20 abr. 2018

LAS LÁGRIMAS DE LA SUPERVIVENCIA






Por Pedro Aristizábal

El acusado tiene varios nombres: según el Registro Nacional de las Personas se llama Diego Hernán Ramirez (alias Braian Fabián Hernández o Carlos Javier Alzamendi), es argentino y nacido el 8 de febrero de 1999. Tiene diecinueve años de los cuales ocho los vivió en la calle. Ante el juez dijo con seguridad, una y otra vez, que se llamaba Carlos Javier Alzamendi, contradiciendo los registros oficiales.

Hace unos años conoció a su novia, Ayelén, que no tiene ningún alias pero que también vivió en la calle desde los trece años. Ambos abandonados por sus padres. Ambos, hoy son padres, aunque quizás nunca fueron hijos. Hoy son la mamá y el papá de Kevin que tiene dos años. En las noches de suerte los tres duermen en un parador del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Si no, abajo de la autopista 25 de mayo. Su despertador son los ruidos de los autos por la mañana, cuando la gente ingresa al centro de la ciudad para ir a las oficinas.

Carlos, un sábado intentó robar un estéreo y un GPS con su soporte y su cargador, que estaban adentro de un coche estacionado sobre la Avenida Corrientes en la zona de Once. Utilizó un destornillador y abrió la puerta del auto, agarró las cosas que necesitaba y salió corriendo.

El policía que estaba en la cuadra vio cuando salió del auto y empezó a perseguirlo. El pibe tiró el estéreo y más adelante lo agarró otro policía que estaba en apoyo. Lo detuvieron, le sacaron el destornillador y el GPS con el cargador. Después levantaron el estéreo y lo llevaron a la comisaría.

Tenía antecedentes en varios juzgados, de menores y mayores. Robos y hurtos, principalmente. Hacía dos semanas había jugado su ultima ficha ante el sistema penal. Intentó robar un celular y pudo acordar una probation en una audiencia de flagrancia. Además, están pendientes de juicio oral algunas otras causas que tiene.   
  
Llega al juzgado sucio, cansado, harapiento, enojado. Lo recibe la defensora quien empieza a tener la entrevista “privada” que regula el código procesal, pero que se hizo delante de todos. Era casi un sinsentido hacerla privada. Todos ya sabían lo que iba a pasar. De todos modos la defensora hablaba bajito con Carlitos, y todos los que estaban ahí escuchaban.

—“Lamentablemente no puedo hacer mucho por vos” le dice con un gesto de ternura, “Vas  a quedar detenido”.  Y le agrega “Mentiste con tu nombre, no tenés un hogar fijo y los antecedentes son muchos”. 

En ese momento sacó unas dos hojas impresas con todos los antecedentes que tenía.  Después le preguntó si tenía algún teléfono de alguien que lo conozca y pueda aportar un domicilio. Carlitos le dice que cada tanto va a la casa de su mamá, en Quilmes, en el barrio Novak, ese Obispo que dedicó su vida a trabajar por los más pobres y a denunciar los crímenes de la dictadura militar argentina.

Sabe la dirección pero no recuerda teléfono de la madre.

—“Está peleada conmigo” dice.

Después aportó el único teléfono que recuerda, el de una señora que tiene una fundación, donde a veces come y duerme con su familia y a quien conoció en el Agote, un centro de detención de menores de edad de la Ciudad. La defensora intentó comunicarse con ella y no lo logró.

—“No puedo ayudarte” repite, “voy a pedir que se acumulen las causas, así en un mismo juzgado puedo negociar más adelante una pena mejor para vos”.

El joven se rasca, se toma la cabeza, cae en la cuenta de que esta vez no zafa. 

—“Tengo una sola cosa para pedirte: no quiero ir a la Unidad 24, ahí me pagaron mucho la última vez”.

—“Voy a hacer todo lo posible” le dice su abogada.

Comienza la audiencia con las preguntas de rigor sobre las condiciones personales. La duda sobre nombre y apellido real se lleva un tiempo.

El juez le pregunta: ¿Dónde vivís? En la calle. ¿Desde cuándo? Desde que tengo 11 años. ¿Tenés padre y madre? Madre sí, pero la veo muy poco. Padre no sé. Nos abandonó cuando era chico. ¿Tenés algún vicio? Sí, consumo pasta base, cocaína y marihuana. ¿Te gustaría recuperarte, hacer algún tratamiento? Sí. ¿Tenés trabajo? No. ¿Estudiaste? Sí, hasta los 12 años. Primer año de la secundaria. ¿Tenés pareja? Sí, una novia. Ayelén, tiene 18 y vive conmigo. Tenemos un hijo de 2 años que se llama Kevin.

