¿Una isla sin ley?
Por Alberto Bovino y Domingo Rondina
Un día de invierno de 2014. Hacía seis meses ya que Teófilo y Jaime se veían forzados a vivir en un régimen de concubinato muy especial. Estaban juntos las 24 horas, no les quedaba más remedio que convivir en un lugar muy especial. Ya ni recordaban cómo habían ido a parar a una isla del Océano Atlántico completamente deshabitada.
El lugar era similar a la idea de paraíso que podría tener algún delirante de esos que aman el sol, la playa y la naturaleza. No les faltaba nada que pusiera en peligro sus vidas. Ambos gozaban de buena salud, compartían gran parte de sus valores y conocimientos, pues provenían de la misma población, y además, habían sido compañeros de facultad y colegas en el ámbito profesional. Hasta aquí las similitudes.
Teófilo pertenecía a una familia de abogados. Solía decir —él decía que lo hacía en broma, pero nadie le creía— “abuelo de abuelo ya era abogado”, como si él fuera digno de algún reconocimiento propio por ello. Había ingresado de meritorio en un juzgado de instrucción en segundo año de la facultad y desde entonces, jamás dejó el poder judicial. De manera predecible, atravesó todos los cargos de la pirámide jerárquica tribunalicia hasta que un buen día, ya nadie recuerda por qué razón, fue designado juez.
Jaime, en cambio, provenía de una típica familia de clase media en la cual jamás había habido algún abogado. Durante todos los años de facultad había tenido diversos trabajos, aunque ninguno remotamente relacionado con el derecho. Una vez graduado, ingresó en un estudio jurídico que se dedicaba a casos laborales, comerciales y civiles. El jefe del estudio detestaba esa frase que decía “más vale un mal arreglo que un buen juicio”, y como regla la gran mayoría de los casos se litigaban agresivamente. Jaime había nacido para ser parte, disfrutaba del aspecto lúdico de los casos litigiosos, y no podía siquiera imaginarse en el papel de juez.
Había pasado tanto tiempo que ya se habían adaptado a su nueva vida.
—Debería ser la hora de comer —dijo Jaime mirando, como sin ver, hacia el océano igual.
—Es la hora de comer —afirmó su amigo levantando su vista al sol inclemente que se centraba en el cielo.
—Ni en esta isla perdida podés dejar tu estilo aseverativo; siempre creés saber exactamente cómo son las cosas; siempre creés tener el dato preciso que te permite determinar la realidad...
—Tu mal humor debido al hambre que tenés es un dato más que confirma lo que digo. Si en algo tan sencillo como esta cuestión absurda no podés darte cuenta de que no hay posibilidad alguna de discutir, es debido a tu incorregible deformación profesional —explicó Teofilo como si le hablara a una persona tonta.
—No, amigo, no es en absoluto así. Dije que debería ser la hora de comer, puesto que aún no lo es. Solo lo sería si tuviésemos comida. Pero como hasta ahora ni siquiera hemos buscado nuestros instrumentos para atrapar peces, no será la hora de comer hasta dentro de un buen rato.
—La hora de comer no puede ser subjetiva. Es el horario al que nos ajustarnos diariamente por una decisión mutua. El hecho de que no tengamos la comida dispuesta no evita que sea la hora del almuerzo.
—Es que precisamente lo que “ustedes” —Jaime siempre falseaba la voz al usar el plural que sabía molestaba a su compañero— no comprenden es que la realidad es siempre subjetiva, porque no hay una realidad, y por eso no hay una verdad. No es lo mismo la hora de comer del enfermo que la del desocupado o la del millonario.
—Bueno, según parece, para el doctor deberíamos abolir los relojes.
—Mucho más sano para la vida de todos sería abolir a los jueces.
—Los jueces no podríamos ser abolidos porque “abolir” significa dejar sin efecto una norma o costumbre… y dado que eso es así y no podría ser de otro modo…
Jaime se hartó del tono de vos de su concubino y lo cortó en seco.
—No entendiste nada, no es eso lo que digo. ¿Por qué no buscamos algo de comer y después la seguimos?
Jaime hizo silencio, y luego sonrió resignadamente para contemporizar.
