Dos casos reales
Antes de analizar el
ejercicio de la entrada anterior, veamos lo que junto con su respuesta nos
contó un asiduo lector del blog:
Le puedo dar una experiencia real: hace unos 20 años,
un sábado al mediodía, en Olivos, esperaba a mi suegra, sentado en el auto y
con la puerta bien abierta (grave error), aparecen dos individuos, uno de cada
lado del auto.
El de mi lado, revólver en mano, me dice que me corra
y me da un golpe en la cabeza con el revólver. No me corrí y le digo tomá las
llaves. Como me dió otro golpe, me dió la furia, saque las llaves del contacto
y la emprendí a trompadas con el chorro, que a su vez me daba con el revólver en
la cabeza.
Me pude alejar unos metros del auto y llegué a un
acuerdo con el tipo: le di las llaves del auto (previo sacar las de la casa) y
los dos se fueron con mi auto. La policía llegó un par de minutos después (un
vecino vió todo y avisó).
A pesar del tiempo transcurrido, como ve me acuerdo de
lo que describí y más. Pero si usted me pregunta cómo eran los delincuentes: ni
idea. Solo que eran mayores de unos 30 años. Y es lo que hubiera respondido en
aquel entonces. Fahirsch.
¡Buenísimo el ejemplo! ¿Se
dan cuenta de que Fahirsch, luego de haber recibido una "orden" de
uno de los dos, de haberse peleado a trompadas con él, de haber negociado con
él, y de haberlo visto irse manejando su auto, solo puede decir que ambos
"eran mayores de 30"?
Esta experiencia real nos
debe hacer desconfiar de aquellos testigos que recuerdan todo. Otro caso real,
esta vez me sucedió a mí.
Un día iba caminado por
Arenales, entre Uruguay y Talcahuano, en dirección hacia el centro, volviendo
al estudio jurídico donde trabajaba en ese entonces. De repente, veo que cerca de la
esquina circulaban, por el medio de la calle, un pequeño auto utilitario, y a su derecha un muchacho en una motocicleta
pequeña. El auto no llevaba puesta la luz de giro, la motito tampoco. No sé por
qué motivo se me hizo la idea de que el auto doblaría a la derecha en la
esquina, entonces presté especial atención.
Tuve razón, y el utilitario
intentó girar a la derecha en la esquina, y se hizo evidente que ni había visto
que por su derecha circulaba la motito, pues al doblar, la chocó con el costado
de su auto y el motociclista cayó al suelo.
Me acerqué hacia el muchacho
que aún estaba aturdido en el suelo, le pregunté si estaba bien y lo ayudé a
levantarse. Entonces descendió del auto, del lado del acompañante, una señora
vestida de trajecito y, para mi sorpresa, empezó a decirle de todo al
motociclista. Era obvio que la culpa había sido del conductor del auto en el
que ella viajaba.
A los pocos segundos, a la
mujer se le notó la hilacha de abogada, y fue claro su propósito: hacerle creer
al muchacho de la moto que todo había sido su culpa. La mujer levantaba cada
vez más la voz, mientras el muchacho intentaba decirle que estaba equivocada.
Entonces me saltaron los tapones y la hice callar; cuando lo logré, le dije:
—Señora, no sea caradura, la
culpa la tuvo el conductor de su vehículo.
Entonces se puso más loca y
gritó.
—¡Usted no me va a decir a
mí quien tuvo la culpa! Para su información, soy abogada...
—Eso no le da derecho a
hablarle así a este pibe, y mucho menos a bajarse y echarle la culpa sin
razón...
—Y soy abogada especialista
en daños [o algo parecido].
—¡Y yo soy penalista y me
dedico a delitos de tránsito! —le grité.
Logré que la loca esta se
callara, y le dije al pibe que se tranquilizara, que la culpa la tenía el otro.
Después de verificar que el pibe parecía estar bien, le dejé mi tarjeta y me
fui. Antes de que piensen mal, se la dejé para que me ofreciera de testigo por
si le hacía juicio al conductor, o el conductor le hacía juicio a él.
Me olvidé por completo del
asunto, hasta que un día me llamaron de una fiscalía, para citarme a declarar.
Me explicaron de que se trataba, y me dijeron si podía ir al día siguiente, a
las 11. Esa noche me acosté tarde, y ni pinté por la fiscalía.
Me volvieron a llamar, y tampoco
pude ir. Así que por dormirme, por olvidarme o por lo que sea, creo que me
citaron unas seis o siete veces. El día que finalmente fui, me recibió el
fiscal con la mejor onda, me hizo pasar, me ofreció un café, y me dijo:
—¿Me permite su DNI?
Comencé a revisarme los
bolsillos... primero tranquilo, después como si tuviera pulgas... hasta que me
di cuenta de que lo había dejado en casa...
—Me lo olvidé en mi casa...
Lo voy a buscar y vuelvo, en 10 minutos estoy de vuelta...
Y el fiscal me miró
aterrorizado; parecía que le había dado el síndrome del "testigo en fuga"...
—¡No, doctor! No es
necesario.. Yo lo conozco y sé que es usted. Siéntese ahí, no más...
CONTINUARÁ...


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