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11 oct. 2011

HISTORIAS DE LA FACULTAD – Episodio 7

Una mañana feliz

Por AB







Noche del lunes feriado. Caí muerto sobre la cama como una bolsa de papas, pero ella aguantó estoicamente. Serían las 3 AM. Me acordé que debía programar el despertador —objeto que se usa poco en mi casa— a las 9:45. Un horario inusual por lo temprano en mi caso que, además, nunca utilizo el desertador.



El señor molesto empezó a sonar como un enajenado 15 minutos antes, como para arruinarme la mañana. Me levanté, desconocté la alarma y me eché un “ratito” en la cama. Cuando abrí los ojos eran las 10:10 AM. Tenía que bañarme, vestirme de traje y corbata y estar allí a las 10:30. Era obvio que no llegaría, pero debía llegar, aunque fuera tarde.






Elegí un traje marrón oscuro y lo dejé sobre la cama. Entré en la ducha, me cepillé los dientes y me peiné. Dejando de lado toda la sabiduría de ese dicho  que afirma:



                               Vísteme despacio que estoy apurado…



… corría desesperadamente por la casa. Me costó unos minutos elegir dos medias negras e iguales. Calzoncillo, pantalón del traje, y suspenso para ver si me cerraba. Con mucha fuerza y voluntad, entró. Saco la mejor camisa, que era para gemelos. No encuentro los gemeles, mientras iba dejando todo tirado en el camino.



Intenté usar una abrochadora para unir los puños de la camisa ya que no encontraba los gemelos. Pero al ponerme el saco las gemelos no los necesitaba, así que desistí de la abrochadora. Verifiqué que mis dos zapatos fueran marrones y del mismo modelo. Sali corriendo. De zapatos, camisa y corbata. Y la corbata a medio hacer y con necesidad de que use la brochadora. El pedazo de tela que parecía sobrar quedó escondido por mi curiosa habilidad de reemplazar hilo y aguja por una linda abrochadora.



Bajé en el ascensor, apuradísimo, eran 10:40. Para colmo, cuando salgo del ascensor sube una señora con un carro con varias cajas pesadas. Con todas las ganas de huir hacia la calle, esperé eternamente que la mujer que subía al ascensor terminara de subir unas cajas que llevaba, le cerré ambas puertas. No sabía si llegaría a tiempo.



Tiré el cigarrillo que estaba fumando, me subí al primer taxi que tuve a mano, traté de relajarme y le pedí al conductor que me llevara a la Facultad de Derecho.



Si bien llegué algo tarde, pude dar el presente luego de encontrarme y saludar a Cristina Caamaño y Fernando Susini. Cuando entramos al salón de actos desde el Foyer, Cristina y Fernando se sentaron en la primera fila. Ahí fue cuando me dí cuenta de que mis medias azules no combinaban con mi traje y mis zapatos marrones. Bue… un detalle; un detalle que deben haber visto las aproximadamente 600 personas que había en el salón… A los pocos minutos, ví a Romy (Ávila), que me miró con alegría desde la primera fila.



Una dulce Romy. Cuando me pidió, con algo de vergüenza, que le entregara su título de abogada, me dijo:



¡Hola! Bueno, te comento tengo fecha de jura, el 11 de octubre, y claro que mi mayor deseo sería recibir mi diploma de tus manos, pero lamentablemente es a las 11 de la mañana, con lo cual, se que estarás muy ocupado, y no te voy a molestar por nada del mundo.



Le respondí lo siguiente:



Romy, no estoy ocupado el 11 a las 11, estoy durmiendo, y te repito, no es una molestia sino una alegria para mí. Solo que me cuesta levantarme pero no te preocupes, gracias de nuevo. Allí estaré.



Repito, una dulce, Se preocupó por usar el eufemismo de que yo “estaría ocupado” ese día a esa hora y, encima, me informó que tenía un regalito para mí.



El acto transcurrió regularmente. El momento en el cual le entregué el título a Romy fue, para mí, muy emotivo. Son esos escasos momentos en los cuales uno registra que la docencia tiene muchísimo sentido, pues no hay mejor reconocimiento que el de nuestros estudiantes. Muchos de ellos no lo saben, pero nos dan a nosotros, sus docentes, muchísimo más de lo que reciben a cambio.



Cuando terminó el acto, Romy se acercó y me pidió que por favor fuera con ella hasta donde estaba su familia, que me querían conocer. Saludé a todos  ellos, y sentí sus expresiones de agradecimiento. Otro momento emotivo como pocos. Finalmente, antes de que me despidiera, Romy pasó de santa a genia. Me entregó una bolsa de regalo diciéndome que era un regalito para mí.



Le recordé que el hecho de haber sido elegido por ella para entregarle su título es uno de los regalos más lindos que recibimos los profesores, que con eso ya era más que suficiente. Igual tomé su regalo, agradecido.



Cuando me estaba despidiendo, advertí la marca que lucía la bolsa e identificaba el negocio donde se había comprado mi regalo. Entonces largué una carcajada —más agradecido aún—, y le dije “no podés… Con la fama que tengo, me hacés salir delante de todos con una bolsa de Winery”.





Le agradecí nuevamente por todo y mientras dejaba la facu bolsa de Winery en mano, pensé que a esta altura de los acontecimientos, una bolsa de Winery con una botella de tinto de primera en nada afectaría mi reputación. Y pensé que hasta en eso, me debía sentir agradecido hacia esta joven, y leí la tarjeta que me entregó con mi delicioso regalo:



 ¡Gracias a vos, Romina Ávila!

3 comentarios:

Soledad Gonzalez Odriozola dijo...

que dulce relato albert! lloré y todo. sos tan amor... beso grande

Luis Quijote dijo...

¡Que linda anécdota!
Ciertamente el reconocimiento del estudiante, para con el "profe" no tiene precio.
Desconozco si dejé huellas de este nivel, pero MIS profes (el Ing.Juan Carlos Casabona y otros) todavía suelen estar presentes en mis charlas cotidianas.
Abrazo.

Anto Mandolesi dijo...

Felicitaciones Romi por el título y por lograr que AB "madrugara", se pusiera el traje y apagara el pucho antes de terminarlo!

Demasiados méritos para un solo día!

AB un placer como buen profesor "contravencional" que es. ;)

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