estilos.

Anónimo. Encima de que me animé a contar ese vergonzoso episodio de un abogado llorando y golpeándose la cabeza contra la pared, no me crees?

Te aseguro que el final es quizá, la parte menos fantaseada de la historia.

Agustín Eugenio Acuña dijo...

Muy Bueno Alberto, como siempre.

Nicolas dijo...

No dejas de sorprender nunca Alberto. Magnifico!

Abrazo, Nico

Simon Muntaner dijo...

Impresionante. Qué decirte ahora, admirado AB, desde esta España en la que ni mas ni menos que el Tribunal Supremo está procesando a Garzón por sostener que el franquismo cometió crímenes contra la humanidad. Un abrazo bien fuerte desde este lado de acá del oceano.

Nachio dijo...

Tenia la advertencia, en mi conciencia, del manejo feudal de los Rodriguez Saa en su provincia.

Pero también tengo opiniones y experiencias oidas de que San Luis es una de las provincias mas progre y modernizadas del pais. Donde existe un bajo indice de desempleo. Hay promoción industrial y metas claras para su territorio. Que existe una planificación uniforme en la administración.

Percibiste que fuera o es así?

Acaso el plan de los Rodriguez Saa sería una especie de feudalismo real, donde se reparten las ganancias y se mantiene contento al pueblo; pero bajo el costo del sometimiento a su propia visión o régimen de gobierno? Un control paternalista autoritario?

En otras palabras: Se chorea, pero también se reparte?

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Respecto de la amargura en las injusticias, me vienen muchos pensamientos sobre la realidad argentina. No voy a explayarme, para no ser pesado en un comentario, pero yo estoy resignado a que este pais no mejore mas allá de todo lo cotidiano. Las únicas esperanzas que tengo son las que deposito en mí y en todos aquellos que veo y juzgo buenas personas. Solo rompo con la utopía. El común, la norma, lo general hace de esta sociedad algo eternamente decadente e insalvablemente mediocre.

El daño social es casi bicentenario acá.

Entonces, las balas me las tendré que fumar en pipa.

No es la comodidad del derrotismo. Pasa que soy en gran medida misántropo.

Por todo esto, creo que yo no hubiera llorado ni una lágrima en tu situación. Pero bueno, tengo 25 y me falta mucho...

Saludos!

ABovino dijo...

Estimados Agustín, Nicolás y Simón (aka AB):

Gracias por sus comentarios, un honor tener lectores como ustedes.

Estimado Nachio:

Hay algo de cierto en eso, pero no creo tener información suficiente como para opinar sobre eso.

Pero el sometimiento del poder judicial, desde 1985, ha sido salvaje. Y la absoluta intolerancia a la crítica es más que evidente. Cómo será que durante algunos años la federación (o como se llame) de jueces excluyó a la representación de San Luis por su adolfo-dependencia.

Toda la información está en el enlace a la página del Cels, que es donde llevamos actualmente la representación de las tres juezas en el caso ante la Comisión.

CoCous dijo...

CLAP, CLAP, CLAP, CLAP
Muy emotivo, demasiado real.
Quizás sigan habiendo injusticias, quizás siga habiendo dictadores en argentina, quizás nos lleve mil años mejorar... pero mientras haya gente como Alberto y las juezas que nombra, mientras haya alguien que siga luchando yo seguiré contento aquí, porque si no hay luchadores, sino hay gente que todavía perciba con lágrimas la injusticia es que no hemos aprendido a ser HUMANOS.
Un abrazo grande

Anoia dijo...

Que bueno que continuaste la historia, el sábado entre a buscarla y no estaba. Ahora vine de paseo y me alegro encontrarla.
La verdad que me angustió un poco leer lo que pasó, pero supongo que era cantado que iba a ser de ese modo. Es admirable que aún sabiendo que las cosas no iban a salir cómo correspondía, les hayan hecho frente y sigan reclamándolo.
El otro día pusiste en el facebook algo relacionado con la frustración que genera estrellarse contra el muro de impunidad, y si, es frustrante, pero si lo pensás de otro modo, cada pequeño envite contra ese muro, a esos turros les rompe las pelotas, y que uno se mantenga firme en esa posición, les jode aún más. Si bien no es una victoria, al menos brinda un poco de satisfacción.
Tuve el placer de tener de compañeros a varios colegas que ahora integran el CELS, otros que están dispersos en otros organismos de derechos humanos, y la verdad que siempre los admiré, porque aún en las condiciones más adversas se han plantado sin dudar.
Y vos, Alberto, sos esa clase de persona.
Gracias a gente como ustedes, personas como yo siguen creyendo en la profesión.
Te mando un gran abrazo.

Anónimo dijo...

En una situacion similar por lo injusta, pero mucho mas dramática de la vivida por Usted, un gran hombre dijo:

"Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos (...) Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor".

ABovino dijo...

Estimado CoCous: las únicas luchadoras de la historia son las juezas. Perdieron sus trabajos, corrieron el riesgo de ser perseguidas penalmente, y fueron sancionadas con inhabilitación.

Anoia: si bien sabíamos que íbamos a perder, nunca pensé que la paliza sería tan grande, y además, cuando está más que claro que uno tiene razón, creo que queda siempre una pequeña esperanza irreal. Error.

Anónimo: gracias por el aliento. Y a todos les digo desde ya que gracias por sus comentarios. Lo mío no fue heroico, solo sé que defendí una causa justa. Pero no pagué ningún costo por ello.

Saludos,

AB

Anónimo dijo...

Abovino, sos un genio!!
pero te doblo la apuesta:

Que pudo haber dejado la decada del 90 en tierras feudales y riojanas?

http://proyecto-aire.blogspot.com/2010/02/cambia-todo-cambia-foro-shopping.html

CHUPATE ESTA MANDARINA!!!
Abrazo fuerte.-


Mat.-

Anónimo dijo...

Para quien no ha transitado San Luis (no parafraseo a nadie), no ha observado los carteles indicadores "San Luis, otro país".Lo cierto es que Alberto desembarcó en la provincia sin tener acabado conocimiento de lo que estaba sucediendo y creyendo ingenuamente que el saber y la normativa enderezan cualquier atropello. Nada más errado. La historia contada se ciñe a la verdad; todo fue tragicómico. Agregaría algo. Cada vez que Alberto comentaba alguna estrategia a seguir (por supuesto desde su perspectiva lógica y jurídica), los colegas lugareños que acompañaban el triste proceso que terminaría en la "destitución anunciada" de Ana María, le anticipaban cuál iba a ser el camino a tomar por el inolvidable Sergnese; Alberto se limitaba a comentar "no puede ser"; fueron varios y sucesivos los “no puede ser” que Alberto entonó con diferentes énfasis, acentuaciones y modulaciones durante esos días; uno a uno esos anticipos pudieron ser. Si bien no puedo dar fe –ya que no está bien visto que el género femenino se asome al baño para caballeros-, estoy convencida que cuando Alberto se daba esos golpecitos, seguía sin creer lo que pasaba y se decía a si mismo "no puede ser".

ABovino dijo...

Gracias Adriana. Ella es una de las valientes mujeres de San Luis a quien tengo el honor de representar ante la CIDH. Saludos,

Alberto

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