—Igual lo quiero, “ve ese”. Además, acá no puedo recusarte. Y ustedes jamás entenderán eso de la excusación.
Los isleños se levantaron, buscaron unas raras herramientas hechas de caña, madera y puntas de metal que nadie más que ellos podrían afirmar con total convicción que eran los útiles arpones destinados a la obtención de la comida del almuerzo.
De allí marcharon a una de las dos lagunas donde siempre pescaban su almuerzo: la laguna que estaba más cercana a la playa, pues en la otra no había peces. Después de un largo rato en donde no solo no pescaron nada, sino que no vieron ni un solo pez, y ya muertos de hambre, comenzaron a desesperar.
—Esto pasa por no respetar la hora de almuerzo —sentenció Teófilo con la misma dureza con la cual dictaba las sentencias condenatorias en sus épocas de juez.
—Vos estás cada día más desequilibrado —acotó Jaime—, ¿qué relación puede haber entre la ausencia de peces, un fenómeno natural, con tu maldita “hora de almuerzo”, que es una decisión arbitraria que hemos tomado nosotros dos. Como mucho, podrá ser una coincidencia, pero no es una sanción por incumplimiento de la “hora de almuerzo”.
Jaime se levantó furibundo, y al mirar en dirección a la otra laguna, pudo saborear su almuerzo. Esa tarde, los peces que solían estar en la laguna cercana a la playa, parecían haber emigrado en masa a la laguna más lejana de la costa que, además, era mucho más pequeña, con lo cual sacar los peces del agua con los extraños arpones era una tarea mucho más fácil. Así fue que Jaime, sentado en el borde de la pequeña laguna, obtuvo cuatro deliciosos peces que saboreó durante su almuerzo “fuera de hora de almuerzo”.
Jaime se sentía tan bien que ni siquiera advirtió que Teófilo había desaparecido. Después de dormir una buena siesta, Jaime encontró a Teófilo en la playa donde estaban antes de salir a buscar su almuerzo.
—¿Qué te pasó? ¿Por qué te fuiste? No sabés lo fácil que fue sacar los peces de la laguna pequeña, y lo delicioso que estaban…
—En esa laguna no se debe pescar nuestro almuerzo, y mucho menos a esa hora…
—¿Qué decís? ¿De dónde sacaste esa loca idea?
—Jamás lo hemos hecho, no era la hora del almuerzo, y no encontré ninguna razón que justifique hacer lo que tú has hecho sin siquiera consultar mi opinión.
—¿Eh…? ¿Desde cuándo tengo que tener una razón para pescar mi almuerzo? ¿Cuál es tu razón para que vos pesqués el tuyo más temprano y en la otra laguna? ¿Qué es lo que debo “justificar”, y por qué debo consultar tu opinión para hacer algo que no te involucra?
Transcurrieron varios minutos de silencio. La cara de Jaime manifestaba una mezcla de furia e incredulidad. Seguía esperando alguna respuesta de su amigo, por ridícula que fuera. Teófilo, mirando hacia el mismo océano, donde el mismo sol comenzaba su descenso que lo llevaría al anochecer, permanecía inmutable, como si su conviviente nada hubiese preguntado. Ni siquiera cruzó por su cabeza la curiosa idea de que debía dar alguna respuesta a las insensatas preguntas de Jaime.
—¡Eh, vé ése! ¿No piensa responder ninguna de mis preguntas? ¿Se las debo presentar por escrito y en tinta negra, en hojas de papel oficio? ¿Con copia o sin copia? ¿Con firma y sello de letrado? ¿En que horario, entre horario de desayuno y horario de almuerzo?
—No sería mala idea, pero el acatamiento de reglas es algo cuya necesidad jamás comprenderías… Muchísimo menos la compleja idea de que ese acatamiento debe honrarse sin importar las consecuencias que produzca.
—¿De qué reglas me hablás? —vociferó Jaime. ¿Quién las dictó? ¿Cuándo entraron en vigencia? ¿Cómo habré de comprender su sentido?
—Como siempre, cuando yo me expida sobre tus preguntas sin sentido en su oportunidad.
¿CONTINUARÁ?