EL DESERTOR. PARTE II

¡Resignación y valor! ¡Para servir a la Patria!
La primera parte aquí
Si hacen click en esta imagen verán que esto no es derecho-militar-ficción


Recordemos que yo me había presentado unos 40 días tarde. Formalmente, había cometido el delito de deserción. Creo recordar que había un pibe unos años mayor que los de mi clase —año de nacimiento en castellano— que ya iba por los dos años de colimba —servicio militar obligatorio en correcto castellano-argentino— por haber desertado. Acabo de consultar un libro y cuando se trataba de deserción simple, esto es, la ausencia por cinco días con la detención o la presentación voluntaria del soldado, ambos supuestos en los diez días siguientes a la deserción, se lo sancionaba con hasta un año de recargo de servicio, sanción que era considerada disciplinaria. Me encantó lo de la sanción disciplinaria, pues ello implicaba que el ilícito no era un delito sino una falta, con lo cual era imposible que se acudiera a la justicia civil.

Ergo, yo para desertar, no deserté simplemente, sino que deserté “no simplemente”, y esto es todo lo que puedo decir del tipo de deserción que cometí, pues no encuentro mi viejo Código de justicia Militar ahora.

Al rato de que me presenté, me hizo llamar el oficial a cargo de mi compañía, que creo que tenía el rango de guardiamarina, que es el rango más bajo en la cadena de mando de los oficiales de la Armada.

El oficial, básicamente, me hizo llamar porque quería tratar de entender cómo un soldado como yo había cometido semejante acto de locura. Como tenía mi expediente en la mano, advirtió que yo no había aprobado las condiciones de tiro a pesar de que había tenido dos meses de instrucción y ya llevaba, además, como once meses de infante.

Entonces se dio cuenta de lo que yo había hecho todo el año. No te enseñaban a tirar en los primeros dos meses de instrucción, sino que lo aprendías en tu destino, esto es, en el batallón. Como nosotros teníamos siempre, una semana de guardia y una semana no de guardia —eso no significa libre—, cuando terminábamos la semana de guardia, los viernes a la mañana, nos dejaban salir hasta el lunes a primera hora. Antes de entrar de guardia el viernes siguiente, nos hacían ir, al pedo pero temprano, el lunes, el martes, el miércoles y el jueves, por puras ganas de joder, no más. Esos cuatro días nos dejaban salir como a las 13:30.

Sin embargo, no todo era tan simple. Al menos una vez por mes, nos cagaban —en el sentido más amplio del término— esos cuatro días porque nos llevaban de “campaña”, que era llevarnos a aprender a tirar, a correr, a hacer flexiones, a hacer el amor con plantas espinosas y demás torturas que les encantan a los instructores de la gloriosa infantería de marina. Y yo, cada vez que había campaña, me tomaba asueto autoconcedido y me presentaba el viernes, no más; justo para comenzar las guardias y comenzar a cumplir el arresto que me imponían. Y así hasta que avisaban que habría otra “campaña”. Conclusión: nunca había ido a una campaña y, por lo tanto, nunca había disparado un solo tiro.

El oficial estaba consternado: tenía frente a sí al peor soldado que había visto en su vida y aún pretendía aprovechar la oportunidad de mi arresto para “resocializarme”. Yo estaba feliz: la familia del oficial era de Concordia, una ciudad de mi provincia —de donde es Josefina— de Entre Ríos donde mi padre trabajó toda su vida, y donde todo el mundo lo conocía y la mayor parte de la gente le tenía mucha estima. Al ratito, no más, luego de hacer un sincero acto de arrepentimiento por mi deslealtad con la Armada Argentina, empecé a pensar en el futuro, y recordé que por aquellos días, la única ocasión anual en la cual los siete hermanos y hermanas Bovino (solo contando a Cuatri1), más los sobrinos nacidos a la fecha, más mis padres, nos reuníamos, era para festejar la Nochebuena.

Informé de tan importante evento al señor oficial, casi al borde del llanto, entonces el descerebrado me dijo:

- Conscripto Bovino, vamos a hacer un trato. Yo le prometo que Ud. pasará Navidad con su familia si Ud. me promete que Ud. concurrirá a la próxima campaña.

- ¡Tiene mi palabra, señor!

Dije con voz de infante, esto es, a los gritos y con la voz más ronca posible.

Lo que este buen señor no advirtió fue el simple hecho de que, por primera vez, la campaña me tocaba cuando estaba arrestado (pues ese día era 7 de diciembre y la campaña era una semana antes de Navidad), con lo cual no había necesidad de promesa alguna.

Salí feliz de la vida, el cálculo costo-beneficio de mis 40 días de vacaciones era exitoso. No me hicieron sumario alguno, con lo cual la carta que tengo encuadrada y colgada en la sala de mi departamento en Buenos Aires es la única constancia de mi deserción, y encima solo me aplicaron menos de 20 días de arresto. El único garrón era que me tenía que comer los malditos cuatro días de campaña. Y bueno, después de todo seguía siendo un buen trato. Pero algo sucedería en la campaña…

Y aquí dejo por hoy. Buenas noches a todos,
AB



La tercera parte aquí


 

Comentarios