13 feb. 2010

HISTORIAS DE ABOGADO - EPISODIO 1

UN AVIÓN EN VALPARAÍSO








Ezeiza. Temprano en la mañana. Yo feliz, a pesar de la hora, porque estaba a punto de subirme a un avión para ir a Lima. Solo tenía 4 días para estar de regreso, pero no importaba, los iba a aprovechar al máximo. En este momento no recuerdo por qué viajaba, seguramente debió ser algún seminario o congreso, pero no es demasiado relevante a los fines de este breve relato.



El único problema era que no había conseguido vuelo directo. Viajaba con Lan Chile —antes de que existiera Lan Perú—, con lo cual el trayecto era Buenos Aires-Santiago, cambio de vuelo, y Santiago-Lima.



Ya en el aire, me despierto mientras sobrevolábamos la cordillera de los Andes. El paisaje de los cerros nevados era algo maravilloso. Entonces comenzaron los problemas.



- Buenos días, damas y caballeros. Les habla el capitán. Debo comunicarles que debido a razones climáticas —niebla— el aeropuerto de Santiago está cerrado y nos han desviado hacia el aeropuerto de Valparaíso.



Inmediatamente todos los pasajeros comenzamos a protestar o a decir cualquier tipo de boludez. Mi asiento estaba casi al final de la cabina principal. El problema más grave era para aquellos quienes debíamos llegar a Santiago al solo efecto de tomar un vuelo de conezión hacia nuestro destino final —en mi caso, Lima—.



Teniendo en cuenta que yo contaba con apenas cuatro días, un retraso de un día implicaba una reducción del 25 % de mi estadía. Alguien le planteó el problema de los vuelos de conexión a uno de los tripulantes de cabina. Al rato escuchamos:



- Buenos días, señoras y señores. Les habla el Capitan nuevamente. Era para informarles que aquellas personas que tienen vuelos de conexión se queden tranquilos porque así como no se nos permitió aterrizar en Santiago, tampoco se permite que despegue ningún vuelo. Razón por la cual en cuanto cese este fenómeno climático, llegamos a Santiago y allí los estarán esperando los vuelos de conexión.



Soy tan boludo que hasta me lo creí. Pero ésa no es la historia. El avión venía increíblemente vacío. Cerca de mi asiento yo estaba rodeado por una cuantas señoras de edad avanzada, todas muy conchetas ellas.



Al rato de estar detenidos en Valparaíso, como muchos de ustedes sabrán, parecía que nos faltaba el aire. No sé por qué extraña razón cuando el avión está en tierra, la ventilación/aire acondicionado parece no funcionar, y nos deja con una sensación de ahogo. Escucho a una de las conchetísimas señoras pedirle a una azafata:



- Señorita, ¿no nos podríamos fumar un cigarrillo?



- No, señora, está absolutamente prohibido, especialmente porque todas las puertas de la aeronave están cerradas.



- ¿Tendremos para mucho aquí? —insistió la señora de edad—.



- Eso es algo que yo no sé, señora.



El tiempo seguía pasando. Mi fobia a los aviones se mezclaba con mi claustrofobia. EL puré de Alplax que me tomo antes de volar parecía haber perdido todos sus efectos ansiolíticos. Me levanto, caminando despacio porque sentía que me faltaba el aire, hasta que logro llegar al lado de la azafata.



- Señorita, ¿no nos podría hacer el favor de abrir la puerta de la cola del avión, así entra algo de aire fresco, porque no podemos respirar…



- No, señor. Valparaíso no es un aeropuerto internacional, y no podemos dejarlos salir de ninguna manera.



- Señorita, nadie quiere bajar, lo que le pedimos es que nos permita respirar mientras esperamos que el avión pueda despegar…



- Señor, el único motivo por el cual se abren esas puertas es para que bajen pasajeros y tripiulación, y como no estamos autorizados a descender, no podemos abrir la puerta.



- ¿Pero usted vio que entre el piso de este pasillo y el suelo del aeopuerto hay una distancia de alrededor de tres metros?



- ¿Sí, y eso qué tiene que ver?



- Se imagina a alguna de esta adorables viejitas pegando un salto como si fueran ángeles de Charlie, para bajar en una ciudad en la que no les interesa quedarse?



- Las reglas son las reglas, señor, y yo debo cumplirlas.



- Señorita, le ruego que abra esa puerta, yo soy fóbico y siento que me estoy ahogando, no puedo respirar.



En pocos minutos estaba jadeando por la falta de aire y mi respiración era totalmente irregular. La azafata me miraba y veía todos los síntomas propios de la claustrofobia.



- Se… ita, se … uego, soy claus, claus, claus… trofóbico.



Dije esto ya todo transpirado y con una mirada desesperada. La azafata, muy eficiente, tomó el intercomunicador, informó al capitán e hizo abrir la puerta de la cola del avión. Entró una ráfaga de aire bien frío pero maravilloso, y a partir de allí se acabaron mis problemas.



A los cinco minutos, una de las encantadoras viejecitas le preguntó a la misma azafata si podían fumar. La azafata dijo que sí, que no había problema. Esperé que encendieran sus cigarrillos todas estas damas y encendí el mío. Ya me había tranquilizado. Y entonces la viejecita que tenía más cerca de mí me pregunta con todo el tono propio de una idishe mame:



- Querido, ¿de verdad sos tan claustrofóbico?



- No, señora, a decir verdad no soy claustrofóbico. Soy abogado.


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Nah, conozco muchos abogados que no son buenos actores,

ABovino dijo...

Estimado amigo, esto no es un tratado sobre personalidades de abogados. Los "abogados" no existen. Hay flacos, altas , bajos, tontos, inteligentes, seras, boludos, azules, y hasta grises...

Saludos, AB

Anónimo dijo...

Y yo conozco muchos abogados que son buenos actores. Y a actores que son abogados (Rubén Blades, Gerardo Romano) aunque no se si buenos. Pero el protagonista del suceso aéreo ha resultado un buen actor. A ver, Bovino, practique Shakespeare: "To be (lawier) or not to be (actor), that is the question"

ABovino dijo...

Bueno amigos, tampoco fue para el oscar... La historia es absolutamente real, pero tiene algunas pequeñas (en serio que son pequeñas) literarias para que sean más interesantes.

GRACIAS Y SALUDOS,

AB