16 dic. 2016

"LOS SUPREMOS" DE IRINA HAUSER










El pecado original
Cuando él [Lorenzetti] terminó la primaria, la maestra le dijo a su padre «Su hijo va a ser abogado». Su primer trabajo relacionado con la profesión fue coser expedientes, a la usanza de entonces, en los tribunales de Rafaela.


Cuando Maqueda le pidió la renuncia a Nazareno
Pero en el momento, Maqueda no tuvo eco. Ni siquiera entre sus pares de la minoría. Fayt consideró que había que rechazar el pedido de renuncia por «inadmisible». Belluscio y Petracchi proponían contestar «téngase presente», la fórmula que usaban los jueces cuando quieren eludir una respuesta concreta.


Premoniciones
Las sillas de la sala de acuerdos de la Corte parecen sillones por su tamaño. Son redondas, bajas y presentan un problema de equilibrio: el que se siente muy adelante, cerca del borde, se cae. Como le pasó a Boggiano, ex juez del Opus Dei, quien se fue de cola al piso al grito de «¡Esto debe ser una premonición!» Al poco tiempo el Senado lo destituyó.


El viejo juez
Siempre tuvo la costumbre de repetir frases como axiomas a quienes lo rodeaban. El tema del paso del tiempo era una obsesión sobre la que Fayt ironizaba no solo para justificar su perpetuidad, sino la de los expedientes «cajoneados»: «el tiempo se venga inexorablemente de lo que se hace sin su auxilio», solía decir. También bautizó como «cronoterapia» el arte judicial de dejar pasar meses o años ante ciertos casos.


El ministro sociable
[Petracchi] Parecía reservado, pero era un hombre sociable, organizaba reuniones de amigos. Tenía gran afinidad con los ordenanzas y empleados de menor jerarquía, y de cuando en cuando se juntaba con ellos a comer asados en una de las azoteas del Palacio de Justicia, donde es imposible llegar sin perderse si se es visitante. La leyenda dice que aprovechaban para embriagarlo y hacerlo firmar nombramientos de mozos, personal de limpieza y rubros similares.

El texto de los párrafos reproducidos (no los copetes) son citas textuales del libro comentado.


Leí el libro Los Supremos, de Irina Hauser, de un tirón. El relato de la periodista expone las grandezas y miserias de un grupo de personas muy particular. Se trata de hombres y mujeres que integran la cabeza de uno de los poderes del Estado: los ministros, es decir, los jueces de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Afortunadamente, Irina Hauser no se dedica a la abogacía, sino al periodismo. Por ello, la historia reciente de la Corte que nos cuenta carece de formulismos jurídicos y es una historia política de la adquisición, ejercicio y concentración del poder de los ministros supremos que trabajan en el cuarto piso del palacio de la calle Talcahuano. Hauser desarrolla una historia de las prácticas reales de los ministros supremos y de otros actores relevantes para ese tribunal. Es por ello que describe de esta manera el judiciary way of life:

Vivir entre lujos y privilegios es parte de la cultura judicial, donde los jueces casi naturalmente se asumen como una casta diferenciada del resto de la sociedad sin cuestionarse demasiado.

Las relaciones entre los supremos entre sí, con el poder y con personajes de todas las jerarquías posibles construyen los capítulos que van armando esta historia de los supremos. Los relatos sobre los protagonistas y los actores de reparto son tan variados como interesantes. 

Personajes, por ejemplo, como Daniel Farías, lustrabotas que hizo brilllar los zapatos de varios supremos (de Fayt no, pues le ordenó retirarse de su despacho):

Daniel lustra un promedio de diez pares de zapatos por día. Cobra treinta pesos la lustrada. Sabe que es poco. Pero está harto de que le peleen el precio, y encima que lo haga gente que gana mucho dinero, el sector mejor pago del país.

De los protagonistas, Lorenzetti es el que obsesiona a la autora en mayor medida. La concentración del poder de controlar las fuerzas judiciales, las relaciones con los presidentes, los jueces federales y los medios de comunicación son una constante que recorre varios capítulos del libro.

El capítulo que me causó mayor impresión es el 17, que se titula “Privilegiados”. Comienza repasando las posiciones de los supremos en la cuestión del pago del impuesto a las ganancias. Hauser señala, con razón, que la Corte no necesita un caso concreto para modificar el estado de situación, ya que se trata de un mecanismo que les permite no pagar y que está “regulado” en una acordada del tribunal. Lo curioso, agregaría, en un poder judicial en que todos los supremos están a favor de que los jueces, como los demás habitantes, paguen el impuesto, es que la Corte no hace nada para que así sea.

Sin embargo, no ha sido esa primera parte del capítulo la que me impresionó. El problema, se señala, es un “rubro menos famoso”: los bienes muebles e inmuebles secuestrados en las causas judiciales. La Corte no elige cualquier cosa. Cuando se trata de vehículos, los supremos se quedan con automóviles tales como Ford Ranger, BMW, Audi, Mini Cooper, Mercedes Benz, o camiones Scania. Si se trata de inmuebles, se prefieren las causas que durarán varios años en las que se secuestran estancias o establecimientos agrícolas en provincia de Buenos Aires y otras provincias, o una mansión en el barrio Los Troncos de Mar del Plata. La Corte no publica los nombramientos de los administradores de esos bienes, y es el mismo tribunal o sus órganos quienes resuelven cualquier conflicto vinculado a la administración. Una oda a la transparencia.


La historia de los supremos comienza con la etapa final de la Corte de la mayoría automática y termina con el ingreso de sus dos últimos supremos. Se trata de un libro extraordinario, que expone a la cabeza del más oscuro de los tres poderes, y que, por ello, debemos leer. Un libro donde se cuenta lo que los supremos hacen cotidianamente, no lo que ellos dicen que hacen.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Con toda la honestidad y respeto del mundo profesor, tal vez incurra en falacias, etc.etc., pero una periodista ligada al mundillo de operaciones judiciales no puede ser tomada en serio, y en un pais serio deberia generar mas rechazo que aplausos.

Anónimo dijo...

de zaffaroni, nada? sigamos dandole difusion a los service. Grande Bovino, siempre fidelis, siempre K, siempre service!

Anónimo dijo...

El libro es una porquería. no tiene nada relevante, ni siquiera para quienes son ajenos al mundo jurídico. Son un cúmulo de anécdotas irrelevantes...desde el principio, la autora cree que es Borges y narra un hecho que arranca "Alto, deténgase" que dudo haya sucedido. Cierto es que hay ascensores para Ministros (hay un cartel enorme adelante, no lo viste I.H??!!!) y podemos discutir que ello esté mal, pero nadie te dice deténgase porque no hay nadie ahí mirando. Pura ficción...

De Zaffaroni debería contar que hizo preescribir muchísimas causas y que nunca firmó causas sobre abuso sexual pero sí las pedía, retenía y devolvía sin firmar. Ni una firmó en todos sus años en la Corte, raro no?

Saludos
Manuel