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11 mar. 2016

PARÁBOLA JUDICIAL: TODO CULPA DEL AGUA





Los jueces y el agua

Dedicado a mi gran amigo Mario Juliano




La ciudad de Nunca Jamás tenía un régimen político estrictamente igualitario y todos sus habitantes vivían felices y pacíficamente. Hasta que un buen día, un rayo arruinó todo.

El municipio administraba el agua potable destinada a ser bebida, y daba a todos los habitantes dos litros de agua por día para cada uno. En la ciudad vivían 1.000 habitantes, es decir que se distribuían 2.000 litros de agua diarios. Dicen los cronistas que un día cayó un rayo y destruyó uno de los dos únicos tanques que el municipio tenía para transformar el agua en agua potable. La reserva de agua potable disminuyó de tal manera que, en adelante, resultaría imposible continuar distribuyendo los dos litros diarios.

Para poder racionar de manera igualitaria el agua potable que producía un solo tanque, se debió reducir la entrega a la mitad, pues de otro modo no alcanzaría. El municipio, entonces, dispuso entregar a cada habitante un litro de agua por día. Ello significaba que con los 1.000 litros diarios que se podían obtener, alcanzaría para un litro por persona para toda la población.

Sin embargo, la AJII (Asociación de Jueces Inamovibles e Imprescriptibles) puso el grito en el cielo, invocando el derecho divino al agua potable de los jueces. Nadie sabía por qué, pero en Nunca Jamás había cien jueces, a pesar de que no había casos judiciales desde hacía años. Dice la leyenda que se debía a una maldición divina —los 100 jueces, no la ausencia de casos judiciales—[1].

¿Qué sucedió entonces? Teniendo en cuenta que en la ciudad había 100 jueces, si ellos debían recibir 2 litros diarios, entonces se deberían distribuir


                para 900 habitantes normales = 900 litros x día
                                      para 100 jueces = 200 litros x día

                                        total = 1.100 litros x día


Sin embargo, el municipio solo podía distribuir 1.000 litros. Conclusión, para que esos 1.000 litros alcanzaran, si 200 litros necesariamente debían ir a los jueces, quedaban solo 800 litros para 900 personas normales.

Los 800 litros daban un total de 0,89 litros por habitante. Es decir que los jueces, al negarse a que se les racione el agua como a todos los demás habitantes, no solo mantenían su privilegio a beber dos litros diarios, sino que, además, reducían aún más la porción de agua potable que los demás habitantes recibirían.

El problema no terminó allí. Resulta que la planta embotelladora municipal no tenía botellas de 0,89 litros. Solo tenía de 0,75 litros, es decir, de tres cuartos. Por este motivo, solo se pudieron distribuir 0,75 litros de agua por habitante.

Los habitantes normales, entonces, vieron reducida su cantidad de agua potable diaria aún más. En un litro, debido al problema real. Del litro que les quedaba por recibir, la cuarta parte debió ser reducida para poder mantener el privilegio reclamado por la AJII. Debemos mencionar, además, que el reclamo de los jueces fue presentado ante los propios jueces, y ellos decidieron, con absoluta imparcialidad, darse la razón.

El asunto tampoco acabó aquí. Muy pronto se acabaron las botellas de 0,75 litros y la planta embotelladora las necesitaba para poder distribuir su ración diaria a los habitantes normales de la comarca. Las botellas de un litro no podían ser usadas para las personas normales debido a que la AJII había ganado una medida cautelar que ordenaba conservarlas exclusivamente para la distribución de agua entre sus afiliados.

Para comprar las botellas que permitirían distribuir agua en botellas de 0,75 litro por un año, se pensó entregar el agua restante de la diferencia que se había impuesto a los habitantes normales entre 0,89 y 0,75 litros. Lamentablemente, esa diferencia no alcanzaba, y se debió disminuir 0,05 litro de cada botella de agua a todos los habitantes. Así, se dispuso distribuir:

                  habitantes normales = 0,70 litros diarios
           habitantes jueces = 1,90 litros diarios (0,05 por botella)

La Junta de Vecinos Trabajadores protestó porque afirmaba que a ellos se les debía reducir menos que a los afiliados a la AJII, pues todo este descalabro era responsabilidad de ellos. Las autoridades de la AJII, por nota, rechazaron la reducción y realizaron otro planteo ante los propios jueces.

La presentación judicial recordaba que su derecho al agua no podía ser reducido bajo ninguna circunstancia y el argumento les resultaba tan claramente verdadero que se dieron la razón a sí mismos una vez más. Conclusión, siguieron recibiendo sus dos litros diarios mientras sus vecinos vieron reducidas sus exiguas raciones por segunda vez.

Los problemas con la distribución del agua fueron constantes, pues cada vez que faltaba cualquier repuesto al tanque potabilizador de agua, había que reducir la distribución de agua entre los habitantes normales. La historia se repitió incansablemente.

Con el tiempo, los habitantes normales de Nunca Jamás fueron falleciendo o emigrando. La población se redujo a poco más de cien habitantes, todos ellos jueces. Un día, a pesar de que el tanque estaba lleno de agua potable, como no había quien la distribuyera, las dos botellas diarias dejaron de llegar a la puerta de la casa de los jueces.








[1] En realidad, los 100 jueces se habían instalado allí hacía 20 años, provenientes de una ciudad no muy lejana, en la cual todos los habitantes eran jueces. Cuando estos cien se enteraron de que en Nunca Jamás solo había personas normales, pensaron que esa ciudad realmente los necesitaba, y heroicamente marcharon hacia allí con su vocación de servicio. Aparentemente, Nunca Jamás no los necesitó. De todas maneras, se instalaron a descansar allí hasta la fecha de estos hechos.




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