Mientras la secretaria tipea se hace silencio. El chico con los ojos abiertos, mirando de frente al juez comienza a dejar caer una lágrima justo cuando dice “Kevin”. Después llega otra y después otra. Su defensora le da un pañuelo descartable. Todos miran la situación, y luego bajan la cabeza, nadie se anima a levantar la mirada.

En esas lágrimas se entendió todo. Era la culpa porque iba a abandonar a su hijo como hizo su papá. Iba a dejar de ver a Ayelén con quien tenía esa amistad que un amor puede construir cuando están cercados por las mismas angustias, que cuando se comparten por lo menos se hacen un poquito más livianas.

En esas lágrimas estaban los años de miseria, marginalidad e injusticia. Eran los años del Estado ausente, de la sociedad cómplice.

Era la soledad. La soledad que se viene, que es insoportable cuando ya no contás para nadie.

Eran la desesperación y la desesperanza. Era ese eterno presente, estar detenido en un instante de tiempo donde no se sabe si es más tarde o más temprano. Eran ese lugar donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Donde tiempo y eternidad se confunden entre sí, en un lúgubre despacho del suntuoso palacio de tribunales.

Era la culpa de haberse mandado tantas cagadas. La insistencia. O quizás la culpa de haber sido tan boludo que otra vez lo agarraron. La culpa de no haber registrado el límite o de no ser más despierto. La impotencia de no haber podido hacer mucho más que lo que hizo contra todo ese sufrimiento.

Esas lágrimas eran también el abandono de su padre, que los dejó tirados para hacer la suya. La crueldad y el dolor que tiene el abandono es que no se puede gritar. Sale como lágrimas de ira y de certeza de que todo vuelve.

Esas lágrimas eran también el miedo a que lo maten, esta vez que lo maten ahí, en ese depósito de gente dónde van los pobres. Las lágrimas de la pobreza son sinceras, por eso son didácticas. El pibe no quería dar lástima, no pedía clemencia, piedad, perdón, ni nada.

Eran las lágrimas de la supervivencia.

Esas lágrimas que salen ahora pero que estaban ahí adentro desde siempre. Hace ocho años empezaba su vida en la calle, y quizás una noche lo encontrabas jalando poxiran en la misma cuadra en la que la gente se come una pizza después del teatro, del cine, del recital o del stand up. Carlitos era un nene que formaba parte del paisaje al que te acostumbrás. Por eso cuando ahora llora se baja la cabeza. Porque da vergüenza, porque ese pibe va a ir a la cárcel no por robar un estéreo, va ahí porque siempre se supo que nunca iba a terminar en otro lado.

La fiscalía lee la imputación y el juez resuelve la acumulación de causas en el juzgado vecino. Se resuelve que mientras tanto continúe detenido, ahora a disposición de otro juez.

Carlos se va detenido porque Carlos es “culpable”. Las palabras traicionan a los hechos. Y la lógica del sistema penal es castigar. Dar dolor. Dar más dolor a quien ya tiene suficiente.

El chico pidió la palabra.

—“Señor juez, le pido por favor simplemente poder quedar en la CDR de la unidad 26. No quiero ir a la 24, mi hermano se mandó muchas cagadas ahí y me las quieren cobrar a mí. La última vez que estuve en la 24 me dieron una puñalada en el brazo y me rompieron la cabeza. Por favor no me manden ahí, es lo único que pido, corro mucho peligro, se los digo de verdad”. Sigue: “la última vez me dijeron que no me iban a mandar ahí, la jueza me dijo eso, pero después el camión me llevó igual. Ese mismo día casi me matan.”

—“Quedate tranquilo” le dice el juez, “yo mismo voy a llamar” dice. 

La fiscalía y su defensora también piden al juez por la integridad del acusado y que haga lo posible para conseguirlo. Eso es lo único que pudo hacer el Estado por Carlitos. Un llamado para que, al menos, no lo maten en la cárcel, así sigue sobreviviendo como lo hace desde que nació.

¿Habrá alguna ilusión que lo sostenga? ¿Serán su consuelo los ojos de Ayelén y la risita de Kevin?

Mientras la mayoría de la gente sobrevive una vida ficticia ligada al conformismo, lo único que tiene Carlos es que su supervivencia siempre fue real.

El juez se para para hacer el llamado, mientras tanto el joven seguirá en ese eterno presente, esperando su traslado en la Unidad de detención del Palacio de Tribunales.




2 comentarios:

Lorna dijo...

Que triste pero que cierto 😢

vero h. dijo...

Se sabe donde se puede encontrar a Ayelen y Kevin?