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26 feb. 2012

¿LA JUSTICIA EN CRISIS? (6)


Del otro lado de nuestra justicia

Por José I. Irazusta*








Cuando pensamos quietamente o nos planteamos con ingenuidad balbuceante, el derecho que innegablemente deberíamos tener todas las personas simples a la justicia que, como deber inalienable, nos debería proveer el Estado. Casi automáticamente nos remitimos al papel de víctimas de delitos. No contenidas ni comprendidas por un “Sistema Judicial” que da vista de numerosos signos de agobio, abarrotamiento e impericia.


Pero del otro lado de esta interpretación rumorosa, tan ampliamente extendida y difundida con vehemencia y a grandes títulos por los musculosos defensores del intocable estado de las cosas; con sus frecuentes pedidos de endurecimiento de las penas y baja en las edades de imputabilidad. Hay otras visiones, más oscurecidas y con muchísima menos aceptación entre las tibias y sencillas personas que caminan por las calles de los pueblos y ciudades; haciendo sus habituales compras en los distintos tipos de tiendas o yendo a los templos de sus distintos credos, con absoluta y desprevenida distracción amable.


Hay otra cotidianeidad que da vueltas de carnero por los incontables rincones obscenos de estas tierras de vírgenes morbosamente manoseadas.


Inicialmente lejos de los púdicos despachos ornamentados con balanzas y mujeres ciegas, que pretenden aludir a una equidad que se da de cara con la realidad, y con cruces que remiten a injusticias lejanas, marchan los crucificados de estos días.  


Caminan por sus lugares de miseria esparcida, donde nuestras sociedades cúbicas, los preparan desde sus pequeñas y miserables cunas rodeadas de heces, para que desarrollen sus vidas como carne de presidio, carne de tumba, carne podrida.


Ahí, en los pantanos, donde los rayos del simpático y sonriente sol de la pretendida “República” no llegan; nacen nuestros condenados, sin primario derecho a juicio, ni al más mínimo amague de debida defensa.


De esos arrabales embarrados se los extrae con alguna excusa, casi siempre escasa de sentido, para hacerles dar un paseo por alguna celda de comisaría, y más temprano que tarde, apilarlos en unos edificios desproporcionados que se suelen dar en llamar graciosamente “preventorios”.


Allí, en esas descorazonadas instituciones, aceptables para las autoridades que detentan el ejercicio del poder en el sector; se los cocina a fuego lento en el desprecio y el maltrato, que los terminara por volver, casi con seguridad, irremediables.


Porque determinados dolores, padecimientos y crueldades, no encuentran remedios, sino paliativos, con una gruesa cantidad de efectos colaterales. Y son esas sustancias, las que por lo general comenzaron ayudando en el trabajo, y con frecuencia asisten en su conclusión.


Desde el sentido común no pareciera difícil encontrar soluciones más razonables a las vigentes.


Pero es innegable que la razón pierde por grosera paliza en lo que a estas lides, y a tantas otras, se refiere.


- ¿Pero no todos los pibes que nacen envueltos en los desordenados residuos de nuestras comunidades, caen en la delincuencia?


- ¿Es una suerte, no? 




(*) Agradecemos especialmente a José Irazusta, autor del blog XTRATONO.

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